SUBESPECIES (Ted Nicolaou) / 1991: Anders Hove, Laura Tate, Irina Movila, Michelle McBride, Michael Watson, Ivan J. Rado, Mara Grigore, Adrian Vâlcu, Angus Scrimm, Lili Dimitrescu, Ion Besoiu.

 

   Radu (Hove, que repetiría el mismo rol en las tres secuelas que llegarían posteriormente, todas ellas dirigidas igualmente por Nicolaou. Las cuatro entregas fueron creadas bajo el amparo de la Full Moon Studios, la mítica productora fundada por Charles Band especializada en la elaboración de películas de terror de bajo presupuesto), un malvado vampiro, roba una piedra sagrada a su padre (Scrimm, el mítico Hombre Alto de Phantasma, 1979, y sus tres secuelas -Phantasma 2: El regreso, 1988; Phantasma 3: El pasaje del terror, 1994; Phantasma 4: Apocalipsis, 1998-, todas ellas dirigidas por Don Coscarelli), al que previamente asesina. Esa piedra contiene la sangre de varios santos, otorgando enormes poderes a su dueño y haciendo posible que éste, siempre que sea bondadoso, sobreviva sin la necesidad de consumir sangre humana. En caso contrario, se convierte en una peligrosa arma similar a una droga, generando un grado de dependencia en su consumo cada vez mayor y otorgando cada vez más fuerza y vigor, pero también más maldad. Evidentemente, el fin que persigue Radu carece de cualquier atisbo de misericordia, no siendo otro que reunir el poder necesario que le sirva para someter a las gentes que viven en los alrededores del castillo en el que mora. Stefan (Watson), su hermanastro, intentará detenerle por todos los medios volviendo a recuperar la piedra, teniendo que lidiar, a su vez, con la interferencia de tres estudiantes que llegan a Transilvania a elaborar su tesis de final de carrera sobre las creencias, mitos y leyendas locales.

 

    Primera entrega de una saga bastante apreciada por todos aquellos que crecimos entre los estantes de los videoclubs de la década de los ochenta y primera mitad de los noventa y que venía bajo uno de los múltiples sellos creados y dirigidos por Charles Band y, posteriormente, su prole (otro de ellos sería la legendaria Empire), con el único objetivo de producir un flujo constante de películas baratas con actores conocidos del género en su reparto (en este caso Scrimm, aunque en la filmografía de la productora han aparecido otros como Geoffrey Combs o Barbara Crampton) y con efectos especiales artesanales, conservando unos niveles mínimos de calidad que mantuvieran satisfecho al aficionado. En esta ocasión, las limitaciones presupuestarias quedan tapadas por una ambientación más que convincente, lograda a base de esos bosques neblinosos que transmiten inquietud tanto de día como de noche (más que conseguida está la sensación de desamparo que se cierne sobre las muchachas en un par de ocasiones, cuando la tarde comienza a dar paso a la oscuridad nocturna y aún se hallan a cierta distancia de su refugio, siendo el espectador conocedor de la amenaza que planea sobre ellas, intangible en un principio, pero que se hace palpable cuando contemplamos al vampiro espiándolas desde las almenas y los aledaños de su fortaleza), al igual que el castillo en el que habita Radu (sus uñas alargadas y la sombra que proyecta en las paredes de su morada y de la vivienda en la que se cuela para vampirizar a una de las estudiantes remiten de manera clara a Nosferatu: El vampiro, F. W. Murnau, 1922), o el aislado pueblo en el que se hospedan las jóvenes, típico de la Europa central y habitado por una población que aún parece anclada en sus creencias ancestrales. También ayuda la labor de los actores, entre los que destaca el ya citado Watson o Tate, que da vida a Michele, la joven estudiante que se convierte en interés amoroso de aquel (que maravillosos aquellos tiempos en que las historias románticas entre un vampiro y una humana no resultaban empalagosas, cargantes e irritantes en grado sumo), y la elaboración (porque hubo un tiempo en el que los FX se elaboraban, resultando completamente artesanales, y no era requerida la infografía para simular cualquier cosa. Y esto no significa una pataleta contra los ahora imprescindibles efectos creados por ordenador, sino una queja sutil sobre el abuso que de ellos se hace en determinadas ocasiones) de unos FX manufacturados entrañables (la fantástica labor de maquillaje de Greg Cannom -ganador de cuatro estatuillas por su labor en Drácula de Bram Stoker, Francis Ford Coppola, 1992; Señora Doubtfire: Papá de por vida, Chris Columbus, 1993; o El curioso caso de Benjamin Button, David Fincher, 2008, a los que se suma otro en el año 2005 por su contribución al desarrollo de la silicona modificada para aplicaciones de FX de maquillaje, además de otras seis nominaciones más que no obtuvieron premio- se entremezcla con los efectos de stop motion para animar a las criaturas que salen de los dedos de Radu, y que resultan poco convincentes), arrojando un saldo favorable en forma de entretenimiento que tiene, como uno de sus puntos negativos, algún momento un tanto tedioso.

 

(6/3)

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