PROFECÍA, LA (Richard Donner) / 1976: Gregory Peck, Lee Remick, Harvey Stephens, David Warner, Billie Whitelaw, Patrick Troughton.


   Uno de los grandes clásicos del género (de hecho, es considerada por críticos y público -la película es una de esas rara avis en las que coinciden los gustos de ambos- como una obra maestra no solo en la categoría de terror, sino del cine en general), dirigido con genial pulso por Donner, que hasta ese momento solo había rodado capítulos sueltos de series de televisión como Kojak o Ironside, pero que posteriormente se haría cargo de otros clásicos como Superman, 1978, o Arma letal, 1987. Surgida en un principio a raíz del éxito de El exorcista, William Friedkin, 1973, alcanzó de forma casi instantánea (y merecidísima) la categoría de obra maestra, debido, entre otros muchos motivos, a su acertadísimo y ajustadísimo reparto, con unos padres interpretados de forma brillante y emotiva por Peck y Remick (el primero borda su papel de embajador de los EEUU, viéndose superado por unos acontecimientos del todo increíbles –su hijastro es, ni más ni menos, el mismísimo Satanás-, y observando como toda la gente que rodea a su retoño e intercede de alguna manera en su ascenso al poder, es eliminado de la manera más cruel y sin ningún tipo de miramiento, lo que provoca, a su vez, que tenga que vencer a su incredulidad para pasar a librar una batalla desigual en la que está predestinado a la derrota -¿Alguien dudó por un momento que el mismísimo anticristo pudiera ser vencido por un simple mortal?-. Por otro lado, Remick es la primera que descubre las aviesas intenciones del niño, aunque eso no le servirá para evitar ser eliminada de forma inapelable –la escena de la caída desde lo alto de las escaleras al suelo es un auténtico prodigio de ejecución, que conllevó una planificación complejísima, y la de su muerte, lanzada por la ventana del hospital por la niñera, para atravesar posteriormente el techo de la ambulancia, aún pone la piel de gallina-), que, sin saberlo, adoptan al niño que se convertirá en el Diablo (de magistral acierto de casting se puede calificar la elección de Harvey Stephens para el papel de Damien. Basta con ver ese plano final en el cementerio, en el que, girándose a la cámara, muestra una sonrisa infantil a la par que diabólica -plano que surgió casualmente, pues Donner le había dicho al pequeño que simplemente mirase a la cámara con gesto serio. El chico ignoró las órdenes del director, y mostró esa expresión que quedaría como parte de una de las escenas más recordadas de la historia del séptimo arte-, descubriéndonos, además, que no ha muerto. El chico consigue en su actuación algo complicadísimo, que consiste en mostrar una dualidad que oscila entre dos extremos tales como la inocencia de un niño y el mal absoluto); con Whitelaw en el papel de perversa tutora que hará todo lo posible para que nada ni nadie haga daño al niño (impresionante su lucha a muerte con Peck para evitar que éste se lo lleve);  y con unos ejemplares Warner (cada película en la que el actor de origen británico tiene un papel –y la mayoría de ellos son en filmes de terror- es digna de ser vista solo para deleitarse con su presencia y su actuación) y Troughton (merece la pena ver el filme en su versión original solo para escuchar la increíble voz del actor londinense).


   Además, inició la moda de las muertes imaginativas (las de Warner con la lámina de cristal y Troughton con el pararrayos de la iglesia ponen, aún hoy, los pelos de punta).


   Especial atención a la impresionante Banda Sonora, que ganó merecidamente el Oscar, del siempre brillante Jerry Goldsmith, y en especial, al tétrico y aterrador “Ave Satani”, con unos coros simplemente estremecedores; y por supuesto, a la preciosa fotografía de Gilbert Taylor (la iluminación y ambientación en la escena del cementerio, donde Robert Thorne -Peck- descubre junto a Jennings –Warner- que su auténtico hijo fue asesinado el día de su nacimiento, son deslumbrantes).


   Como curiosidad destacar también la leyenda negra que rodea a la película: el avión que llevaba a Peck de Los Ángeles a Londres fue alcanzado por un rayo, lo que también sucedió con el que transportaba, días después, al guionista David Seltzer; el mismo Peck canceló otro vuelo a Israel y el avión se estrelló, falleciendo todos los ocupantes; un jet privado que se había alquilado para rodar algunas tomas aéreas, fue rentado un día que no se usó a un grupo de empresarios. El avión chocó con una bandada de pájaros, y se estrelló fuera de la pista, donde embistió a un coche acabando con la vida de sus ocupantes (la esposa y los dos hijos del piloto del jet); se rodó una escena con los leones del zoo (eliminada del montaje definitivo), que despedazaron a un guardia de seguridad ese mismo día; el IRA voló por los aires un restaurante donde Donner y el productor Mace Neufeld tenían una reserva una hora después; durante la posproducción, el supervisor de FX John Richardson viajaba en coche hacia Holanda junto a su novia y asistente, Liz Moore, un viernes 13, sufriendo un accidente en el que la chica murió decapitada (como Warner en la película –efecto que preparó el mismo Richardson-). El hombre quedó inconsciente, y al despertar vio una señal donde se leía la distancia a un pueblo holandés: “Ommen, 66,6 km” (el título original del filme es The omen, y el 666, el número de la bestia).


(9/5)

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(v.o.s.e.)

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