NIEBLA, LA (Frank Darabont) / 2007: Thomas Jane, Marcia Gay Harden, Laurie Holden, Andre Braugher, Toby Jones, William Sadler, Jeffrey DeMunn, Frances Sternhagen, Nathan Gamble, Alexa Davalos, Chris Owen, Sam Witwer, Robert C. Treveiler, David Jensen, Melissa Suzanne McBride, Andy Stahl, Kelly Lintz.


   Tras una enorme tormenta que arrasa parte de su vivienda a las afueras de un pequeño pueblo de Maine, David Drayton (Jane, que repite en una adaptación de King tras su aparición en El cazador de sueños, Lawrence Kasdan, 2003), un dibujante de pósters de películas (su estudio es una réplica del que posee Drew Struzan, uno de los artistas más conocidos a nivel mundial en ese terreno, famoso por crear los carteles de sagas como La guerra de las galaxias, Regreso al futuro, Indiana Jones o Harry Potter. De hecho, en una pared del despacho vemos una réplica de los que realizase para La cosa, John Carpenter, 1982; El laberinto del fauno, Guillermo del Toro. 2006, y de uno basado en La torre oscura, el conocido libro de Stephen King), se dirige con su hijo Billy (Gamble -visto en Miedos 3D, Joe Dante, 2009- haciendo un papel redondo, pues logra ser emotivo y no repelente) y con Brent Norton (Braugher), su vecino, al almacén del pueblo a por provisiones, dejando a Steff (Lintz), su esposa, en casa. En cuanto entran al local, una extraña y densa niebla oculta el exterior. La llegada de un anciano gritando que algo en la bruma lo ha atacado no hace más que aumentar la tensión entre clientes y empleados. Pese a la amenaza externa, el paso del tiempo descubrirá que los monstruos en que nos transformamos los seres humanos bajo ciertas circunstancias son mucho más peligrosos que los que acechan y se ocultan en la niebla.


