RESIDENT EVIL: EXTINCIÓN (Russell Mulcahy) / 2007: Milla Jovovich, Oded Fehr, Ali Larter, Iain Glen, Ashanti, Christopher Egan, Spencer Locke, Matthew Marsden, Linden Ashby, Jason O´Mara, Mike Epps, Joe Hursley, John Eric Bentley, James Tumminia, Kirk B.R. Woller, Madeline Carroll.


   Alice (Jovovich) prosigue su particular periplo buscando respuestas que expliquen las mutaciones a las que se ve sometida y que la hacen adquirir enormes poderes que es incapaz de controlar. En su camino se cruzará, cómo no, con la corporación Umbrella, que intenta dar caza, una vez más, a su conejillo de indias. Un convoy de supervivientes, entre los que se encuentran viejos conocidos de la anterior entrega (Resident evil 2: Apocalipsis, 2004), será su nuevo compañero de viaje.


   Mulcahy (realizador de Los inmortales, 1986; Los inmortales II: El desafío, 1991; La sombra, 1994; La sombra del faraón, 1998; y Resurrección, 1999) dirige la que hasta ahora es la mejor entrega de la serie, en un claro ejemplo de lo que debieron ser las dos anteriores (sobre todo la ya mencionada segunda parte -la primera, al menos, es entretenida-, que parecía un videojuego en el que ibas pasando fases sin hilo argumental alguno hasta llegar al enfrentamiento final con un Némesis de cartón piedra, todo ello aderezado con un notable tufillo a serie B de andar por casa). Esto es, entretenimiento despreocupado e inofensivo de primer nivel (como pueden ser, por ejemplo, Destino final 3, James Wong, 2006; Serpientes en el avión, David R. Ellis, 2006; y Piraña 3D, Alexandre Ajà, 2010), con personajes de una pieza (aunque mínimamente definidos, para que el espectador tenga algo a lo que agarrarse), tres o cuatro set pieces memorables que te mantengan pegado a la butaca, y una historia tirando a poco coherente que permite dejar el cerebro en un estado de semi-hibernación.


   El problema surge cuando una caterva de críticos sesudos (no ya solo los archiconocidos sabios de revistas o periódicos, sino también los ya típicos intelectuales o gafapastas que por el hecho de tener un blog o una web de mala muerte -o  colaborar en ellos- piensan que sientan cátedra cada vez que juntan cuatro frases aporreando el teclado de su ordenador) entran en la sala de cine con el cuchillo entre los dientes dispuestos a hacer sangre con una peliculita cuyo único fin es entretener, nunca trascender. Mis preguntas son: ¿Qué piensan cuando van a ver alguno de los filmes mencionados? ¿No saben distinguir entre éstos y lo nuevo de Abbas Kiarostami, Manoel De Oliveira, Sofia Coppola, Isabel Coixet o Woody Allen? A mí también me gusta Ken Loach (muy de vez en cuando), pero no puedo buscar realismo y cine social viendo Saw, James Wan, 2004, porque entonces el que está equivocado y demuestra poco criterio en sus elecciones, además de no tener ni idea de lo que es el cine y sus géneros, sería yo. Por otro lado, está claro que yo también escribo sin ser crítico (por cierto, ¿Qué carrera hay que estudiar para conseguir tal título?), pero hay algo que me diferencia de los mencionados: Amo el cine en general, el terror en particular, y todas las vertientes de éste, y sé disfrutar con (casi) cualquier película (quien me conoce sabe, por ejemplo, de mi animadversión por los Coen), y cuando escribo doy mi opinión, tan respetable como la de los demás, pero personal, intransferible y sin ánimo de imponer (y que, por supuesto, puede ser errónea, aunque en esto del cine todo es subjetivo y depende del ojo con el que se mira). Es una lástima que haya gente que parece haber olvidado que el séptimo arte es, ante todo, evasión y diversión, y que el público entra en la sala oscura con el noble propósito de ausentarse un par de horas de la realidad cotidiana. Quizá ellos también disfruten con este tipo de películas (sino, ¿Por qué ven filmes como Halloween: El origen, Rob Zombie, 2007; Viernes 13, Marcus Nispel, 2009; Saw 7, Kevin Greutert, 2010; o Scream 4, Wes Craven, 2011? ¿Masoquismo?), pero algo (¿Hipocresía, quizás?) les impide admitirlo.


