NOCHE DE LOS MUERTOS VIVIENTES, LA (George A. Romero) /  1968: Duane Jones, Judith O´Dea, Karl Hardman, Marilyn Eastman, Keith Wayne, Judith Ridley, Kyra Schon, Charles Craig, S. William Hinzman, George Kosana, Bill ´Chilly Billy´Cardille, Russell Streiner.


   Johnny (Streiner, no acreditado como actor, aunque sí como productor del filme) y Barbra (O´Dea) son dos hermanos que realizan un largo viaje en automóvil para llevar flores a un cementerio de Pittsburgh (Pensilvania), en el que se halla enterrado el padre de ambos. Una vez en el camposanto son atacados por un individuo de aspecto extraño que deambula entre las tumbas, causando la muerte del varón. La mujer se ve obligada a emprender una alocada huída a pie, llegando a una casa abandonada en el medio del campo, en la que se encierra en busca de protección. Con la caída de la noche el lugar comienza a ser asediado tanto por la criatura que acabase con Johnny como por otras que van apareciendo paulatinamente. Pronto se producirá la llegada de Ben (Jones), un hombre de carácter decidido que busca un lugar donde refugiarse y que ayudará a Barbra a asegurar la casa. Cuando ésta se halla aparentemente a salvo, descubrimos la existencia de otros cinco supervivientes (un matrimonio formado por Harry Cooper -Hardman- y Helen -Eastman- que cuidan de su hija Karen -Schon-, enferma debido a una herida causada por uno de los seres, y otra joven pareja constituida por Tom -Wayne- y Judy -Ridley-), que se encontraban escondidos en el sótano y deciden salir a la superficie cuando saben que no hay peligro. La diferencia de ideas entre dos hombres con un fuerte carácter y con mentalidades opuestas como son Ben y Harry (Ben intenta ser solidario y busca el bien común del grupo, aunque su testarudez acabe siendo la causante de muchas de las tragedias que acontecen, mientras que Harry deja desde un primer momento patente su egoísmo y su empeño en cuidar tan solo de sí mismo y, si acaso, de su familia) y lo dramático de la situación, pronto pondrán en entredicho la seguridad del recinto y de sus ocupantes, arrastrados por las continuas discusiones de los dos hombres, incapaces de ver que la amenaza externa crece con el paso del tiempo, volviéndose cada vez más impredecible y peligrosa.


   Nos encontramos ante uno de los grandes clásicos (por derecho propio) de la historia del cine de terror, y que significó el nacimiento de dos nuevos elementos claves en el género: Por un lado, el gore (si bien la creación de esta subcategoría se puede atribuir más bien a Herschell Gordon Lewis con títulos como Blood feast, 1963, o 2000 maníacos, 1964, está claro que es Romero el que le da un toque serio y formal, alejado del ámbito festivo de las películas de doble sesión exhibidas en los drive-in de los Estados Unidos en la década de los 60 en las que estarían englobados los filmes de Lewis); y por otro, el nacimiento del muerto viviente moderno, antropófago, renacido de una persona anteriormente fallecida o convertida por el mordisco (y el consiguiente contagio) de uno de esos mismos seres (Hinzman tuvo el indudable honor de ser el primero). Un monstruo, en definitiva, aterrador (esos planos que se repiten a lo largo del metraje y que muestran a los zombis arremolinándose alrededor de la vivienda, convirtiéndose lenta pero inexorablemente en una turba indomable y cada vez más peligrosa según se suman acólitos a ese ejército proveniente del averno, silencioso e imparable. De espeluznante se puede calificar el aspecto de la mujer desnuda que deambula entre el resto de muertos, o el de la otra -Eastman- que se apoya en el tronco de un árbol para atrapar a un ciempiés y devorarlo ante nuestros ojos. Aunque quizá el momento más aterrador de la cinta -y el que provocó deserciones entre los espectadores de las salas en el momento del estreno- es aquel en el que, tras la explosión del vehículo en el que Tom y Judy intentaban huir, los zombis se amontonan alrededor de los pedazos calcinados del mismo, peleándose como aves de rapiña por los restos de la joven pareja, los cuales son devorados con fruición, en una sucesión de planos que resultan desagradables aún a día de hoy, más de cuatro décadas después de que se rodaran), alejado de aquellos zombis tratados como esclavos por sus amos, que los hacían volver de la muerte tras un rito vudú basado en las mitologías y creencias de Haití y otros países caribeños, y que, en definitiva inspiraban más lástima que temor debido al uso (y abuso) que de ellos se hacía, envueltos por un halo sentimental y trágico similar a otros monstruos clásicos (La momia o Frankenstein son otros claros ejemplos de engendros humanizados), y que pudimos ver en películas como La legión de los hombres sin alma, Victor Halperin, 1932; Yo anduve con un zombie, Jacques Tourneaur, 1943; o La plaga de los zombies, John Gilling, 1966.