   Darabont (guionista de películas como Pesadilla en Elm Street 3: Guerreros de los sueños, Chuck Russell, 1987; El terror no tiene forma, ídem, 1988; o La mosca II, Chris Walas, 1989, y de varios capítulos de The walking dead, de la que también dirigió su piloto) se enfrenta de nuevo a una novela de Stephen King, acercándose por primera vez al género más cultivado por el escritor de Maine (antes había dirigido la sobresaliente Cadena perpetua, 1994, y la muy deprimente La milla verde, 1999), y la verdad que, durante la primera hora y media de metraje logra un producto notable, en el que se dan cita multitud de alusiones al terror de los ochenta (Carpenter es un claro referente, obvio con respecto a su película de título homónimo en nuestro país -me refiero a La niebla, 1980, con ese pueblo invadido por una extraña bruma, de tintes en este caso sobrenaturales-, pero también reconocible en otros filmes como La cosa, 1982 -esa escena en la que un enorme arácnido es abrasado y huye envuelto en llamas-, o Asalto a la comisaría del distrito 13, 1976 -el grupo de gente dispar que se ven obligados a cooperar para hacer frente a una amenaza exterior que los deja aislados-, vertiente ésta última que también comparte con La noche de los muertos vivientes, George A. Romero, 1968, en la que, además, también se producen enormes diferencias entre los habitantes de la casa); algún momento inquietante y poderoso (ese plano desde el interior de la tienda, en el que observamos como la niebla penetra en el parking, cubriendo coches y edificios; la secuencia en la que la cámara avanza, en plano subjetivo, entre los vehículos cubiertos por la bruma, como si se tratase de una de las criaturas; el descubrimiento de los dos soldados ahorcados en la trastienda, que indica que están relacionados con lo que sucede…); una serie de personajes sólidos y heterogéneos, con tres grupos bien diferenciados: El que lidera el abogado Brent Norton, que pronto sacará a relucir sus diferencias con David, al que detesta por una denuncia interpuesta por éste en el pasado, y al que se empeña en desacreditar constantemente, optando finalmente por la huída junto a sus seguidores (nunca sabremos si logran salvarse). Aquel otro en el que el cabecilla es el propio David, y en el que se encuentran, digamos, las personas más razonables y cabales (aparte de su hijo tenemos entre otros, a Amanda -Holden, la Marita Covarrubias de Expediente X, vista también en Silent Hill, Cristophe Gans, 2006, y en la ya citada The walking dead-, una cliente de la tienda; Ollie -Jones-, uno de los empleados, experto en el manejo de las armas; Irene -Sternhagen, que ya participase en otra adaptación de King, la brillante Misery, Rob Reiner, 1990-, una anciana que realizaba sus compras en el momento del incidente; y Dan -De Munn, habitual de la filmografía de Darabont, que también cuenta con papel fijo en The walking dead-, el hombre que alertase de la existencia de extraños seres entre la bruma). Finalmente está aquel que guía o lidera la señora Carmody (una Gay Harden en estado de gracia, componiendo uno de los personajes más odiosos, mezquinos, rencorosos, retorcidos, egoístas, manipuladores, contradictorios y perversos de todo el cine de género habido y por haber), una beata radical con una capacidad de persuasión extrema (la conversión del personaje que interpreta Sadler, que pasa de ser un escéptico a transformarse en uno de los más radicales seguidores de la mujer, apoyando el sacrificio de uno de sus compañeros para calmar a las bestias), capaz de atraer cada vez más fieles a su disparatada causa aprovechando el miedo y la desconfianza que se apodera de la gente que permanece en el local; varios set pieces plenos de angustia e incertidumbre, en los que el grupo se ve mermado considerablemente (el ataque -bastante gore- en la trastienda, en el que Norm -Owen, el Sherminator de American pie, Paul & Chris Weitz, 1999-, el chico de las bolsas, es arrastrado por unos tentáculos gigantes -la primera de las muchas referencias a Lovecraft- ante la aterrorizada mirada de David y Ollie, que no pueden hacer nada por evitar lo sucedido; el segundo asalto, con los enormes insectos que se posan en los cristales, atraídos por la luz de la tienda, y que son atacados por unos gigantescos pájaros que los devoran, provocando la rotura de las lunas y la entrada de ambas especies al interior. Una de las criaturas pica en el cuello a una de las empleadas, que muere poco después con la cara desfigurada grotescamente a causa de la herida. Mientras, una de las aves muerde salvajemente a un hombre en el cuello y luego es quemada y apaleada por David, y otra se lanza hacia Billy, que es apartado en última instancia por su padre, permitiendo que Ollie la elimine de un disparo; o la incursión en la farmacia cercana a la tienda, con el objetivo de recoger medicamentos para un quemado, y en el que el grupo se topa envuelto en una tela de araña a un militar que sirve de nido para miles de crías, las cuales saldrán disparadas cuando el cuerpo caiga al suelo, estallando en pedazos. De inmediato serán atacados por gigantescas arañas, que disparan un hilo corrosivo y que acaban con la vida de dos de los incursores…); y una historia que saca provecho de manera harto eficaz a la novela de King, creando una tensión palpable que parte de la nada y que, a base de ciertos detalles que vamos observando y que en un principio parecen irrelevantes (esa bruma que observan David y Steff desde su casa, que comienza a bajar desde las montañas hasta el lago anexo; el momento en el que el protagonista, su hijo y Brent se cruzan con un convoy militar que circula en dirección contraria a toda velocidad; el fugaz paso de un coche policial y un camión de bomberos frente a la tienda, con las sirenas activadas…), sumerge a todos los personajes en una espiral de locura y violencia desenfrenada, haciendo que el horror y el miedo, mezclados con la ignorancia, el fanatismo y la desconfianza en aquellos que hasta hace unas horas eran tus vecinos (la frase del pequeño Billy “No dejes que los monstruos me cojan”, cargada de ambigüedad, puede estar perfectamente referida a los individuos ya carentes de humanidad que duermen junto a ellos, y no a los seres que velan en el exterior), provoquen determinadas reacciones tan execrables como habituales en el ser humano (la incómoda discusión entre David y Brent, cuando éste se niega a ir a ver los restos del ser que acaba de llevarse a Norm, pensando que se burlan de él, agarrándolo aquel para llevarlo hasta allí y provocando una reacción desproporcionada en la que el abogado amenaza con denunciar a su vecino, asegurando que cuenta con multitud de testigos de la supuesta agresión; la conversación en el baño entre Amanda y Carmody, en la que la primera le ofrece a la segunda su amistad y le dice que el miedo es algo normal. La respuesta, rebuscada para causar daño, no podría ser más desagradable: “Cuando quiera una amiga como usted, la cagaré”; el sermón de la predicadora, que se torna más agresivo según pasan las horas de encierro -“Dios exige un sacrificio de sangre”-, y que provoca la reacción de Amanda, que la abofetea. Su respuesta deja de nuevo patente su falta de compasión y su hipocresía: “Acabará arrodillándose ante mi”; la nueva disputa entre Brent y David, cuando el primero opta por huir con su grupo a través de la niebla y el segundo intenta convencerle de que no lo haga, mientras que Carmody predice la muerte, con gesto de satisfacción, de uno de los hombres; el sacrificio de Jessup -Witwer, que fue visto en la primera temporada de la nueva Galactica: Estrella de combate, en el papel de Crashdown-, que es juzgado como culpable y sacrificado por Carmody y sus acólitos, transformados ya en un simple rebaño que sigue sin pestañear los designios de la demente. Atención a los delirantes argumentos que utiliza la mujer y las conclusiones a las que llega, aplaudidas y coreadas sin pestañear por la turba -esa masa descerebrada y desquiciada que parece sacada de El señor de las moscas, la obra de William Golding, o de La lotería, el relato de Shirley Jackson-, hasta que el hombre es zarandeado y acuchillado varias veces, para ser arrojado aún con vida al exterior, donde es arrastrado por una criatura que es igual que… Henry Waternoose, el jefazo de Monstruos S.A., Pete Docter, David Silverman & Lee Unkrich, 2001, en un homenaje confeso a la película de Pixar -resulta harto inquietante ese plano que cierra la escena, en el que la cámara sigue la mirada de los fanáticos, que giran la cabeza como una manada de zombis descerebrados hacia su líder, mientras ésta exclama “Hoy está satisfecho. Mañana ya se verá”-; o la huída del grupo protagonista, que cuenta con la oposición de Carmody, apostada junto a la puerta en una hamaca con un cuchillo en la mano, y que exige a Billy como sacrificio, mientras sus adeptos rodean al padre del pequeño y los demás, que se defienden con lo que tienen a mano. La situación, de una angustia que casi se puede palpar, caldeada por las palabras de la mujer -“Se burlan de nosotros. Nos mean encima y se ríen”-, se destensa súbitamente cuando una bala rompe la botella de leche que Carmody sostiene ante su abdomen, cayendo ésta malherida, de rodillas. El siguiente plano nos muestra a Ollie, con el revólver aún humeante, apuntando a la predicadora, a la que descerraja un disparo que le vuela la cabeza).