   Dejando ya de lado la perreta (a cuento después de leer unas cuantas críticas destructivas y sañudas en cierta página en la que colaboran aficionados al cine que creen que escriben en la “Cahiers du cinema”) y volviendo al tema que nos ocupa, es obvio decir que el filme, una vez visto, es un cóctel de homenajes, guiños y referencias, en unos casos evidentes (a Los pájaros, Alfred Hitchcock, 1963, con ese encadenado de picados que nos muestran a las aves cerniéndose sobre el campamento de nuestros héroes, tal y como hiciesen con la escuela en la película citada; a Mad Max: El guerrero de la carretera, George Miller, 1982, con el convoy de supervivientes, y a su tercera parte -Mad Max 3: Más allá de la cúpula del trueno, ídem, 1985-, con un grupo de adultos y niños que intentan llegar a una tierra prometida que ni siquiera saben si existe, con el fin de empezar de nuevo, guiándose tan solo por intuiciones, leyendas y supersticiones, y capitaneados por una persona en la que confían ciegamente y a la que ven como un ser superior -Alice en nuestra película y Max en la de Miller-, estableciéndose un paralelismo religioso obvio que emparenta a ambas directamente con esa deliciosa obra maestra en formato televisivo que es Battlestar Galactica, en la que la búsqueda de un nuevo hogar después de un holocausto constituía el tema principal; a El amanecer de los muertos, Zack Snyder, 2004, con la escena de Alice apuntando con su rifle al revivido de la gasolinera y viendo su nombre a través de la mirilla -que recuerda a la cacería de zombis con parecidos a famosos de aquella-, con los muertos contrarrelojistas de Las Vegas, o con la muerte de Carlos Olivera -Fehr, uno de los que regresa-, que rememora la de CJ -Michael Kelly-, haciendo explotar su vehículo para eliminar a todos los muertos vivientes de los alrededores y permitir la huida de sus compañeros; y a El día de los muertos, George A. Romero, 1985, con ese zombi al que intentan adiestrar los científicos -incluso juguetea con un teléfono, al igual que hiciese Bub en la película mencionada-, o con el recinto vallado, que oculta un gigantesco bunker subterráneo en el que los científicos utilizan a los gules que se agolpan en las rejas de la superficie como cobayas), y en otros, un tanto velados (la escena de Alice caminando por las dunas del desierto recuerda a Lawrence de Arabia, David Lean, 1962; la entrada del grupo en un Las Vegas cubierto de arena y desolado trae ecos del desenlace de El planeta de los simios, Franklin J. Schaffner, 1968; y los cuervos zombi ya los habíamos visto en 28 días después, Danny Boyle, 2002, los cuales, a su vez, estaban inspirados en los de los videojuegos en que se basa el filme de Mulcahy -una vez más, el círculo se cierra-).


