PSICOSIS (Alfred Hitchcock) / 1960: Anthony Perkins, Vera Miles, John Gavin, Janet Leigh, Martin Balsam, John McIntire, Simon Oakland, Frank Albertson, Patricia Hitchcock, Vaughn Taylor, Lurene Tuttle.


   Alfred Hitchcock dirigió en 1960 una de las principales obras maestras de la historia del cine en general y del terror en particular. Una película que influiría, a partir de la fecha de su estreno, en multitud de directores y, por ende, en sus obras, siendo imitada, homenajeada, parodiada e incluso remakeada (por Gus Van Sant, en el año 1998, copiando el metraje fotograma a fotograma, con el único cambio, evidentemente, de sus actores y de la fotografía, que pasa a ser en color, en uno de los más claros ejemplos de que es absurdo rehacer una maravilla si, encima, no vas a introducir ninguna novedad reseñable) sin ningún tipo de miramiento (véase, por ejemplo, en Los Simpson, la relación entre Skinner y su madre, que es una clara referencia a la existente entre Norman y Norma Bates; o la banda sonora de Re-Animator, Stuart Gordon, 1985, obra de Albert Band, un homenaje -algunos dirían plagio, aunque yo no estoy en absoluto de acuerdo, pues el score de Band posee una entidad propia y es magnífica por sí misma- a la impresionante partitura de Bernard Herrmann; por no hablar de la escena de la ducha, copiada en decenas de slashers). Muchos consideran el filme como aquel que dio inicio al cine de terror moderno, junto a La noche de los muertos vivientes, George A. Romero, 1968. Un cine en el que comenzaban a aparecer los primeros asesinatos mostrados cada vez con mayor crudeza ante la cámara (y no fuera de campo), y que darían lugar al subgénero gore ya en la década de los setenta, donde la sangre comenzaría a fluir sin pausa hasta nuestros días.


   La película comienza mostrándonos a Marion Crane (sencillamente genial Leigh, madre de otra reina del grito de la talla de Jamie Lee Curtis) y a su amante Sam Loomis (Gavin) en la habitación de una pensión, donde se ven a escondidas. La conversación revela el escaso compromiso del joven, pese a que la pareja parece estar profundamente enamorada. La mujer decide robar una importante cantidad de dinero de la inmobiliaria en la que trabaja (Caroline, su compañera de oficina, no es otra que Patricia Hitchcock, la hija del director, que puede ser visto en su cameo habitual, en este caso, bastante fugaz, a la puerta de la agencia), huyendo de la ciudad con la intención de reunirse posteriormente con su pareja. Un aguacero torrencial hará que se detenga en un motel de carretera, donde será atendida por un encantador recepcionista, dueño a su vez del negocio, Norman Bates (un Perkins simple y sencillamente magistral -es inexplicable e injusto que fuera obviado en las nominaciones de los Oscar de ese mismo año-, que compone uno de los villanos más fascinantes, irresistibles, y a la par estremecedores de la historia del cine), del que destaca su carácter amable, cordial, tímido y encantador (como cuando recibe a Marion; o poco después, en la conversación que mantiene con la mujer mientras ésta se toma el sándwich que el hombre le ha preparado), lo que unido a su innegable atractivo físico y a su aspecto frágil y sensible lo envuelve en un halo de simpatía tanto a ojos de los extraños como de sus conocidos. Norman vive junto a su madre Norma en el caserón que domina la colina a cuyos pies se encuentra el motel (obsérvese que la morada siempre es mostrada desde un plano inferior, como si dominase no solo al hospedaje, sino a todos los que en él se encuentran o acercan). La mujer, en una discusión que Marion oye desde la recepción, se muestra enojada porque piensa que la chica es una fresca que quiere aprovecharse de su hijo, mostrando a voces su disgusto con éste. Nuestra protagonista (al menos por el momento), se retira a su habitación con la intención de darse una ducha (es revelador observar que la ropa interior que lleva es ahora negra, cuando al principio, en compañía de su amante, era blanca, lo que ejemplifica una clara metáfora sobre el bien y el mal, o el antes y el después del robo). La joven es espiada, sin darse cuenta, por Norman, que observa por un agujero del tabique de la recepción (son inquietantes los repetidos planos de los pájaros disecados que ornamentan las paredes, que proporcionan cierta sensación de ahogo. Existen, además, varias referencias más a las aves, pues el apellido de Marion es Crane –grulla en español-, siendo además su ciudad de origen Phoenix) como la joven se desviste antes de dirigirse al baño. Será entonces cuando tenga lugar uno de los momentos más míticos, por derecho propio, de la historia del cine. El asesinato de la ducha es un auténtico prodigio de planificación y de montaje (existen pocos ejemplos en los que una banda sonora se adapte tan bien, como un guante, a una escena como sucede en este caso), que concluye en ese complejo plano (debido a su extensión, que provocaba que Leigh parpadease sin querer) del ojo abierto de la víctima, creando una sensación de angustia, de miedo, que no desaparecerá ya en el resto de la película. En solo cuarenta y cinco segundos de cine se condensa el buen hacer de un director único, capaz de utilizar setenta emplazamientos distintos de cámara para rodar idéntica cantidad de planos, siendo necesario para tamaña labor emplear una semana de rodaje, mostrando la locura de un crimen en una decisión nunca antes vista en una película, que consistía en eliminar al personaje principal y único apoyo del espectador en el filme a los cuarenta minutos de metraje (con razón Hitchcock impedía el paso a los cines de los espectadores rezagados).


