SCREAM (Wes Craven) / 1996: Neve Campbell, Skeet Ulrich, David Arquette, Matthew Lillard, Jamie Kennedy, Courtney Cox, Rose McGowan, Drew Barrymore, Lawrence Hecht, W. Earl Brown, Henry Winkler, Joseph Whipp, David Booth, Carla Hatley, Roger Jackson, Kevin Patrick Walls, C. W. Morgan.

 

   Mal que les pese a muchos agoreros y detractores de Craven, Scream es la película que resucitó un subgénero (el slasher) que llevaba muerto y enterrado desde mediados de los ochenta y, por ende, un género que se había hundido en la miseria más absoluta bajo el peso de decenas de secuelas absurdas, debido a una falta de ideas y de originalidad alarmantes, conllevando una escasez de títulos nunca vista anteriormente. El director que ya había removido los cimientos del psychokiller a mediados de los ochenta sacándose de la manga a un asesino carismático, original y aterrador (evidentemente me refiero al Fred Krueger de Pesadilla en Elm Street, 1984, y, en menor medida, al de las secuelas, pese a que éste ya optaba por una vertiente menos terrorífica y más humorística), que dejaba a Jason Vorhees y a Michael Myers como simples máscaras inexpresivas protagonistas de innumerables secuelas clónicas, golpeó de nuevo una década después, cuando la mediocridad y el aburrimiento campaban a sus anchas, creando un nuevo icono (Ghostface) tan importante o más que el anterior.

 

