RENEGADOS DEL DIABLO, LOS (Rob Zombie) / 2005: Sid Haig, Bill Moseley, Sheri Moon Zombie, William Forsythe, Ken Foree, Matthew McGrory, Leslie Easterbrook, Geoffrey Lewis, Priscilla Barnes, Dave Sheridan, Kate Norby, Lew Temple, Danny Trejo, Diamond Dallas Page, Brian Posehn, Elizabeth Daily, Tom Towles, Michael Berryman, P. J. Soles, Ginger Lynn Allen, Tyler Mane, Steve Railsback, Kane Hodder.


   Las ocasiones en que una secuela supera al original son escasas en el mundo del cine. Quizás los ejemplos más destacables sean los de El padrino 2, Francis Ford Coppola, 1974, con respecto al original El padrino, ídem, 1972, o el de El imperio contraataca, Irvin Kershner, 1980, en comparación con La guerra de las galaxias, George Lucas, 1977. Otros ejemplos pueden ser Terminator 2: La rebelión de las máquinas, James Cameron, 1991, en contraste a la primigenia Terminator, ídem, 1984, o Aliens: El regreso, James Cameron, 1986, en proporción a Alien: El octavo pasajero, Ridley Scott, 1979 (quizá este sea el caso más discutible, pues la película de Scott es una obra maestra que trasciende fuera de los límites del cine de terror para convertirse en una pieza clave del séptimo arte, mientras que su secuela es, simplemente, una magistral película). De casi todos estos ejemplos se daba cumplida cuenta en una divertida escena al inicio de Scream 2, Wes Craven, 1997, otra secuela casi superior al filme original.


   Todo esto guarda relación con la película analizada, pues Los renegados del diablo es netamente superior a La casa de los 1000 cadáveres, Rob Zombie, 2003, que no dejaba de ser un mero divertimento con algún que otro hallazgo reseñable. Tan solo el inicio hace que merezca la pena el visionado del resto del filme: La llegada de los policías (vaqueros) en sus vehículos (caballos), guiados por un ranger (sheriff), al caserón de los Firefly (el poblado indio), donde los miembros de la familia (a excepción de Tiny –McGrory-, que observa oculto toda la escena, después de ser seguido por la cámara mientras arrastra el cadáver desnudo de una joven por el bosque) se hallan parapetados, y el posterior tiroteo (falto de adornos, de estridencias, de cualquier ornamento postmoderno de cámara, y dándole un aspecto sucio, feísta –en definitiva, de un realismo casi palpable-, pero a la vez extrañamente bello y atractivo) que acontece en el desértico lugar, y que remite a Ruta suicida, Clint Eastwood, 1977, con la que, además, comparte su aspecto de road movie, a Peckimpah (los Firefly recuerdan a los miembros del Grupo salvaje, Sam Peckimpah, 1969), o a Tarantino. La presentación del sheriff Wydell (enorme Forsythe, dando vida a un personaje oscuro, cargado de odio –para el recuerdo queda la escena del espejo, en la que rememora al Travis Bickle interpretado por Robert De Niro en Taxi driver, Martin Scorsese, 1976- debido a la muerte de su hermano –encarnado en La casa de los mil cadáveres, 2003, por Tom Towles, y que aquí tiene varias apariciones en forma de alucinación con ansias de venganza- a manos de mamá Firefly, a la que en la primera película dio vida Karen Black y que aquí cede el testigo a Easterbrook –la Sargento Callahan de Loca academia de policía, Hugh Wilson, 1984 y sus secuelas-) y de su ayudante (un acertado Sheridan), es brillante, pues en escasos segundos se nos informa de la personalidad de cada uno de ellos. En el interior de la casa volvemos a ver las caras de viejos conocidos: Otis (al que vuelve a encarnar un Moseley en estado de gracia, que borda su papel de asesino sanguinario y despiadado, superando su interpretación de la primera parte, al mostrarse más rasgos de una personalidad cuya crueldad carece de límites, pero también ciertos matices humanos en su trato con Baby y Spaulding) duerme en una cama junto al cadáver de una joven, mientras que en las habitaciones contiguas descansan Baby (Moon Zombie, aún más brutal que en la película anterior) y Mamá Firefly (nada se menciona del abuelo Hugo, que en la película precedente fue interpretado por Dennis Fimple –fallecido en 2002-). Serán las voces del sheriff las que los saquen de su letargo, comenzando un atrincheramiento que finalizará con la entrada de los policías en el hogar, que acabarán con Rufus (interpretado por Mane –Dientes de Sable en X-Men, Bryan Singer, 2000, o Michael Myers en Halloween, Rob Zombie, 2007 y su secuela, Halloween II, ídem, 2009-, que cubre su cuerpo con un traje blindado similar a los que usaran Ned Kelly y su banda para protegerse del fuego enemigo en los atracos que cometían) y detendrán a Mamá Firefly, consiguiendo Baby y Otis escapar. Es reseñable el cambio que se produce entre el realismo latente del tiroteo y el ambiente surrealista, casi onírico, que se origina tras el asalto de los agentes de la ley al hogar de los asesinos, tal y como si entrásemos en otro universo (visualmente justificado por el humo de las armas y del bote de gas lacrimógeno lanzado instantes antes por el ayudante del sheriff). Dicho ambiente de pesadilla (que simboliza la entrada al mundo de locura de los Firefly) se ve reforzado por la utilización de la cámara lenta; la ralentización de las voces de las radios; el aspecto de los policías con máscaras de gas y ropas especiales, y el de los asesinos con sus trajes blindados, además de por el sonido metálico de los disparos al golpear en ellos (uno de los agentes es Hodder, mítico Jason Vorhees en Viernes 13 parte 7: La película, John Carl Buechler, 1988; Viernes 13 parte 8: Jason vuelve… para siempre, Rob Hedden, 1989; Viernes 13 parte 9: El final: Jason va al infierno, Adam Marcus, 1993; y Jason X,  James Isaac, 2001). Nos tomaremos entonces un respiro con la huída de los prófugos, visualizada en los títulos de crédito (que parecen evocar pretéritos títulos del género de finales de los setenta, época en la que transcurre la acción), engalanados con el “Midnight rider” de los Allman Brothers, un título que casa perfectamente con el momento y con el tono general de la película.


