HOUSE OF THE DEAD (Uwe Boll) / 2003: Jonathan Cherry, Jurgen Prochnow, Tyron Leitso, Clint Howard, Ona Grauer, Ellie Cornell, Will Sanderson, Enuka Okuma, Kira Clavell, Sonya Salomaa, Michael Eklund, David Palffy.

 

   Una caterva de zopencos descerebrados se dirigen a una rave que se celebra en un lugar conocido como la Isla de la muerte. Evidentemente, semejante nombre no podía traer nada bueno, y la ínsula está poblada por un montón de zombis saltarines (pues colocan trampolines a la vista del espectador para realizar brincos absurdos que no sirven para nada) hambrientos de carne humana (menos mal que no solo comen cerebros, porque con semejantes invitados iban a pasar mucha hambre) que obedecen las órdenes de un monje español asesino (toma ya) llamado Castillo (Palffy), que siglos atrás llegó a la isla para finalizar sus experimentos en busca de la inmortalidad.

 

   Hubo un tiempo en el que un artesano como Ed Wood Jr. cargó injustamente con la etiqueta de “Peor director de la historia del cine”. Si bien películas como La novia del monstruo, 1955; Plan 9 del espacio exterior, 1959;  o Night of the ghouls, 1959, son muy malas (la segunda es considerada la peor película de todos los tiempos), siempre pensé que ese estigma era completamente injusto. Un amante del cine de terror de todas las épocas, estilos y nacionalidades como el que esto escribe, que lleva viendo películas de género desde hace más de dos décadas, está acostumbrado a encontrarse todo tipo de desechos fílmicos tanto en los estantes de los videoclubs, como en las salas o en desafortunadas compras hechas con escasa sensatez en centros comerciales o tiendas especializadas. ¿Cuántas veces nos hemos dejado llevar por el afán consumista ante una carátula bonita? En decenas de ocasiones hemos caído en la misma trampa, llegando a casa y encontrándonos algún subproducto indigesto de visionado imposible, dirigido por gente como Andrea Bianchi, Ted V. Michaels, Fred Olen Ray, William Girdler, u Olaf Ittenbach, todos ellos autores de atroces filmografías formadas por películas infectas que no superan a la de Ed Wood e incluso se quedan por debajo de ésta.

 

   Pero tuvo que llegar un director alemán, fanático de los videojuegos y de las adaptaciones de éstos a la gran pantalla, para, con su primera película estrenada a nivel mundial, poner en tela de juicio el primer puesto del ranking otorgado al autor de Plan 9 del espacio exterior. Las pésimas trazas mostradas en cada segundo de metraje de House of the dead (no sé si será la peor película de la historia, pero sí la más horrible que me he echado a la cara en una sala de exhibición) se vieron refrendadas por otro golpe bajo y traicionero a un clásico de los ordenadores y consolas domésticas como es Alone in the dark en la adaptación homónima realizada en 2005. Luego llegarían Bloodrayne, 2005 (que ya va por la tercera entrega); En el nombre del rey, 2007 (y sus dos secuelas), o Far cry, 2008, aparte de otras muchas infamias que no tienen nada que ver con el mundo de los videojuegos. Resulta evidente, en cuanto se ven cinco minutos de cualquiera de las películas citadas, que Boll no tiene ni repajolera idea de mover una cámara, y que únicamente hace esa tarea porque tiene el suficiente dinero como para permitirse producir sus propios desvaríos fílmicos. Además, el realizador alemán cuenta con muchísimos más medios que Wood y el resto de los directores citados en el párrafo anterior, por lo que la zafiedad de sus obras solo es achacable a su nula pericia. Si a ello añadimos un ego de considerable tamaño (Boll califica como “auténtico tour de force” el tiroteo que se desarrolla al final de House of the dead, uno de los peores jamás rodados a lo largo de la historia del cine) y un carácter difícil, incapaz de aguantar las malas críticas hacia su obra, la adjudicación del título de “Peor director”, al menos en cuanto a cine comercial se refiere, le corresponde sin paliativos.

 

   Resulta imposible tomarse en serio una película en la que pseudo-actores totalmente desconocidos (cuesta creer que Prochnow se dejase embaucar para aparecer en semejante embolado. La otra actriz que resulta mínimamente conocida, al menos para los fans del género, es Cornell, que realizó el papel de Rachel en Halloween 4: El regreso de Michael Myers, Dwight H. Little, 1988, y Halloween 5: La venganza de Michael Myers, Dominique Othenin-Girard, 1989) y de nula capacidad dramática (atención a las supuestas -y efímeras- reacciones de emotividad de los supervivientes cuando se produce la muerte de un amigo/a, novio/a, ex-pareja con derecho a roce, marinero traficante de armas o mascota) recitan diálogos imposibles y sonrojantes, que en ocasiones pretenden hacer gracia (y lo que provocan es vergüenza ajena) y en otras intentan ser trascendentales y profundos (resultando vacuos e inanes).