   Scream, aparte de en sus diálogos sorprendentes, ágiles y referenciales, basa su potencial en varias set pieces que coinciden con los asesinatos o los ataques que comete Ghostface. El primero de ellos, modélico, y que se clava en la retina del espectador haciéndolo inolvidable (de hecho, forma ya parte de la historia del cine de género) debido a su planificación, que crea una tensión inexistente en un principio, que aumenta de forma progresiva y palpable con el paso de los segundos hasta hacerse tangible, corpórea, pesada, y, finalmente, casi insoportable (hay quien dice que el filme es blando. Probablemente, los mismos que acusan a las sagas Saw y Hostel  de ser excesivamente gore), logra que algo tan simple y poco amenazador como una llamada telefónica se convierta en algo terrorífico. La secuencia se abre con dicha llamada, mientras el título se sobreimpresiona en color blanco con un golpe de percusión, tiñéndose de rojo, mientras oímos unos estremecedores y proféticos gritos de mujer. Casey Becker (Barrymore, que en un principio optó al papel de Sidney), una joven que se encuentra sola en una apartada vivienda de un lujoso barrio residencial, comete el error más grande de su vida al contestar al teléfono cuando este suena insistentemente. Una voz desconocida y agradable insiste en conversar con ella. Cuando al ser preguntada por su interlocutor, que oye ruido de palomitas, se declara aficionada a las películas de miedo, llega la gran pregunta cuestión: “¿Cuál es tu película de terror preferida?”. Tras la respuesta, él le inquiere por su nombre, y ella responde: “¿Por qué quieres saberlo?”. La contestación de la voz es del todo inquietante (“Porque quiero saber a quién estoy mirando”), y marca un punto de inflexión en la conversación y en el filme, tornándose la fotografía más oscura, y la música, más inquietante y siniestra. Casey cuelga el teléfono, que vuelve a sonar de inmediato. La chica, aterrorizada, pregunta “¿Qué quieres?”, y la respuesta, ya desprovista la voz de su tono cálido, no deja lugar a la duda acerca de las intenciones del maniaco: “Ver como son tus entrañas”. Es entonces cuando comienza un inolvidable y aterrador juego de Trivial de cine de género en el que el único premio es seguir con vida, y el fallo de una pregunta provoca la muerte. Para añadirle más tensión, si cabe, al asunto, el novio de Casey se haya maniatado y amordazado en el jardín. La primera cuestión consiste en responder el nombre del asesino de La noche de Halloween. Tras unos segundos de duda, la chica atina a vocalizar “¡Michael Myers!”. El acierto provoca que el juego prosiga con una pregunta igualmente sencilla, pero con truco: “¿Quién es el asesino en Viernes 13?”. Casey, sin pensarlo demasiado, responde de manera errónea “¡Jason!”. El asesino le aclara gustosamente que en la primera parte es la madre del psicópata de la máscara de hockey, Pamela Sue Vorhees, la que aniquila a los jovenzuelos que osan perturbar la paz de Crystal Lake. Un grito en el exterior alarma a la joven, que al encender las luces del jardín ve como su novio, herido de muerte, exhala su último aliento de vida. La última pregunta, “¿En qué puerta estoy?”, provoca el ataque de pánico de la chica, que aumenta exponencialmente cuando una de las sillas del patio es lanzada hacia las cristaleras del mismo, haciéndolas estallar en mil pedazos. Casey sale al exterior y se oculta bajo una ventana (atención a la partitura de Marco Beltrami, homenajeando el mítico score que Bernard Herrman creara para Psicosis, Alfred Hitchcock, 1960). Un plano del interior de la casa nos enseña por primera vez al asesino, ataviado con una túnica negra con capucha y una máscara blanca que recuerda el cuadro “El grito”, de Munch (la elección del disfraz de Ghostface, a la par sencillo y aterrador, demuestra ser todo un acierto), que, cuchillo en ristre, rebusca por el interior. Otro plano nos muestra un vehículo aproximándose a la casa. La chica lo reconoce, alzándose. Al otro lado de la ventana, la túnica negra, de espaldas, se gira y rompe el cristal. Casey lo golpea y corre, deteniéndose un par de fatídicos segundos ante su novio muerto. Cuando reemprende su huida, el asesino salta por uno de los ventanales, abalanzándose sobre la chica. Su perseguidor le da caza y le clava el cuchillo en el pecho, colocándose sobre ella. La cámara adopta un punto de vista subjetivo, poniéndonos en el lugar del enmascarado. La joven sujeta el brazo armado, pero es incapaz de soportar el empuje del mismo, clavándose el arma de nuevo, esta vez en su cuello. En un último estertor es capaz de golpear a Ghostface y llegar arrastrándose hasta el porche, donde observa a sus padres bajarse del coche y dirigirse hacia la puerta (secuencia que recuerda muy mucho a la que tenía lugar en Halloween 2: Sanguinario, Rick Rosenthal, 1981, en el aparcamiento del hospital, con Jamie Lee Curtis tirada sobre el asfalto y malherida, intentando pedir ayuda a Donald Pleasance y sus acompañantes). Un grito de socorro se ahoga en su garganta malherida justo antes de que su perseguidor la alcance, apuñalándola repetidas veces. Un nuevo plano, brillante, nos muestra la mano renqueante de Casey dirigirse hacia la máscara de su asaltante, que es retirada mientras la cámara desciende, manteniendo en secreto la identidad del asesino. Otro plano esta vez del cuchillo alzado y ensangrentado, listo para ser descargado sobre la víctima, nos recuerda a decenas de giallos y slashers. Los padres, alarmados por la humareda producida por las palomitas quemadas, deducen que algo malo está pasando. La madre coge el teléfono y escucha a su hija, agonizante, que aún sujeta el otro terminal de la casa (el plano nos muestra a Casey, destrozada, siendo arrastrada por Ghostface). La comunicación se corta justo después de un “¡Basta!” aterrador. La mujer sale a la puerta principal, para ver a su hija colgada de un árbol, mostrada en un zoom rapidísimo que precede al grito de terror de la madre al ver a su hija muerta.