   En este primer filme (de lo que actualmente es una hexalogía completada por la genial Zombi, 1978; la magistral e incomprendida en su día El día de los muertos, 1985; la muy notable La tierra de los muertos vivientes, 2005; y las decididamente inferiores El diario de los muertos, 2007, y La resistencia de los muertos, 2009, todas ellas dirigidas por el mismo Romero) los muertos vuelven a la vida para aterrorizar a un grupo de supervivientes que se esconden en una casa de campo. Tenemos, por primera vez en una película de terror, a un personaje protagonista de raza negra (Jones), que se convertirá en el héroe (imperfecto, pues causará la muerte, evidentemente de manera involuntaria, de varios de los personajes -Tom y Judy en el coche, tras explotar éste en la gasolinera mientras intentan llevar a cabo el imperfecto plan de aquel; o de Barbara, devorada por su hermano cuando los zombis irrumpen en la casa, demostrando que el otro plan de Ben, que consistía en resistir en la vivienda sin encerrarse en el sótano, también era fallido, viéndose finalmente obligado a claudicar y optar por la otra opción- debido a su obstinación y su absurda lucha de egos con el también terco e inflexible Cooper -Hardman- quien perderá, en parte debido a esa tozudez, a su hija y a su esposa, siendo ésta asesinada por aquella cuando por fin se produce la transformación en zombi) de la película, y que contará con un trágico final, al ser abatido cuando es confundido con un zombi, dando así continuidad y coherencia al tono pesimista que se percibe a lo largo y ancho de todo el filme, rubricado por la sordidez que añade el blanco y negro, en un principio impostado por el bajo presupuesto, pero que añadió ese aspecto descarnado (y no es un chiste) e incómodo tan apropiado que no hubiese otorgado el color.


   Ese final aciago se ve reforzado por un aspecto que Romero subraya en el último tramo de metraje: La descomposición del núcleo familiar. De esta manera, Cooper, malherido por la bala disparada por Ben, cae por las escaleras que llevan al sótano, donde es devorado por su hija, muerta y revivida. A continuación será Helen la que sea eliminada de manera horrible por la niña (que utiliza esa paleta de albañil que clava con saña en el cuerpo de su madre, tendida en el suelo e incapaz de comprender lo que sucede), ya carente de cualquier atisbo de humanidad. Ese hecho se vuelve a repetir casi de inmediato cuando Barbra, recién recuperada y cooperando con Ben en la defensa de la vivienda, es arrastrada al exterior por su propio hermano, ya zombificado, siendo entregada a la jauría que se amontona en torno a ella. La ruptura de ese núcleo, de la confianza en la gente que siempre nos ha apoyado y que nos son cercanos, termina por sumirnos en una noche eterna dominada por esos seres que cazan para alimentarse y que carecen de sentimientos, algo que los hace más peligrosos e impredecibles si cabe, sumergiendo a la especie humana en una guerra que tiene perdida de antemano.