 

   La frase con que se abre la película (“Vinimos a una fiesta y ahora solo queda el olor a podrido de la muerte”), recitada de manera solemne por Rudy (Cherry, conocido por morir seccionado por una alambrada voladora en Destino final 2, David R. Ellis, 2003), a la postre único superviviente de la masacre en la isla junto a Alicia (Grauer), su ex-novia, ya indica claramente por donde van a ir los tiros. Poco después, el joven nos obsequiará con otra perla carente de sentido sobre la chica: “Rompimos. Yo quiero estudiar y ella practicar esgrima” (jugar al tute, hacer punto de cruz, saltar en paracaídas, completar sudokus o volar en globo son otras de esas actividades que impiden que tu pareja se centre en su formación académica). Sin solución de continuidad, Salish (Howard), el ayudante del Capitan Kirk (sí, Boll se permite homenajes y bromas con Star Trek y el personaje de Prochnow. Tiburón, Steven Spielberg, 1975, o la saga de El señor de los anillos también serán mancilladas sin ningún tipo de recato), se adentra en la sala de mandos del barco y se topa con Cynthia (Salomaa), sin ropa de cintura para arriba (alguien con ganas de echar por tierra el trabajo de Uwe podría decir que el desnudo es gratuito. Nada más lejos de la realidad: Recordemos que, poco antes, la joven y su novio se encuentran en cubierta, y él, completamente mareado, le vomita encima cuando tiene miles de lugares hacia los que proyectar sus fluidos corporales), entregándole un crucifijo. Cynthia, extrañada, le pregunta: “¿Para qué es?”, y su interlocutor responde: “Para protegerte”. El supuesto momento humorístico llega con la réplica de la muchacha: “Pero si ya tomo la píldora”. Ante la insistencia del marinero (una extraña mezcla de El capitán Pescanova y Ben Willis pasados de speed), llega el segundo toque de ingenio: “Lo que tú digas, Gandalf”. El festival del humor continúa cuando, tras cruzar un río burbujeante (debido a los zombis que viven en el fondo, al estilo Bob Esponja), uno de los personajes dice: “Es como si alguien se tirara pedos”. Poco después el propio Salish y Kirk dejan clara constancia de sus conocimientos climáticos, adquiridos con la experiencia que otorgan los años en alta mar, cuando el primero exclama: “Capitán, se acerca una tormenta”, y el segundo, tras succionar su dedo índice, lo alza y responde con suficiencia: “Puede ser”.

 

   El humor alemán más puro regresa cuando Karma (Okuma), Simon (Leitso) y Alicia se topan con un viejo templo en mitad de un cementerio. El chico pretende entrar en la edificación, pero la joven de color lo impide con un argumento irrefutable (“¿Tú no veías Scooby Doo?”), teniendo la osadía de citar a Romero a continuación. El propio Simon soltará otra perla gloriosa cuando, tras observar la grabación del ataque de los zombis a la fiesta, exclama: “Vayámonos de aquí y que investigue la policía mientras vendemos la historia a la prensa”. Ya casi al final, Alicia se acerca a una estantería en la iglesia en la que se encuentra parapetada junto al resto de supervivientes y recoge un volumen. Tras observarlo (sin abrirlo) y ponerlo sobre una mesa, reflexiona: “Mirad este libro. Parece bastante viejo. Quizá nos ayude” (sí, es lo que sucede con los libros viejos, que explican como aniquilar a miles de zombis sin munición). Otra frase inolvidable tiene lugar cuando uno de los supervivientes le pregunta al malvado cura: “¿Para qué quieres ser inmortal?”, y éste responde: “Para ser eterno”. Finalmente, un grupo de agentes del FBI (o algo parecido) llegan a la isla para efectuar el rescate de los supervivientes. Uno de los superiores ordena a sus hombres armados: “Comuniquen contacto con homo sapiens reanimados” (Boll debía pensar que utilizar el término “homo sapiens” en lugar de “humanos” debía de quedar muy culto y refinado).