   Toda esta marabunta de parabienes se viene abajo, al menos en parte y siempre según mi opinión (hay gente a la que el final le encanta, entre ellos al autor de la novela), en los últimos diez minutos de metraje. En ellos Darabont pierde toda coherencia anterior en su empeño por epatar al espectador, al que propina un golpe (bajo y traicionero) en forma de conclusión que pretende ser rompedora, impactante, abrumadora y desconcertante, pero que resulta moralista, cínica, tramposa e incluso pretenciosa, porque acaba dándole la razón a Carmody y a su frase “Alguien tiene que pagar la factura”, siendo ese alguien, cómo no, el personaje más ético y correcto de todo el relato. Conste que no aborrezco los finales pesimistas (tanto el de La cosa como el de La invasión de los ultracuerpos, Philip Kaufman, 1978, me parecen dos de los mejores desenlaces de la historia del cine), pero Darabont riza el rizo: No es que elimine a sus protagonistas, no. Es que hace que sean finiquitados por David, que dispara a Amanda, Dan, Irene y su propio hijo en el interior del coche en el que han huido del almacén; que solo disponga de cuatro balas, con lo que no se puede suicidar; que en el camino que recorren hasta llegar al lugar donde se quedan sin gasolina pasen por la casa del protagonista, que observa el cadáver de su esposa envuelto en una telaraña; que al salir del coche, dos minutos después de cometer el crimen más aborrecible que puede realizar un ser humano (el de su propio hijo), la niebla comience a disiparse, apareciendo el ejército con sus tanques y sus carros blindados arrasando a todo bicho viviente; y, finalmente, que la mujer que se fue de la tienda a buscar a sus hijos, y a la que nadie prestó ayuda, pase en un camión de refugiados con sus retoños, mientras le lanza a David una mirada de suficiencia. Y es ese final, harto incongruente, el que plantea diversas preguntas: ¿Por qué David mata a su hijo y al resto después de todo lo que han pasado, sin aguantar tanto tiempo como sea posible en el coche, perdiendo la paciencia y el sentido común? ¿Por qué no buscan otro medio de transporte? ¿Por qué pasan de estar en una carretera repleta de vehículos abandonados a aparecer en una pista de tierra en cuestión de segundos? ¿No hay gasolineras en esas carreteras, o es que el combustible del automóvil en el que viajan se acaba de golpe? ¿Cómo matan los soldados al descomunal monstruo -Lovecraft de nuevo- con el que se cruza el coche de los protagonistas, si mide más de cien metros de altura? Demasiadas preguntas sin respuesta para un final excesivamente cruel y rebuscado.


(6,5/6)

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