NOCHE DE LOS MUERTOS VIVIENTES 2, LA (Bob Clark) / 1973: Alan Ormsby, Valerie Mamches, Jeff Gillen, Anya Ormsby, Paul Cronin, Jane Daly, Roy Engleman, Robert Philip, Bruce Salomon, Alecs Baird, Seth Sklarey.


   El especialista en el género Bob Clark (Crimen en la noche, 1974; Navidades negras, 1975; Asesinato por decreto, 1979) intentó seguir la estela del éxito obtenido por La noche de los muertos vivientes, George A. Romero, 1969 (en nuestro país, ese ansia imitadora llegó a límites insospechados, eliminando el título original –Children shouldn´t play with dead things- e incluso su traducción natural –Los chicos no deben jugar con cosas muertas-, para intentar hacerla pasar por una secuela del filme de Romero) con una muy inferior (aunque en parte apreciable) y modesta producción en la que Alan, un director teatral (un absoluto imbécil prepotente que trata a sus compañeros como animales y al que da vida Ormsby, un habitual del director –escribió los libretos de Deranged, 1974; y Crimen en la noche, 1974-, que es también guionista y se encarga de los FX de maquillaje), y sus actores llegan a una isla con la intención de revivir mediante un rito vudú a un muerto del cementerio local (Y es que en 1973 aún no se había inventado el botellón). A pesar de que la tarea parece en un principio un fracaso absoluto, nada más lejos de la realidad, pues lo que consiguen es reanimar a todos los cadáveres del camposanto. Los jóvenes se verán obligados a encerrarse en la casa del enterrador, atrancando puertas y ventanas para defenderse de las oleadas de muertos que asedian el lugar (¿A alguien le suena?). Lo malo es que allí donde había personajes interesantes, desarrollados y humanos (sin duda, la principal característica en el film de Romero, pues tenían virtudes y defectos) tenemos a otros vacíos, unidimensionales y sin ningún tipo de personalidad, que bailan al son de un déspota (bajo la fútil amenaza de ser despedidos de su empleo) que les hace realizar actos injustificables (la escena de la boda causa vergüenza ajena –más por el silencio aprobador del grupo que por el hecho en sí-, al igual que la decisión de llevarse el cadáver a la casa para proseguir los juegos absurdos); y donde había una historia bien escrita, hay ahora una premisa absurda para justificar la vuelta a la vida de los fallecidos, que, además, se extiende durante casi una hora de película (de hecho, los primeros cincuenta minutos se limitan a mostrar a los personajes deambulando por el cementerio y manteniendo diálogos absurdos). El caso es que lo realmente interesante no sucede hasta la última media hora, comenzando con una turbadora y bella escena en la que vemos a los cadáveres levantarse de sus tumbas en medio de una noche neblinosa. Posteriormente, el acoso será muy similar al de la película citada, pero como se comprime en el tiempo, se pierde gran parte de la tensión que se lograba en aquella, pues los personajes fallecen casi sin que nos demos cuenta, quedando para el final, además, el desagradable Alan, que, tras entregar a una de las chicas (Anya Ormsby, la primera esposa del actor en la vida real) para salvarse, caerá en las manos del muerto al que intentó reanimar en un principio, que se tomará cumplida venganza.


   Destaca la banda sonora de sintetizador de Carl Zittrer, que participó en todas y cada una de las películas de Clark, y que contribuye a crear un clima de desasosiego considerable, además de la aparición de otro colaborador del director, Jeff Gillen, que aquí hace el papel de Jeff, pero que también codirigió la ya mencionada Deranged.


(4,5/3)

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