SIGUE VIVO (Larry Cohen) / 1978: Frederic Forrest, Kathleen Lloyd, John P. Ryan, John Marley, Andrew Duggan, Eddie Constantine, James Dixon, Dennis O´Flaherty, Melissa Inger, Jill Gatsby, Bobby Ramsen, Lynn Wood.

 

   Frank Davis (Ryan repitiendo su papel de la primera parte) convence a una joven pareja de que su hijo nonato será uno de los bebés mutantes que comienzan a nacer por doquier, consiguiendo llevárselos, cuando la mujer va a dar a luz en el hospital, a una mansión en la que varios doctores mantienen con vida a otras dos criaturas con el fin de eliminar su comportamiento agresivo cuando lleguen a la edad adulta.

 

   Nos encontramos ante una continuación directa de Estoy vivo, Larry Cohen, 1974 (también repite Dixon como el teniente Perkins), aunque en esta ocasión las (escasas) virtudes que aflorasen en aquella desaparecen por completo, dando lugar a un producto bizarro y psicotrónico a más no poder, con una historia ridícula (¿Después de los asesinatos de la primera parte, Davis todavía intenta convencer al mundo de que los recién nacidos son buenos? Más aún, ¿Existen doctores que apoyan esa descabellada idea, conociendo los antecedentes?), plagada de situaciones incoherentes y absurdas (Davis llevándose a Jody -Lloyd-, la madre del bebé, de un hospital abarrotado de policías, apuntando con una pistola al señor Mallory -Marley, interpretando a un hombre cuyo vástago mutante acabó con su mujer, y que está empeñado en acabar con las pequeñas criaturas-, sin que ninguno de los agentes haga nada por evitarlo -Frank les da la espalda en varias ocasiones, quedándose todos mirando, alguno con los brazos cruzados-; la huída en el vehículo que lleva a Davis, Jody y Mallory, perseguidos por varios coches de policía, que, de repente, desaparecen sin justificación alguna; ese autobús que recoge a la madre en plena calle y en el que van varios viajeros, que también se evaporan de un plano a otro sin dejar rastro cuando un hombre -que también se volatiliza- la advierte de que el conductor la llevará con su hijo; la huída de los bebés, abriendo uno de los doctores la jaula de uno de ellos sin justificación alguna -Por cierto, ¿Es el bebé el que abre las jaulas de sus semejantes, con esas garras?-; o el final, con los padres intentado salvar a un pequeño que ha cometido varios crímenes, y con los agentes gaseando la vivienda -¿¿??-, sabiendo que puede haber supervivientes en el interior), y en el que durante los primeros cincuenta minutos no pasa absolutamente nada reseñable, con el consiguiente aburrimiento.

 

   Bernard Herrmann vuelve a crear el score y Rick Baker da vida a los monstruitos, pero ni eso salva el filme del naufragio absoluto.

 

(2,5/2)

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