 

   El segundo ataque tiene lugar en casa de Sid (Campbell), que se encuentra sola después de que a su padre le surja un viaje imprevisto. Una nueva llamada telefónica rompe el silencio de la noche. La joven descuelga y una voz familiar para el espectador suena al otro lado de la línea. Sidney piensa en un principio que se trata de su amigo Randy (Kennedy bordando su papel de fanático del cine de terror) gastándole una broma. La pregunta “¿Cuál es tu película de terror preferida?” vuelve a repetirse, aunque Sid contesta que no le gusta el género (“¡Oh, vamos! Un asesino acecha a una mala actriz de grandes pechos que sube por las escaleras cuando debería huir por la puerta principal”), para, a continuación, sentenciar: “Randy, que poco original eres. Me decepcionas”. La respuesta es inquietante: “Quizá sea porque no soy Randy”, aunque Sid parece no inmutarse lo más mínimo: “Entonces, ¿Quién eres?”. El asesino vuelve a resultar perturbador: “La cuestión no es quién soy. La cuestión es dónde estoy”, pero la chica no da su brazo a torcer: “¿Y dónde estás? Dime”. “En el porche de tu casa”, es la amenazante respuesta. Sid sigue inalterable: “¿Y por qué me llamas desde el porche de mi casa?”. “Esa es la parte original”, prosigue Ghostface. “¡Ah! ¿Sí? Pues me parece un farol”, replica la joven, que abre la puerta y sale afuera con gesto desafiante: “Bien, ¿Dónde estás?”. “Aquí mismo”, es la escueta réplica. Nuestra protagonista pasea por el exterior y se mete un dedo en la nariz: “De acuerdo, ¿Qué estoy haciendo? ¿Eh? ¿Qué estoy haciendo? ¡Hola! Buen intento, Randy. Dile a Tatum que se dé prisa. Ahora, adiós”. La respuesta y el tono de la misma acaban con las posibles dudas: “Si me cuelgas el teléfono morirás igual que tu madre. ¿Quieres morir, Sidney? Tu madre, desde luego, no quería”. “¡Jódete, cabrón!” es la respuesta de Sid, que entra en casa y asegura el cerrojo. El asesino accede por una puerta cercana y ataca a la joven, que esquiva la primera puñalada, pero se cae al suelo. El enmascarado se sitúa sobre ella y golpea su cabeza contra el firme. La chica, medio conmocionada, golpea a su agresor y sube escaleras arriba (cumpliendo el tópico del cine de terror del que ser burlara hace escasos minutos), encerrándose en su habitación y atrancando la puerta con la del armario. El asesino, viendo que no puede entrar, decide huir.

 

   La siguiente intervención del asesino tiene lugar en los baños del instituto, siendo Sid de nuevo la víctima. La chica se encuentra en uno de los inodoros cuando dos compañeras entran a maquillarse, entablando una cruel conversación en la que despedazan a nuestra protagonista y a su madre, acusando a ésta de ser poco menos que una prostituta, y a aquella, de seguir los pasos de su progenitora y de ser la asesina de Casey y su novio, habiendo fingido la agresión posterior (la actriz que encarna a la autora de tan gratuitas como absurdas acusaciones es Leonora Scelfo, por aquel entonces novia de Skeet Ulrich, vista en ¿Quieres que te cuente un secreto?, Thomas Bradford, 2001, un subproducto lamentable que intentó copiar, de forma tardía, los esquemas de Scream y sus secuelas). Cuando las dos arpías se van, Sid abandona su escondite con los ojos enjugados en lágrimas, situándose frente al espejo. Es entonces cuando escucha su nombre en un susurro. Al oírlo por segunda vez, comprende que no se trata de una ilusión. Sid mira por debajo de las puertas de los inodoros, no viendo nada. Un plano a ras de suelo nos muestra dos botas negras posándose en las baldosas tras bajarse de la taza del retrete. La puerta se abre y Sid solo puede correr hacia la salida mientras Ghostface se abalanza sobre ella. Un oportuno resbalón hará que caiga, deslizándose hasta la entrada, y esquivando, de paso, al asesino. La chica sale al pasillo, lleno de gente (éste sería un buen momento para pedir ayuda y atrapar al psicópata, pues la única salida es la puerta por la que Sid acaba de escapar).