   El segundo acto tiene lugar en el motel al que llegan los dos asesinos, en el que se citan con Spaulding (magistral de nuevo Haig, con una presentación desternillante –la onírica escena de sexo con la pornstar Gynger Lynn, de la que tendrá un duro despertar a la cruda realidad-). Allí tomarán como rehenes a cinco personas (Wendy y Adam –Norby y Temple- por un lado, Roy y Gloria –Lewis y Barnes- por otro, y Jimmy –Posehn-) que viajan juntas. El último de los mencionados será el primero en morir a manos de Otis (atención a la reacción de Adam), que le vuela la cabeza sin ninguna contemplación. Para los cuatro restantes comenzará una pesadilla que parece alargarse en el tiempo hasta los límites de lo permisible: El mismo Otis obligará a Gloria a desnudarse ante los demás, toqueteándola con el arma de fuego que acaba de utilizar, y degustando la desesperación y la impotencia que se adueña de Roy, su marido (la escena llega a hacerse insoportable debido a su crueldad), que asiste incapaz a la humillación que sufre su mujer. Pero la cosa no acaba ahí, pues a continuación Otis obliga a los dos hombres a salir de la habitación y a llevarle hasta una casa abandonada cercana, donde dice esconder armas. La humillación, esta vez verbal, continúa de manera insoportable, y Adam, en un momento de despiste, consigue golpear al asesino con un tronco, logrando que suelte su arma, pero Otis logra zafarse y derribar a ambos, haciéndose de nuevo con la pistola y disparando en el cuello a su asaltante. Roy es golpeado violentamente en su zona noble con una estaca (el garrotazo solo se oye, pero el sonido es más que suficiente para que nos retorzamos en nuestros asientos), para posteriormente, y tras un corto discurso de Otis en el que le pide que rece si espera que se produzca un milagro que le pueda salvar, ser apaleado en la cabeza hasta la muerte. La suerte de Adam no será mejor, pues la piel de su cara será arrancada en vivo (un déjà vu con respecto a la primera entrega). Al regreso de Otis al motel, se encontrará con que Baby ha eliminado a Gloria (le lanza un cuchillo al corazón después de que ésta se haga con su pistola) y ha amordazado a Wendy tras huir ésta a la calle y sufrir un fatal encuentro con Spaulding, que llega al motel después de robarle el coche a… P.J. Soles (recordada por los fans por sus papeles de Norma Watson en Carrie, Brian De Palma, 1976, y de Linda en La noche de Halloween, John Carpenter, 1978), tras golpearla y aterrorizar a su hijo para que huya. Los tres abandonan a Wendy en el motel, amordazada y con la piel de la cara de su marido cubriendo su rostro a modo de máscara macabra. La joven será encontrada por una limpiadora, que sale huyendo del lugar tras su desagradable hallazgo (en el baño también encuentra a Jimmy y a Gloria en una dantesca escena), perseguida por la chica, que suplica ayuda, desorientándose por culpa de la máscara, yendo a parar a una carretera donde será brutalmente arrollada por un camión (uno de los agentes que investigan el atropello es Steve Railsback, otro pequeño icono del género, visto en Fuerza vital, Tobe Hooper, 1985; en Ed Gein, Chuck Parello, 2000, donde realizaba una genial interpretación del archiconocido psicópata; o en dos magníficos capítulos de Expediente X: Duane Barry y Ascensión –capítulos quinto y sexto de la segunda temporada, dirigidos por Chris Carter, creador de la serie, y Michael Lange, respectivamente-, donde daba vida al susodicho Barry).