   Será entonces cuando Sam Loomis comience una investigación junto a Lila Crane (Miles), hermana de Marion, cruzándose en su camino con un detective llamado Arbogast (Balsam), contratado por la inmobiliaria de la que se sustrajo el dinero, y cuyo celo profesional le convertirá en una nueva víctima de la madre de Norman (atención al maravilloso plano cenital que muestra el ataque, con la mujer saliendo de una habitación y abalanzándose por sorpresa sobre el investigador, que asciende por las escaleras y que no puede reaccionar ante la velocidad con la que se produce el mismo), al adentrarse en el caserón en busca de alguna pista que arroje información sobre el paradero de la chica y la fortuna desaparecidas. Un encuentro con el sheriff local (cuya revelación de que la madre de Norman lleva muerta varios años aún sigue causando desazón e inquietud) hará que Sam y Lila den con el motel, descubriendo que el autor de los crímenes no es otro que un bipolar y esquizofrénico Norman travestido de su propia madre, cuyo cadáver disecado guarda con celo en el desván de la mansión.


   Pronto, ya en los sobresalientes títulos de crédito, obra de Saul Bass, se percibe que nos encontramos ante una obra que marca un antes y un después. Éstos, acompañados por la increíblemente bella partitura de Bernard Herrmann, son un dignísimo preludio a lo que nos espera: Una aterradora historia guionizada de manera primorosa por Joseph Stefano, que se basó en el libro de Robert Bloch, pero introduciendo notables cambios, como el hecho de que en la novela Bates era bajito, gordo y borrachín, todo lo contrario que el mismo personaje al que da vida con sobrada solvencia Anthony Perkins. Por otro lado, el texto comenzaba directamente con el asesinato de Marion, que era degollada, con lo que toda la introducción y la decisión de dotar al personaje de la joven de una historia fue decisión de Stefano, que, obviamente, acertó de pleno. Además la historia cuenta con momentos aterradores que siguen siendo efectivos a día de hoy (aparte de los ya nombrados anteriormente, destaca cada una de las escenas en las que Norma Bates aparece paseando por la ventana de su habitación en el caserón, mostradas siempre desde la lejanía; o las discusiones que tiene con su hijo; y, finalmente, ese último plano en el que vemos a Norman Bates ya detenido en la celda, en cuyo rostro se superpone durante un breve lapso de tiempo la calavera del cadáver de su madre, en un plano de carácter cuasi subliminal, ejemplificando en pantalla que ambos personajes son ya solo uno, indisoluble e inquebrantable de manera definitiva).


   Es destacable, como curiosidad, que Hitchcock realizó un casting para buscar una actriz que interpretase a Norma Bates, con el fin de despistar a la prensa sobre la sorpresa final. Además, la película recibió cuatro nominaciones a los Oscar: Mejor actriz de reparto (Leigh); mejor dirección artística en blanco y negro (Joseph Hurley, Robert Clatworthy y George Milo), mejor fotografía (John L. Russell) y mejor director, sin ganar ninguno de los premios. También es claro el paralelismo entre Norman Bates y el psicópata Ed Gein, condenado en la década de los cincuenta por el asesinato de varias mujeres en un pueblo de Wisconsin, conservando además los cadáveres de sus víctimas y los que desenterraba en el cementerio local, fabricando con ellos mobiliario y ropa,  y manteniendo una extraña y enfermiza relación con su madre. Ed Gein también inspiró a los asesinos de La matanza de Texas, Tobe Hooper, 1974, y El silencio de los corderos, Jonathan Demme, 1991.


   Finalmente cabe citar que el filme dio lugar a 3 secuelas: Psicosis 2: El regreso de Norman, Richard Franklin, 1983; Psicosis 3, Anthony Perkins, 1986; y Psicosis 4: El comienzo, Mick Garris, 1990.


(9/4)

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(v.o.s.e.)

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