MUÑECO DIABÓLICO 2 (John Lafia) / 1990: Alex Vincent, Jenny Agutter, Gerrit Graham, Christine Elise, Brad Dourif, Grace Zabriskie, Peter Haskell, Beth Grant, Greg Germann, Raymond Singer.


   Lafia, co-guionista de la primera entrega, se encargó de la dirección de esta muy estimable secuela, en la que repite en el rol principal el pequeño Vincent (que vuelve a realizar una notable actuación, resultando emotivo en determinados momentos –las escenas que comparte con Kyle, la única que parece comprender la situación del pequeño-, o vulnerable en otros –cuando asume su vuelta al albergue juvenil tras la muerte de sus padres adoptivos a manos de Chucky-; pero siempre dispuesto a acabar con la amenaza que sobre él se cierne –el final en el almacén de los Good Guys-), que vuelve a interpretar el papel de Andy, el niño sempiternamente acosado por el espíritu de Charles Lee Ray.


 En esta ocasión, nos encontramos a nuestro joven protagonista en un orfanato, al que ha sido enviado tras lo sucedido en la primera parte. Así descubrimos que Karen (que fue interpretada por Katherine Hicks), su madre, fue recluida en un sanatorio mental después de que el agente Norris (al que dio vida Chris Sarandon) negara lo sucedido. Chucky (nuevamente con la voz de Douriff en versión original) vuelve a la vida después de que la empresa Good Guy recupere y recomponga sus restos en una lograda secuencia que tiene lugar durante los títulos de crédito. El juguete logrará dar con el paradero del pequeño (dejando tras de sí varios cadáveres: Uno de los operarios de la fábrica fallece electrocutado durante el proceso de fabricación del muñeco; mientras que Mattson –interpretado por Germann, Richard Fish en Ally McBeal-, el encargado de eliminar las pruebas que pueden incriminar a Good Guy en lo sucedido en la primera parte, será estrangulado en su vehículo después de que Chucky lo utilice para llegar hasta el hogar de Andy) después de que éste haya conseguido una familia de acogida, eliminando a sus padres adoptivos y encontrándose con la inesperada oposición de Kyle (Agutter y Graham interpretan a los padrastros, mientras que Elise es su hijastra, también adoptada), que intentará librar al pequeño de su amenaza.


   Lafia logra recrear la atmósfera opresiva y de terror que consiguiera Holland en el original, gracias a su hábil manejo de la cámara a la hora de recrear momentos de tensión (el sobresaliente plano en el que observamos a Andy tras el cristal del coche que conduce su padre adoptivo y en el que se refleja el rostro de su Némesis, dibujado en el lateral de un camión que está a punto de colisionar con el vehículo; la persecución por los enmarañados pasillos de la fábrica, formados por innumerables hileras de cajas de muñecos Good guy, que remite directamente al laberinto de El resplandor, Stanley Kubrick, 1980) o, directamente, de horror (la soberbia escena en la que Kyle descubre que su hermanastro decía la verdad: La chica, después de la muerte de su padrastro y de que Andy sea devuelto al albergue, arroja el muñeco al cubo de la basura que hay a la entrada de la casa y se va al columpio del jardín, bajo el que está enterrado el Good Guy que había en el hogar –Chucky se había deshecho de él para ocupar su puesto-. La cámara se acerca en un suave movimiento hasta los pies de la muchacha, que rozan el suelo con cada balanceo, dejando al descubierto el juguete. Kyle lo desentierra y se dirige lentamente hacia el cubo de la basura –situándose la cámara detrás de ella, acentuando así la tensión-, en el que sabemos que se encontraba el auténtico Chucky, que ya ha desaparecido. La chica entra en la casa y sube al piso superior para descubrir que éste también ha acabado con la vida de su madre adoptiva), apoyado en la magnífica partitura de Graeme Revell (superior incluso a la que creó Joe Renzetti para la primera película), que acompaña sutilmente la acción; en la bella fotografía de Stefan Czapsky (por desgracia, poco prolífico en su labor, realizando excelentes trabajos en Eduardo Manostijeras, Tim Burton, 1990; Batman vuelve, ídem, 1992; y Ed Wood, ídem, 1994), muy similar a la de Bill Butler en la original, volviendo a dotar de claroscuros los normalmente alegres tonos pastel, dándoles un matiz tétrico; y en el elegante y hermoso diseño de producción de Ivo Cristante (atención a toda la parte final en la colorista fábrica de juguetes, todo un prodigio de imaginación en cuanto a la recreación de ingenios, mecanismos y artefactos utilizados en la elaboración de los muñecos). Lástima de algún defecto de guión (nunca queda demasiado claro porque se recompone a Chucky una vez recuperados sus restos en vez de, simplemente, eliminarlo, al igual que no existe explicación a porqué Andy aparece atado de pies y manos en su cama y todos creen que ha sido él mismo, pese a que sea imposible tal cosa), que por otro lado también presenta buenas frases (“Parece que no hayas visto un cadáver en tu vida”, le espeta Chucky a un cariacontecido Andy después de la muerte de su padre adoptivo).


   Gracias a todo lo anterior, y pese a sus pequeños defectos, se trata de una secuela perfectamente disfrutable y sumamente entretenida.


(7/5)

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