   El tercio inicial de película ya merece pasar por derecho propio a la historia del género: Los primeros planos nos muestran el vehículo de los hermanos aproximándose al cementerio mientras en la radio hablan de problemas técnicos que pueden interrumpir la emisión. Como siempre, una situación cotidiana en la que nada parece poder llegar a alterar la normalidad reinante, aunque esas palabras de la emisora podrían inducir a pensar que algo no anda del todo bien. Johnny protesta de manera continua y obstinada por la realización de un viaje tan largo para llevar flores a la tumba de un progenitor al que acusa de ignorarle en vida, y un rayo ilumina el cielo y parece subrayar sus palabras. Es el rayo, no obstante, que anuncia la llegada del apocalipsis, si se quiere buscar un término que aluda a unas connotaciones bíblicas quizá no buscadas de manera intencionada por Romero, pero que se podrían llegar a intuir. Así se produce la primera aparición en el cementerio (aparición que, por otro lado y como ya he señalado con anterioridad, supone un momento histórico, pues nos encontramos ante el primer muerto viviente antropófago del cine), con el revivido caminando renqueante entre los sepulcros, aproximándose a los hermanos. El miedo provocado en Barbra por ciertos recuerdos de la infancia (esas historias de terror que les contaban a ambos cuando eran chiquillos y que Johnny rememora) provoca las burlas de su hermano, acentuadas ante el visible temor que producen en ella esos recuerdos. Así, el joven se sirve del individuo que se aproxima y de sus andares cansinos para exclamar varias veces: “Vienen a por ti, Barbra”, mientras se apoya en una de las tumbas. En uno de los planos vemos al tipo en un segundo término, prosiguiendo su lento acercamiento hacia ellos. Entonces Johnny simula huir, pero Barbra pasa junto al  hombre, que se abalanza sobre ella. Su hermano intenta protegerla, pero en el forcejeo con su oponente es empujado y su cabeza golpea una de las lápidas, falleciendo en el acto.


   La mujer huye hasta el coche, perseguida por el zombi. Ya en el interior y después de que el perseguidor rompa la ventanilla del acompañante con una piedra, logra quitar el freno de mano y cae cuesta abajo hasta chocar con un árbol. Barbra prosigue su huida a pie, perseguida de cerca por el agresor, hasta llegar a una casa abandonada en mitad del campo, a la que logra entrar, encerrándose en ella. Cuando procede a inspeccionarla descubre que el teléfono no funciona, y por una ventana observa al revivido rondando en el exterior. Con la caída de la noche se produce la llegada de otros dos seres que se unen al asedio del primero. El hallazgo de un cadáver en el piso superior provoca la huída de la mujer en dirección a la calle, pero al abrir la puerta se topa con las luces de los faros de un vehículo, del que sale un hombre que la arrastra al interior, atrancando la puerta. Ben (así se llama el recién llegado) y Barbra buscan herramientas y madera para tapiar puertas y ventanas, y tras realizar dicha tarea, el hombre sale al exterior para acabar a golpes con los dos zombis que llegaron en último lugar (queda así patente la lentitud y la escasa fortaleza de éstos y la posibilidad de acabar con ellos si no son excesivamente numerosos y se posee alguna herramienta que permita un enfrentamiento directo, por no hablar de un arma de fuego, que daría la oportunidad de eliminarlos a distancia con un certero disparo en la cabeza), finiquitando a un tercero en el interior, a punto de sorprender a una Barbra sumida en un estado casi catatónico. El cuerpo de este último es sacado al porche, donde Ben le prende fuego, provocando una reacción de miedo en los zombis, cuyo número sigue ascendiendo y se acerca ya a la docena. De vuelta al interior, las novedades que emite la radio llegan con cuentagotas y son confusas, refiriéndose al hecho, ya producido a nivel general en el país, como una serie de asesinatos en masa cometidos por una horda de asesinos sin identificar que matan sin razón aparente y permanecen en un estado similar al trance, apareciendo algunas de las víctimas parcialmente devoradas.