   Además, la película contiene suficientes set pieces repletas de acción y momentos memorables y emotivos (sí, emotivos) como para que el aburrimiento no haga acto de presencia. Especial atención merecen el primer enfrentamiento de Alice, capturada por un grupo de asaltantes que la encierran con una manada de perros zombi (otros viejos conocidos), eliminando a parte de ellos y utilizando a los restantes para escapar y deshacerse de sus raptores; el ataque de los cuervos, zombificados tras comer carne contaminada, al convoy, acabando con parte del grupo, que es salvado in extremis por la llegada de Alice (atención a su reencuentro con Carlos y a la mirada entre ambos), que provoca la explosión de un depósito de combustible, creando una onda expansiva que acaba con las mortales aves (cabe destacar el espectacular plano que envuelve a la mujer, agotada tras el esfuerzo, mientras observamos la lluvia de cenizas que caen de un cielo mezcla de gris y rojo fuego); el mortal combate entre los muertos evolucionados y los supervivientes de la caravana en Las Vegas, donde el grupo vuelve a ser seriamente diezmado, y en el que el gore y la sangre fluyen sin restricciones, con los zombis repartiendo mordiscos a diestro y siniestro, con los humanos destrozando cabezas a balazos, y con Alice cortando, seccionando, amputando y rajando cualquiera de los miembros que componen el cuerpo de los revividos que osan cruzarse en su camino; el adiós definitivo de Carlos (adornado por la soberbia partitura de Charlie Clouser, autor de las banda sonoras de toda la saga Saw, de Silencio desde el mal, James Wan, 2007, o de El padrastro, Nelson McCormick, 2009), ya contagiado, que se despide de K-Mart (Locke), Claire Redfield (la dureza de ambos no impide que se vislumbren el aprecio y el respeto que se tienen, como demuestra esa lágrima que cae por el rostro de la mujer) y de Alice, que pierde a la única persona por la que ha llegado a sentir algo, haciéndola mantener parte de sus rasgos humanos (reflejados en ese abrazo y ese beso impulsivo que rubrican la despedida definitiva entre ambos); la lucha final entre nuestra protagonista y la mutación que deriva del uso indiscriminado del virus T en el cuerpo del Dr. Isaacs (Glen, interpretando a otro personaje que repite), y que resulta ser una criatura que los fans del juego recordarán a la perfección: el Tyrant (mucho más logrado que el Némesis de la segunda parte); o ese plano final, espectacular, con la protagonista y uno de sus clones mirando a través de un cristal una inmensa cantidad de filas y columnas de copias de Alice en avanzado estado de gestación, dispuestas para la batalla definitiva contra la corporación Umbrella.


   En el debe, algún que otro agujero de guión; el evidente error del container que guarda un descomunal ejército de zombis; el uso sucesivo y abusivo de todo tipo de recursos extraídos de Matrix, Larry & Andy Wachowski, 1999; o la equivocada decisión de deshacerse de un personaje carismático como Olivera, pese a darle una muerte más que digna (además, se trata de un personaje que no muere en los videojuegos).


   Finalmente, destacar el ya mencionado score, sensacional, y que oscila entre la intensidad de los momentos de acción y la emotividad de los dramáticos; los FX, tanto los infográficos (obra de Mr. X Inc., de Anibrain Digital y de New Deal Studios), como los de maquillaje y físicos (creados por el equipo de Patrick Tatopoulos, que nos permiten ver en su máximo esplendor a unos muertos vivientes que por fin se adueñan de la pantalla); los actores, tanto los que repiten (a los ya nombrados se une Epps en el papel de L.J.), como los nuevos (reseñar a la bellísima Larter, que da vida a un personaje mítico para los seguidores de Resident evil: Claire Redfield), dando personalidad a unos personajes un tanto unidimensionales y estereotipados, y formando parte de un reparto coral del que conviene no encariñarse demasiado, pues al final son pocos los supervivientes; y, en último lugar, la labor de Mulcahy (un director infravalorado pese a rodar cosas competentes como las mencionadas Los inmortales, ese exploit de Seven, David Fincher, 1995, que es Resurrección, 1999; o su reivindicable debut ante las cámaras: Razorback: Los colmillos del infierno, 1984), moviendo la cámara lo justo, permitiendo que observemos lo necesario en las escenas de acción, y permitiéndose, incluso, algún elegante encuadre o travelling desde la grúa.


(7/7)

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TRAILER USA 1

TRAILER USA 2

(v.o.s.e.)

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