   Mientras, Wydell se queda a solas con mamá Firefly con la excusa de interrogarla. Lo que tendrá lugar será una dura confrontación verbal entre ambos, en la que el sheriff acusa a la mujer del asesinato de su hermano y ésta se burla cruelmente, acabando el primero con la vida de la segunda de una puñalada (existe un pequeño error de continuidad, pues primero aparece la mujer esposada, luego liberada, y finalmente vuelve a aparecer con las esposas puestas).


   Wydell contrata entonces a dos mercenarios (el omnipresente Trejo y el ex-luchador de Wrestling Diamond Page) para que encuentren y capturen a los Firefly, que acuden a esconderse al prostíbulo que regenta Charlie Altamont (Foree, Peter en Zombi, George A. Romero, 1978) con la colaboración de su ayudante Clevon (interpretado por otro actor inolvidable, Berryman, recordado por su papel de Plutón en Las colinas tienen ojos, Wes Craven, 1977, y su secuela: Las colinas tienen ojos 2, ídem, 1985). El primero resulta ser un viejo amigo de Spaulding (cuyo mote se corresponde con el nombre del personaje que interpretara Groucho Marx en El conflicto de los hermanos Marx, Victor Heerman, 1930), que da cobijo a los tres homicidas, aunque deberá traicionarlos tras sufrir un encontronazo con Wydell (éste se produce después de una de las escenas más hilarantes del filme, en una granja de pollos a la que acuden Charlie y Clevon con la intención de comprar gallinas como alimento. El vendedor, un individuo peculiar de gustos sexuales particulares, les insinúa, ante el aspecto físico del segundo, un beneficio, a su parecer, mucho más satisfactorio, que pueden obtener de los animales recién adquiridos), que lo amenaza con sacar sus trapos sucios y cerrar su negocio. Así, el sheriff asaltará el prostíbulo junto a los dos mercenarios, aprovechando la fiesta recién celebrada en la que Otis, Baby y Spaulding se han emborrachado y drogado hasta la extenuación (resulta llamativo el contraste que establece el director entre los Firefly divirtiéndose y disfrutando con sus amigos, y el sheriff, también borracho, pero solo y amargado, maquinando su vendetta) para capturarles fácilmente.


   El agente conducirá a sus presas a una cabaña abandonada, donde sufrirán torturas inimaginables (el director pretende –y consigue- que nos identifiquemos con el trío de psicópatas, prosiguiendo con su lento pero inexorable intento de humanización de éstos), siendo golpeados, grapados o electrocutados (Otis incluso es clavado a la silla en la que reposa) por alguien que actúa ya exclusivamente movido por el odio. Cuando Wydell aparenta sentirse saciado, prende fuego a la cabaña con los dos hombres dentro, liberando a Baby para proseguir la cacería, pero la mujer es puesta a salvo momentáneamente por Charlie, que acude arrepentido a rescatar a sus amigos, aunque pronto es eliminado por el sheriff. Cuando éste va a acabar con la única mujer superviviente del clan de los Firefly, aparece Tiny (aquí surge una pregunta: ¿Cómo sabía el gigante asesino dónde se encontraba su familia?), que elimina a Wydell y acude junto a su hermana a la cabaña a liberar a Otis y Spaulding, que logran escapar (el porqué Tiny se sacrifica volviendo a entrar en el cobertizo es algo que no queda demasiado claro). Entonces, los tres supervivientes emprenden una huída en coche hacia ninguna parte, topándose finalmente con un control policial, contra el que se lanzan en una maniobra suicida, disparando sus rifles y escopetas contra un parapeto impenetrable, mientras escuchamos los acordes del “Free bird” de los Lynyrd Skynyrd, en un final que nos trae a la memoria a la ya mencionada Grupo salvaje; a Bonnie and Clyde, Arthur Penn, 1967; a Dos hombres y un destino, George Roy Hill, 1969; e incluso a Thelma & Louise, Ridley Scott, 1991.

