TIBURÓN 3: EL GRAN TIBURÓN (Joe Alves) / 1983: Dennis Quaid, Bess Armstrong, Simon MacCorkindale, Louis Gosset Jr., John Putch, Lea Thompson, P. H. Moriarty, Dan Blasko, Liz Morris, Lisa Maurer, Harry Grant.

 

   La segunda secuela de Tiburón, Steven Spielberg, 1975, fue realizada siguiendo la moda imperante del 3D, que sufrió un ligero boom en los ochenta con títulos como Viernes 13 parte 3, Steve Miner, 1982, o Amityville 3D: El pozo del infierno, Richard O. Fleischer, 1983 (parece ser que al 3D ochentero le gustaban las terceras partes). Realmente, el efecto tridimensional se lograba con un efecto denominado Arrivision, que no tenía nada que ver con los complejos métodos actuales, consistiendo, básicamente, en un engaño para el espectador, pues la sensación era transmitida en momentos concretos y puntuales del filme, y no de manera continua.

 

   La historia sigue las andanzas de los ya adultos Michael y Sean Brody (interpretados por Quaid -antes de alcanzar la fama- y Putch, respectivamente), hijos del teniente Brody (Roy Scheider en la primera parte). El primero es el creador de un parque de atracciones acuático que será, evidentemente, diezmado por un nuevo tiburón blanco, mientras que el segundo acude al lugar de recreo a visitar a su hermano. Por allí deambulan la pareja del primero (Armstrong); el interés sentimental del segundo (Thompson, dos años antes de lograr notoriedad con la fantástica –en todos los sentidos- trilogía de Regreso al futuro, dirigida por Robert Zemeckis en los años 1985, 1989 y 1990); el jefe del parque (Gosset, con un personaje similar al del alcalde Larry Vaughn –Murray Hamilton- en las dos primeras entregas); o un showman al que le gusta demasiado el riesgo (MacCorkindale, recordado en España por su papel de Greg Reardon en Falcon Crest, y fallecido de cáncer de colon en el año 2010), y que protagoniza una de las escenas peor rodadas de toda la película (la de su muerte, en la que es perseguido por el jaquetón a una considerable distancia. El siguiente plano nos lo muestra en el interior del animal, intentando librarse de sus mandíbulas).

 

   Por lo demás, efectos especiales bastante lamentables, que buscaban impresionar al espectador de las salas con el 3D, pero que vistos en pantalla hoy en día resultan ridículos (ese plano de un miembro de una de las víctimas flotando en el agua; el tiburón colisionando con el cristal para romperlo e inundar las instalaciones submarinas –muy similar al visto en Deep blue sea, Renny Harlin, 1999, aunque mucho más logrado en ésta-; o la escena en la que el tiburón estalla y sus mandíbulas se juntan en primer plano); actores con cara de no saber qué pintan en semejante desatino (de hecho, ninguno repetiría en la cuarta entrega), y una historia (firmada, entre otros, por Richard Matheson, el autor de “Soy leyenda”) que hace aguas (perdón por el chiste fácil) por todas partes (la fijación de los tiburones blancos con los Brody es un poco excesiva, aunque nada comparado con las cotas de psicotronía y surrealismo que alcanzaría la cuarta entrega).

 

(3/3)

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