   Los actores realizan una labor solvente, teniendo en cuenta que casi todos ellos son amateurs y contaban con nula experiencia ante las cámaras. De hecho, los únicos que tenían cierta formación dramática eran Jones, O´Dea y Wayne y, pese a ello, La noche de los muertos vivientes supuso el primer filme en el que intervenían. Incluso para algunos de ellos ésta fue su única intervención como intérpretes (en el caso de Wayne, por ejemplo). Pese a algunas sobreactuaciones que se pueden contar con los dedos de una mano (en especial por parte de O´Dea, en su empeño por recrear el peculiar estado en el que se halla su personaje), pocos peros se pueden poner a la labor general del reparto, que recrea de manera notable el continuo estado de tensión reinante y los interminables enfrentamientos que se producen a causa del mismo, personificados, sobre todo, en los personajes de Ben y Cooper (el momento en el que Harry amenaza con bajar al sótano y parapetarse en el mismo junto a su familia, ignorando lo que suceda en la superficie; Ben mostrándose inflexible con Cooper, al que insulta repetidas veces incluso cuando el segundo demuestra su debilidad solicitando comida y ayuda ante la imposibilidad de subir a su hija enferma al piso superior; el hallazgo de la televisión, que supondrá una nueva grieta en la relación entre ambos cuando Cooper le dice a Barbra que preste atención a lo que dicen, pues no piensa preocuparse de la vida de nadie -momento que resulta especialmente inquietante, pues en uno de los noticiarios se dirá por primera vez que los recién fallecidos regresan a la vida y cometen nuevos crímenes-; la charla entre Tom y Judy, que sirve para añadir cierta profundidad a los personajes, y en la que ésta última intenta convencer al chico para que no ponga en riesgo su vida, asegurando que le parece más razonable el plan de Cooper de permanecer en el sótano que el de Ben; el regreso del protagonista a la casa después de que se produzca la explosión que acaba con la vida de la joven pareja, teniendo que echar abajo la puerta atrancada por Harry, que expone una vez más su cobardía. Éste reacciona ayudando a asegurar la entrada, lo que no evitará que se lleve una brutal paliza una vez acabada la tarea; o el enfrentamiento definitivo entre ambos, que concluye con la muerte de Cooper de un disparo cuando intenta arrebatarle la escopeta a Ben aprovechando que éste trata de impedir la entrada de los muertos vivientes, que han derribado parte de los maderos que tapian una de las ventanas). Contar como curiosidad que uno de los periodistas que aparecen en el filme es Bill Cardille, padre de Lori Cardille, protagonista femenina de El día de los muertos.


   La ausencia de música (salvo en momentos muy puntuales, siendo en esas ocasiones una composición muy primaria y básica que sirve para recalcar los instantes terroríficos); el uso de un inquietante blanco y negro en vez del color que ya se utilizaba en todas las producciones de la época; la actuación de actores amateur (en realidad, amigos de Romero que nunca antes habían interpretado)  que, pese a todo, realizan un trabajo solvente; y la necesidad de adaptarse a un presupuesto casi nulo, que hizo que todo el equipo tuviera que participar en varias tareas (técnicos y productores, así como amigos y vecinos de los alrededores colaboraron como zombis en la película), ayudaron a dar a la película ese tono semidocumental que la hace única, realista, cruel y terrorífica, y que hizo que permaneciese en el imaginario colectivo como un filme mucho más sangriento de lo que es en realidad (todos estos recursos -excepto el uso del blanco y negro- se utilizarían posteriormente con el mismo objetivo -y lográndolo con creces- en la igualmente magistral La matanza de Texas, Tobe Hooper, 1974).


   En definitiva, uno de los puntales del cine de terror de todos los tiempos, que supuso el pistoletazo de salida de un subgénero que vivió una segunda juventud al principio del nuevo milenio (las tres primeras entregas de la saga ya han sido revisitadas, con mayor o menor fortuna, y en esta ocasión, a la oleada de películas sobre muertos vivientes se unieron comics, videojuegos o series de televisión), y que se puede considerar de visión obligada para todo  aquel aficionado que se considere como tal.

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(v.o.s.e.)

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