RUBBER (Quentin Dupieux) / 2010: Thomas F. Duffy, Roxane Mesquida, Wings Hauser, Stephen Spinella, Gaspard Augé, Devin Brochu, Pete Dicecco, Ethan Cohn, Hayley Holmes, Charley Koontz, Tara Jean O´Brien, James Parks.


   Un neumático llamado Robert (que suena igual que rubber, ¿Lo pillan?) cobra vida en medio del desierto y descubre que posee poderes telequinéticos con los que puede “reventar” a cualquier animal o persona que se cruce en su camino, convirtiéndose en un temible y despiadado asesino.


   Si hiciésemos una clasificación de los argumentos más marcianos utilizados en una película de género, el del filme de Dupieux estaría, sin duda, en el grupo de cabeza, junto a otras frikadas como la lamentable El ataque de los tomates asesinos, John De Bello, 1978. Lo realmente increíble es que la película en cuestión venga precedida de una gran algarabía y de cientos de comentarios positivos tras su estreno en el Festival de Cannes del año 2010, y que su lanzamiento en el Festival de Sitges fuera recibido de igual manera, pues las (escasísimas) buenas ideas que puede tener se desvanecen a los diez minutos del comienzo. Una vez superado el prólogo, en el que el oficial Chad (Spinella, sin duda, lo mejor de la función gracias a su sentido del humor –véase el momento en el que extrae una rueda de su vehículo policial, y, señalándola, les dice a sus agentes: “Buscamos a alguien con este aspecto”-) nos explica, mirando a la cámara, las razones (o mejor dicho, la no necesidad de explicar las mismas) para que un neumático se ponga a explotar cabezas por doquier utilizando ejemplos extraídos de otras películas (como el hecho de que los asesinos de La matanza de Texas, Tobe Hooper, 1974, nunca vayan al baño), la idea se agota demasiado rápido, dejando para el paladar algún que otro chiste afortunado diseminado a lo largo del metraje (Robert viendo una carrera de la Nascar en una habitación de un motel de carretera tras cometer uno de sus crímenes). Todo lo que sigue son una ingente cantidad de planos (no exagero al decir que, al menos, una quinta parte del metraje) del neumático rodando por el desierto mientras va dándose cuenta de sus capacidades psíquicas, que primero le permiten destrozar cualquier animal que se cruce en su camino, para luego dedicarse a objetivos de mayor entidad, detonando la cabeza de cualquier ser humano que se cruce en su camino, sea una señora de la limpieza, un conductor, o un policía. Ciertamente, puede tener gracia al principio, pero cuando revienta la enésima testa, la cosa empieza a ser sumamente cansina y repetitiva, para terminar dando la impresión de que la película no es más que un cortometraje alargado de manera torpe, perezosa y pretenciosa para alcanzar una duración estándar que permita su exhibición en salas comerciales.


   Hay una frase que se repite a lo largo del filme del director galo, convirtiéndose en el leit motiv del mismo, y sirviendo de excusa para justificar su argumento. La frase en cuestión es “No reason”, y la verdad que, siguiendo ese mismo leit motiv, no encuentro razones para explicar el éxito de la película, los aplausos cosechados tanto en el Festival de Cannes como en el de Sitges, o que se la catalogue como una obra de culto desde el momento de su estreno cuando otros filmes de mayor calidad y mucho más originales (y recalco lo de originales, porque Rubber es absurda, pero nunca novedosa) son olvidados sin ningún reconocimiento. Como siempre, el tiempo dará o quitará razones.


(2,5/6)

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(v.o.s.e.)

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