 

   Casi inmediatamente, Himbry (Winkler) se convertirá en la nueva víctima del enmascarado. El director se halla en su despacho y oye ruido en el pasillo. Cuando sale, no ve a nadie, por lo que vuelve a entrar. Alguien golpea nuevamente la puerta, provocando otra vez la salida del hombre al pasillo (el asesino une a su fuerza sobrehumana una velocidad digna de estudio, pues apenas transcurre un segundo desde que llama hasta que Himbry abre), que se aventura hasta otro corredor cercano, en el que solo se ve a un bedel barriendo. Al entrar de nuevo en su oficina, mira en el armario sin encontrar nada. Cuando cierra la puerta de acceso, el enmascarado sale de detrás de la misma, sorprendiéndolo por la espalda y apuñalándolo hasta la muerte (atención a ese plano típico del Giallo en el que vemos al asesino reflejado en el ojo de la víctima).

 

   La siguiente en caer será Tatum (McGowan), cuando ya en la fiesta se dirige a por unas cervezas al garaje. La chica deja la puerta abierta y coge la bebida de la nevera, en el lado opuesto. Un plano nos muestra el acceso cerrándose. La joven va hacia allí, comprobando que la salida se haya bloqueada. Entonces conecta el interruptor que abre el portón del garaje, que asciende, pero cuando está a punto de llegar a él, comienza a bajar nuevamente hasta cerrarse. Al girarse, observa a Ghostface en la entrada pulsando el interruptor. Tatum se dirige hacia él, pensando que se trata de Randy, pero al llegar a su altura y preguntar en tono irónico si la va a matar, el asesino asiente con la cabeza. Cuando la chica le pide paso, él la corta en el brazo con el cuchillo que lleva escondido. Tatum le empuja y huye, golpeando al agresor con la puerta de la nevera y lanzándole botellas. A continuación se abalanza hacia el portón, con la intención de escapar por la gatera, quedándose encajada. El asesino acciona el interruptor, haciendo ascender el cierre y aplastando la cabeza de la víctima con el marco superior (en este plano se observa claramente que la testa es la de un muñeco). Ni siquiera falta en esta secuencia el recurrente susto del gato, que aterroriza a la víctima antes del ataque definitivo.

 

   Después de unos minutos de relax para el espectador, comienza el desenlace, donde se suceden las muertes (tanto simuladas como verdaderas) y las sorpresas. El punto de salida de este auténtico tour de force podría darse en el momento en el que se produce el (falso) asesinato de Billy (Ulrich). Éste tiene lugar en la habitación después de que el joven haya hecho el amor con Sid y ésta le inquiera sobre su llamada desde comisaría. El joven, harto de las sospechas de su novia (que finalmente se revelarán ciertas), exclama: “¿Qué tengo que hacer para demostrarte que no soy un asesino?”. En ese momento, la expresión de Sid pasa de la despreocupación al pánico al ver al asesino detrás de su pareja. El joven se gira, siendo apuñalado varias veces (si nos fijamos en la camiseta, veremos que no está agujereada). Ghostface, en un plano notable por inquietante y perturbador, limpia la “sangre” del arma, emitiendo un desagradable sonido. La huída de Sid la lleva hasta la furgoneta de Kenny (Earl Brown). Es brillante el detalle del retardo en la grabación, que provoca que las imágenes de la televisión lleven una demora de medio minuto con respecto a la realidad, y que causan que el ayudante de Gale Weathers (a la periodista la interpreta una sensacional Courtney Cox) salga al exterior con la intención de ayudar a Randy sin percatarse de que lo que él está viendo ya ha sucedido con bastante anterioridad. Por eso cuando sale y ve la puerta de la casa abierta, percibe al instante su error, pues el asesino ya ha tenido tiempo de llegar hasta el vehículo, acabando con él. Sid huye hacia la vivienda, de la que sale Dewey (Arquette), apuñalado, que se desploma en el porche. Ghostface le sigue, arrancando el cuchillo, que vuelve a limpiar con un gesto ya visto anteriormente. Tras burlar al enmascarado, la protagonista logra entrar, dejando pasar a Randy, que llega peleándose con Stu (siendo uno de ellos el homicida, ¿Cómo es capaz de quitarse la máscara y el traje a semejante velocidad?), acusándose mutuamente de ser el asesino. En ese momento, Billy, dado por muerto, reaparece en el piso superior, cayéndose por las escaleras hasta llegar a los pies de Sidney, y recogiendo la pistola que lleva ésta. La sorpresa absoluta e inesperada, el giro definitivo y magistral, comienza cuando el chico se gira y dispara a Randy, y finaliza en el momento en el que la joven, huyendo hacia la cocina, se topa con Stu (un sobreactuadísimo Lillard), que extrae un modulador de voz y exclama: “¡Sorpresa, Sidney!”. Aún recuerdo cuando vi la película por primera vez a la edad de dieciséis años, el impacto que me produjo el descubrir que no había un solo asesino, sino dos, y la identidad de ambos. Ya por aquel entonces me pareció una forma brillante de justificar la ubicuidad del psycho-killer de turno, tan habitual como inexplicable en cualquier slasher.

