RESPLANDOR, EL (Stanley Kubrick) / 1980: Jack Nicholson, Selley Duvall, Danny Lloyd, Scatman Crothers, Barry Nelson, Philip Stone, Joe Turkel, Lisa Burns, Louise Burns, Lia Beldam, Billie Gibson.


   Es difícil justificar tus reticencias hacia una película cuando la mayoría de la crítica (y el público) la alaba y además viene firmada por Stanley Kubrick, legendario autor de filmes del calibre de La naranja mecánica, 1971  (ésta sí, una obra maestra). Cabrían destacar detalles como la inclusión de ese inmenso laberinto (con ese plano cenital en el que se observa el mismo en toda su magnitud mientras por él corretean Wendy -Duvall- y Danny -Lloyd-) que elimina a los animales tallados en los setos que cobraban vida en el libro, y en el que el pequeño, haciendo gala de su inteligencia, logra desembarazarse de su padre (Nicholson), que morirá congelado en el mismo; la inquietante y minimalista banda sonora de Wendy Carlos, que logra enervar al espectador con sonidos sencillos pero aterradores; el impresionante set que da vida al Hotel Overlook (tanto exterior como interiormente), adornado con enormes ventanales que filtran la luz del día (rasgo que lo distingue de la mayoría de viviendas encantadas del género, casi todas ellas sumidas en las tinieblas); o la acertada elección de Lloyd (de hecho, la única escena terrorífica de la película la protagoniza él cuando imita la voz de Tommy, su amigo imaginario, que repite una y otra vez la enigmática palabra “redrum”).


   En el debe, y como principal defecto, resalta la frialdad habitual de Kubrick, que en este caso hace un flaco favor a un film de terror de las características de El resplandor, otorgándole una gran sensación de vacuidad y, peor aún, una total ausencia de miedo: Kubrick se recrea en movimientos de cámara imposibles y gratuitos (como el repetitivo uso de la steadycam, bien sea persiguiendo a Danny mientras pedalea en su triciclo por los pasillos del hotel, en la persecución del chico por el laberinto, o en la huída de Wendy escaleras arriba para presenciar la “curiosa” escena del hombre disfrazado de oso) y en las actuaciones de unos actores adultos que sobreactúan hasta la nausea (Duvall se comporta primero como una excesivamente sumisa esposa, sin orgullo ni raciocinio, que permite que su marido le grite y la maltrate psicológicamente sin presentar oposición, para convertirse en una loca histérica cuando tiene que luchar por su vida y la de su hijo, a diferencia de la Wendy del libro, racional y comprensiva, pero también decidida y resuelta. Pero lo peor es Nicholson, un actor que tiende a la sobreactuación y que aquí da toda una lección de exceso -la palabra contención no parece existir en su vocabulario-. Por cierto, la película es igual de irritante en su versión original que en la doblada, labor esta última que realizó Carlos Saura, elegido por Kubrick, y que tuvo la “feliz” ocurrencia de otorgarle el papel de la mujer a Verónica Forqué: Actuación histérica + Doblaje irritante = Deseo absoluto de la más horrible de las muertes para Wendy. La cosa no mejoró con la elección del actor encargado de doblar a Nicholson, que no fue otro que Joaquín Hinojosa, quien diera “vida” al inquietante zombi de la morgue en No profanar el sueño de los muertos Jorge Grau, 1974), sin querer darse cuenta de que está realizando una película de terror a partir de uno de los libros más aterradores (y logrados) de Stephen King, obviándolo en gran medida (los cambios con respecto al texto son innumerables: los fantasmas originales existían más allá de la imaginación de Jack, justificando su aparición con la ubicación del Overlook, sobre un cementerio indio –algo que no queda muy claro en la película, aunque se mencione dicho cementerio-; los personajes están poco desarrollados -la transición entre cordura y demencia de Torrance es demasiado fugaz, sin que parezca que haya razones de peso que desaten su locura-, lo que provoca que las relaciones entre los miembros de la familia sean inafectivas y distantes; los momentos terroríficos solo buscan el golpe de efecto fácil y recurrente, echando a perder el terror latente de la novela -la transformación de la bella mujer de la habitación 237 en una anciana llena de yagas y pústulas; las múltiples y cansinas apariciones de las niñas; la repetición de la escena del río de sangre que mana del ascensor... ¡Hasta tres veces!; la fiesta del hotel que tiene lugar en 1921, en la que Jack se vuelve definitivamente loco, y donde Delver Grady, el homicida que acabó con su familia en ese mismo lugar, le aconseja que elimine a Wendy y a Danny-; el final, con la foto de la fiesta, en la que aparece Torrance en primer término, y un pie de foto que reza: “Overlook Hotel. 1921”) y perdiendo por ello gran parte del potencial de un material sumamente válido. Todo esto provocó la repulsa de King, que optó por una nueva revisión dirigida por Mick Garris, mucho más fiel al texto, pero inferior a la película de Kubrick.


   Como curiosidad, destacar la aparición de Joe Turkel, recordado por su papel de Eldon Tyrell en la mítica Blade runner, Ridley Scott, 1982, en el papel del fantasma de Lloyd, el barman.


(5/3)

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