   En cuanto a aspectos técnicos, es sobresaliente el score de Tyler Bates (un reconocido autor, especializado en cine de terror, que también ha realizado las bandas sonoras de Amanecer de los muertos, Zack Snyder, 2004; 300, ídem, 2006; Slither: La plaga, James Gunn, 2006; Los ojos del mal, Gregory Dark, 2006; Halloween, Rob Zombie, 2007; Doomsday: El día del juicio, Neil Marshall, 2008; El día de los muertos, Steve Miner, 2008; Watchmen, Zack Snyder, 2009; o Halloween II, Rob Zombie, 2009) , aparte de la acertadísima selección musical por parte de Zombie, que demuestra sus amplios conocimientos musicales. Destaca también la fotografía de Phil Parmet, sacando partido a los ambientes sucios y desérticos en los que se desarrolla la historia, y los excelentes maquillajes de Wayne Toth y su equipo, que repite con el director tras la primera parte. El filme ganó varios de los premios concedidos por la revista Fangoria en la edición del año 2005, correspondientes a las categorías de Mejor Película de Terror, Mejor Pareja (Moseley y Moon Zombie), y actor (Haig).


   Finalmente, reseñar que el filme levantó una gran polvareda debido a que Zombie muestra a los asesinos como seres humanos y no como meras máquinas de aniquilar y despedazar, provocando que ciertos sectores tacharan tanto a película como a realizador de inmorales. En ningún momento Zombie oculta los horribles actos de sus personajes y lo que hacen con todo aquel inocente que osa interponerse en su camino (véase la mujer a la que roban el coche o todo lo que acontece en el hotel), pero también nos muestra algún momento de intimidad entre ellos (la conversación entre las dos mujeres del clan justo antes de que se inicie el tiroteo inicial; o la ya mítica escena –que estuvo a punto de ser eliminada- que acontece en la furgoneta, con la conversación -brillantemente escrita- en la que Baby le pide encarecidamente a Otis que se detenga para comprar un helado, recibiendo el apoyo de Spaulding, de marcado tono humorístico –el helado de “putti fruti” que menciona éste último-. Es imposible no sentir en ese momento cierta empatía por los proscritos, por los malvados, por los que se hallan en el lado opuesto a la ley, pese a que sus actos sean execrables). El hecho de que para Zombie no todo sea blanco o negro, sino que por el medio haya una serie de matices en los que el hombre racional se convierte en bestia debido a las circunstancias, y la bestia alcanza cierta condición humana gracias a la ira de ese hombre racional que busca venganza, es lo que parece ser que molestó a cierto sector del público y de la crítica, quizá desorientados ante el hecho de sentirse, aunque solo fuera por unos instantes, identificados con esos animales a los que quieren odiar, pero a los que en el fondo admiran porque la justicia en la que creen (personificada en Wydell) no es tan pura como esperaban. No pretende Zombie decidir sobre la catadura moral de sus personajes (aunque es obvio el cariño y respeto –nunca adoración- que por ellos siente –algo lógico tras dos películas-), sino que ha de ser el espectador el que decida, siendo intachable el tratamiento del realizador, pues los hechos son expuestos de forma objetiva (nunca toma partido ni por unos ni por otros, sino que muestra que, en situaciones extremas, todos revelamos nuestro lado oscuro: ¿Quién no desearía venganza sobre los asesinos de un familiar?).


   En definitiva, una auténtica gozada de película, capaz de crear controversia y polémica desde el mismo momento de su estreno, y de producir auténtica angustia y terror en el espectador más curtido.


(9/8)

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