 

   En otro orden de cosas, una vez se ve la película por segunda vez, observamos varias pistas acerca de la identidad de el/los asesinos diseminadas a lo largo del metraje: Billy Loomis entra por la ventana de la casa de su novia nada más producirse los crímenes de Casey y su novio, algo que vuelve a suceder cuando aquella es atacada en su hogar mientras espera por Tatum; cuando los cinco amigos se reúnen en la fuente del instituto, en un momento de la conversación, y sin venir mucho a cuento, Stu dice: “Yo no he matado a nadie”. Billy, de inmediato, tras lanzarle una mirada de reproche, replica en tono cortante: “Nadie ha dicho que lo hicieras”; en el videoclub en el que trabaja Randy, Stu y Billy acosan al primero cuando este sugiere al segundo que el tercero podría ser el asesino. Además, Stu intenta desviar la atención hacia el padre de Sid (al que luego querrán utilizar como chivo expiatorio) cuando su cómplice es nombrado como sospechoso; cuando Billy llega a la fiesta de Stu (nada más asesinar a Tatum), éste le abre la puerta ante Sid, sorprendiéndose al ver a su colega, que lanza una mirada sumamente reveladora que viene a confirmar que todo marcha según lo previsto; poco después, una de las invitadas le pregunta a Stu: “¿Qué le ha pasado a Tatum?”, a lo que responde: “No lo sé. Se habrá cabreado conmigo y se ha largado” (sabemos que la chica está muerta desde hace un rato, por lo que no ha podido irse ni discutir con su novio, que, obviamente, miente -Este es el punto en el que es más fácil identificar a Stu como uno de los asesinos si se ha seguido con atención la trama-).

 