 

   Si la cantidad de diálogos ridículos es innumerable, lo mismo sucede con la sucesión de momentos que bordean o superan el esperpento. La visualización de la rave, a la que supuestamente asisten cientos de personas, es de lo más pobre: Un minúsculo escenario adornado con un cartel de Sega (¿?), y sobre él, un disc-jockey pinchando tecno poligonero, una oriental que hace cabriolas, ataviada con un mono de lo más discreto que luce la bandera de los USA, y una chica enseñando los pechos (¿¿??). La pista de baile no mejora mucho el “grandioso espectáculo” prometido, pues vemos a una veintena de gorreros, “bakalas” y canis deambulando desacompasadamente y sin rumbo fijo por los alrededores. Un chico y una chica que se acaban de conocer (ella es Erica Durance, la Lois Lane de Smallville) se alejan del “tumulto” y llegan a la costa. Mientras él se tumba en la arena, ella se mete en el agua, y algo parece acecharla desde las profundidades (hete aquí el supuesto homenaje a Tiburón). Cuando sale, el joven ha desaparecido, así que ella se pone a buscarlo y llega al templo mencionado anteriormente, siendo atacada en su interior por unos zombis con bombillas rojas en los ojos (por cierto, son dignos de mención los insertos que se hacen del videojuego cuando sucede algo supuestamente aterrador, una bizarrada grotesca que se repite a lo largo y ancho del metraje). Poco después, los chicos llegan a la isla y se encuentran con un panorama desolador, pues el lugar donde se celebra la fiesta está completamente vacío y destrozado (aunque si el ataque ha sido tan brutal, resulta extraño que no se encuentren restos humanos ni sangre). Cynthia, pese a lo extraño de la situación, dice: “¡Qué bien! La fiesta será para nosotros solos”.  La joven es la siguiente en morir, en un ataque que se produce en una tienda de campaña y en el que solo oímos gruñidos y vemos las sombras de los zombis proyectadas en las paredes.

 

   Entre tanto, el grupo formado por Simon, Karma y Alicia llega al cementerio, encontrándose con los supervivientes de la fiesta en el templo allí situado. Cuando éstos les enseñan la grabación del ataque, en la que se ve claramente a cuatro o cinco zombis irrumpiendo en la rave y agrediendo a los asistentes, Alicia exclama: “Era una performance. Parte de la fiesta”, mientras oímos chirriar sus dos neuronas. Este grupo regresa con sus amigos, momento en el que una transformada Cynthia sale de la nada y retuerce el cuello a uno de los recién llegados. En esas aparece Casper (sigh), la agente de la ley que persigue a Kirk (recordemos que el capitán es un traficante de tabaco y de armas), y dispara a la zombi, que sale propulsada hacia atrás tal y como si le hubiesen descargado un bazooka a bocajarro. Cuando la policía pregunta: “¿Qué demonios era eso?”, Karma pone pucheros y dice: “Nuestra mejor amiga” (de todas formas, la mejor reacción es la de Greg -un habitual de la filmografía de Boll-, el novio de Cynthia, al que parece que se le acaba de morir un Furby), y Casper, con cara de póker, replica: “Pues ya no lo es”. Los muertos vivientes también atacan el barco de Kirk, que reacciona ante la aparición de éstos como si hubiese estado viendo revividos toda la vida, disparándoles sin inmutarse mientras se fuma su puro. El espectro de las especies zombi se amplía con los nadadores, que se desplazan tanto en la superficie como por las profundidades del líquido elemento (por cierto, a alguno de ellos se les moja el maquillaje, y claro, pasa lo que pasa), y con los que escupen ácido, tal y como si fueran un xenomorfo o un dilofosaurio. Kirk huye de su navío para encontrarse con los supervivientes en tierra firme, a los que cuenta la historia del sacerdote Castillo, según la cual él solito aniquiló a la tripulación de la nave que lo llevaba al exilio, pese a que se encontraba encadenado y preso en las bodegas. El siguiente en morir será Greg, emboscado por un grupo de zombis que se aprovechan de sus habilidades saltarinas para rodearlo. La cámara gira alrededor de la imagen del chico, mientras la pantalla se tiñe de rojo (solo falta el cartel de “Game over” para completar el desvarío).

 