   Finalmente, si por algo destaca la tetralogía Scream es por su carácter desmitificador e iconoclasta para con los tópicos y los lugares comunes del género, optando siempre por una visión respetuosa que homenajea y referencia con sentido del humor a los grandes clásicos del slasher. La película es un festín para el aficionado que controle algo acerca del cine de terror, encontrándose con un torrente de guiños, unos más obvios y otros más complejos, que se extienden por todo el metraje (dejando algunos de ellos clara la egolatría de Craven). Me gustaría enumerarlos todos, pero es probable que se me pase alguno: En toda la secuencia inicial son mencionadas La noche de Halloween, John Carpenter, 1978 (que Casey destaca como su película de género preferida), Pesadilla en Elm Street, Wes Craven, 1984 (el asesino dice: “Me gusta esa película”, y la futura víctima contesta: “Bueno, la primera sí, pero las otras no valen nada”, dejando claro lo satisfecho que se siente el director de su propia obra), y, ya durante el juego de Trivial que Ghostface “propone” a la chica, volverá a ser citada la película de Carpenter y también Viernes 13, Sean S. Cunningham, 1980 (sobre ellas versan las preguntas del juego); cuando los padres de Casey llegan a casa, percatándose de que algo sucede, el padre le dice a su esposa que se vaya a casa de los McKenzie, mismo consejo que daba Jamie Lee Curtis a los niños que cuida en La noche de Halloween; el tema de las llamadas telefónicas ya fue usado con éxito en Llama un extraño, Fred Walton, 1979; el nombre del novio de Casey, Steve Orth, es el mismo que el del novio de Jude (Joy Thompson) en Noche de graduación, Paul Lynch, 1980; las menciones directas continúan cuando Billy visita la misma noche de los crímenes a Sid (colándose por la ventana, al igual que hiciera Glen –Johnny Depp- en Pesadilla en Elm Street), citando a El exorcista, William Friedkin, 1973, y comparando su versión recortada para la televisión por cable con la relación que mantiene con la chica desde la muerte de la madre de ésta. Por cierto, durante la visita suena una versión de la canción “Don´t fear the ripper”, también utilizada en La noche de Halloween (no por casualidad, la película favorita del brillante guionista Kevin Williamson); el apellido de Billy es Loomis, el mismo que el del doctor interpretado por Donald Pleasance, de nombre Sam, en el susodicho filme de Carpenter, o el del amante de Marion Crane (Janet Leigh) en Psicosis; en el instituto la protagonista observa desde su taburete la silla vacía donde se sentaba Casey, junto a ella, plano que remite directamente a Pesadilla en Elm Street, cuando Nancy (Heather Langenkamp) observaba el sitio ocupado por Tina (Amanda Wyss), después de que ésta fuera asesinada por Fred Krueger; Joseph Whipp, que interpreta al Sheriff Burke, era el Sargento Parker en la citada película de Wes Craven; en la conversación entre los cinco amigos, en la fuente del instituto, se menciona a Instinto básico, Paul Verhoeven, 1992, poniéndola como ejemplo de que el asesino de Casey y su novio podría ser una mujer; la voz (en versión original) que escucha Sid al teléfono instantes antes de ser asaltada en su propia casa recuerda mucho a la de Fred Krueger cuando llama a Nancy; la periodista que aborda de forma precipitada a la protagonista en el instituto al día siguiente de ser atacada está interpretada por Linda Blair, protagonista de El exorcista; la casa de Sid, en el borde de una pequeña colina, nos trae ecos del caserón de Psicosis; Wes Craven es el bedel que contesta al director Himbry de forma desairada en el pasillo de la escuela instantes antes de que éste sea asesinado y colgado de un palo del campo de fútbol (tal y como ocurre en Noche de graduación 3: El último beso, Ron Oliver, 1990). El gorro y el jersey de rayas que lleva son un claro homenaje a Freddy Krueger. Por cierto, el actor que interpreta a Himbry es Henry Winkler, Fonzy en la serie Días felices, que realiza con su pelo ante el espejo el mismo gesto característico de la citada serie; en la conversación que Tatum y Sid mantienen en el porche de la casa de ésta, la primera le dice a la segunda que habla como en una película de Wes Carpenter, mezclando los nombres de dos ilustres del género como Wes Craven y John Carpenter; en el videoclub en el que trabaja Randy tienen puesta Frankenstein, James Whale, 1931. Además, una de las clientas le pregunta al chico por la película de hombres lobo donde aparece la madre de E.T. (refiriéndose a E.T.: El extraterrestre, Steven Spielberg, 1982 –película en la que, por cierto, Drew Barrymore tiene un papel destacado- y siendo la actriz citada Dee Wallace, un mito del género), en clara referencia a Aullidos, Joe Dante, 1981. También se hace referencia a Noche de graduación (que en la película se cita por su título original y quizá más conocido, Prom night) y a las estúpidas razones que llevan a actuar a los asesinos en serie (“Su belleza radica en su simplicidad. Además, si lo complicas, pierdes al público al que va dirigido”, razona Randy, dejando claro que Craven no tiene por muy inteligente a la audiencia que ve sus películas y, por extensión, cine de terror); cuando Tatum y Sid van a comprar la comida para la fiesta, acompañadas de Dewey, los dos últimos citan La matanza de Texas, Tobe Hooper, 1974, y hablan, debido al toque de queda, de “la ciudad que temía la puesta de sol”, refiriéndose al título original de la película Terror al anochecer, Charles B. Pierce, 1977 (The town that dreaded sundown). Además, el agente dice que si se hiciera un filme sobre lo que sucede, Sid podría ser interpretada por una joven Meg Ryan. Ésta replica que, con su suerte, seguro que su papel lo haría Tori Spelling, algo que tiene su eco en Scream 2, Wes Craven, 1997, cuando al inicio se exhibe en un cine la película sobre los asesinatos de Woodsboro y observamos que Sid es interpretada por la actriz de Sensación de vivir; ya en la fiesta, se mencionan La niebla, John Carpenter, 1980, Posesión infernal, Sam Raimi, 1981, y Hellraiser, Clive Barker, 1987, como las candidatas para ser vistas por los invitados. Además se habla de Jamie Lee Curtis, la reina del grito, y su carácter virginal en las películas en las que intervino, que siempre la hacían escapar del asesino (bien sea en La noche de Halloween, Noche de graduación o El tren del terror, Roger Spottiswoode, 1980); Gale Weathers esconde la cámara cerca de una caja de la película Clerks, Kevin Smith, 1994, también de la productora Miramax; cuando Tatum va a ser asesinada le dice al homicida, al que confunde con Randy, si la película que están interpretando se llama I spit on your garaje (evidentemente, en la versión original), fonéticamente muy parecido a I spit on your grave, Meir Zarchi, 1978 (en nuestro país titulada La violencia del sexo), en una referencia que se pierde con el doblaje; Randy pregunta: “¿Qué hace aquí Cara de cuero?” cuando Billy aparece en la fiesta de Stu, en alusión a Leatherface, el asesino de La matanza de Texas; en la conversación en la que Loomis conversa con Sid, el primero menciona El silencio de los corderos, Jonathan Demme, 1991, comparando a la protagonista de ésta, Clarice Starling, que también había perdido a su madre y cuyo padre había sido asesinado, con su novia. El juego metacinematográfico, en el que se confunde brillantemente realidad con ficción, se hace evidente cuando Sid dice: “Pero esto es la vida, no es una película”, y Billy contesta: “Claro que sí, Sid. Todo es una película. Todo es una gran película, aunque no puedes elegir tu género”; Randy cita las tres normas básicas para sobrevivir en una película de terror mientras ven en la fiesta La noche de Halloween. Éstas son: 1ª) No se puede tener sexo. Sexo es igual a muerte. 2ª) No se puede beber ni tomar drogas. Conocida como factor pecado, es una extensión de la primera. 3ª) Nunca digas: “Enseguida vuelvo”, porque no volverás. También es llamativa la imagen que queda congelada en la pantalla cuando el propio Randy le da a la pausa, con el cuchillo de Michael Myers que parece cernirse sobre él; por cierto, el actor que da vida a Randy es Jamie Kennedy, cuyo nombre también coincide con el de la protagonista de La noche de Halloween. Es más, cuando está a punto de ser asesinado por Ghostface mientras se encuentra tumbado en el sofá viendo la película citada (se salvará in extremis porque el asesino oye gritar a Sid y sale corriendo tras ella), exclama: “¡Cuidado, Jamie, detrás de ti!”, pareciendo estar avisándose a sí mismo del peligro que corre y del cual no es consciente; Billy, una vez descubierta su condición de asesino, cita literalmente a Norman Bates en Psicosis con una frase mítica: “Todos nos volvemos locos alguna vez”, mencionando a continuación el jarabe de maíz como el líquido utilizado para simular sus heridas, usado, según él, en Carrie, Brian De Palma, 1976; los motivos que Billy da para cometer los crímenes son los mismos que los que utiliza Ann (Tracey Bregman) en Cumpleaños mortal, J. Lee Thompson, 1981; el juego metacinematográfico culmina cuando Randy, con Billy ya moribundo en el suelo, exclama: “Este es el momento en el que el asesino dado por muerto se levanta para dar un último susto”, alzándose, efectivamente, el asesino, como no podía ser menos en una película de género, y siendo abatido definitivamente por Sid, que remata con un: “En mi película no”, en un claro ejemplo de cine dentro del cine.

 

(9/5)

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