   Tras el tiroteo (que merece capítulo aparte), en el que se producen múltiples bajas, los supervivientes se acantonan en la iglesia. Da igual que tus amigos o pareja mueran, que tengas a un contagiado en la habitación de al lado, o que estés abandonado en una isla desierta y rodeado por miles de zombis. El amor siempre se abre camino, y así, Karma se lía con Simon y Alicia con Rudy. La huída final, tras el ridículo sacrificio de uno de los chicos, tiene lugar por los túneles que conectan el templo con el exterior. Aquí conocemos a la última especie de zombis de la isla, los mineros, que salen de las paredes de la galería con cascos, picos y palas y que están cubiertos de musgo y verdín (¿?), y asistimos a otra muerte sumamente ridícula, la de Karma, que se deja asesinar sin motivo aparente. Entonces vemos a Greg disfrazado de caballero saliendo de la nada, vistiendo una capa y portando una espada con la que aniquila a uno de los revividos, ayudando a sus amigos en la huída. El caso es que, llegados a una sala repleta de frascos y objetos antiguos, descubrimos que el caballero en cuestión no es el amigo resucitado, sino Castillo, que en una argucia sin precedentes captura a la pareja superviviente para someterlos a sus experimentos. Haciendo gala de sus habilidades, los jóvenes consiguen escapar en una huída bastante confusa, provocando la explosión de la galería. Abrazos y más frases chorras, para ser sorprendidos por el sacerdote, que sale de la cueva como si nada (vale, él es inmortal, pero ¿Qué hay de su ropa? ¿Es ignífuga?). Tras una pelea a espada de lo más cochambrosa entre Alicia y Castillo (qué casualidad que la joven sea una experta luchadora de esgrima), en la que el bullet time vuelve a ser la estrella y en la que la chica es herida de gravedad, será Rudy quien consiga cortarle la cabeza a su enemigo. La testa cercenada es pisoteada por la ex-novia para acabar definitivamente con el malvado monje, en la única escena realmente gore de la película. Un plano de un helicóptero alejándose de la isla y otro de esos pensamientos trascendentales de Rudy (“Me siento culpable por lo ocurrido. Ha sido una pesadilla, tantos muertos, tantas víctimas. He perdido a buenos amigos, y ahora nos vamos a casa, Alicia y yo, o lo que ella sea ahora, o lo que he creado”), que dejan al espectador con cara de “¿Pero de qué habla este chico?”, ponen rúbrica al engendro.

 

   Y llegados a este punto, solo queda hablar del tiroteo por el que es conocido el filme. Nueve minutos de delirio absoluto que conforman uno de los momentos más psicotrónicos, delirantes, ridículos, involuntariamente simpáticos y cutres de la historia del cine. La escena previa en la que Kirk reparte las armas entre los muchachos ya tiene delito: el capitán abre un cajón de madera (de un metro de longitud aproximadamente), y del doble fondo del mismo empieza a sacar pistolas, escopetas, ametralladoras, subfusiles y rifles de asalto, además de munición casi infinita para todas ellas (probable aplicación directa del código Konami: “Arriba, abajo, arriba, abajo, izquierda, derecha, izquierda, derecha, B, A, Start”). El grupo, una vez equipado, dirige su paso hacia la ermita, mientras cientos de zombis comienzan a salir de todos los lugares posibles, rodeándoles (el porqué no les atacan a todos a la vez y acaban con ellos es un misterio). Los supervivientes avanzan a cámara lenta disparando por doquier a todo bicho viviente (o revivido) que se cruza en su camino mientras las cabezas de corcho rellenas de blandi blub comienzan a estallar cuando reciben el impacto de las balas (es curioso el comportamiento de los muertos vivientes, que se muestran ágiles y raudos cuando se mantienen lejos de sus víctimas, pero que se ralentizan y las ignoran cuanto más se acercan a ellas). Resulta difícil no indignarse o reírse (cada cual que elija su opción. Yo prefiero la segunda) ante tamaño despropósito, que aumenta exponencialmente cuando Boll decide mostrar a cada uno de sus héroes mediante el bullet time que creasen los hermanos Wachowski para Matrix, 1999, y sus secuelas, y que  tanto daño ha hecho al cine. Sí, el director no duda en darle a cada uno de sus héroes su momento de gloria mientras éstos descargan sus pistolas y escopetas y la cámara gira alrededor de ellos, mostrándolos en trepidante actividad (o no tanto, porque se encuentran completamente parados, tiesos, y lo único que mueven es el brazo que lleva el arma). No podemos olvidar que la acción se ve amenizada y ensalzada por la música (primero nu metal, luego tecno, ambos igual de chungos) y por los ya entrañables insertos del videojuego (en uno incluso leemos el cartel de “reload” cuando a una de las chicas se le acaban las balas).

 

   Veremos a un zombi caminando silenciosamente tras Liberty (la chica del mono patriótico), hacha en ristre, sin hacer absolutamente nada y con cara de “¿Le doy? ¿No le doy?”; luego contemplaremos a la misma chica esquivando otra arma de filo en tiempo bala; la cabeza de cartón piedra de un zombi asomará de un agujero en la tierra (como en el juego del aplasta topos, en el que un topo -o un conejito- salía de un hoyo para ser golpeado con un martillo), siendo tiroteada por Casper; otros dos revividos pasarán por detrás de Alicia, ignorándola y pareciendo hablar entre ellos mientras hacen aspavientos; nos preguntaremos porque la propia Alicia lanza una granada a un pozo sin motivo aparente, pues está vacío, provocando una enorme explosión; y ella misma protagonizará el mayor delirio de la secuencia, cuando un zombi asiático aparece corriendo, hacha en ristre, y realiza un salto mortal hacia lanzando el arma a la joven. La acción se ralentiza para ser mostrada en memorable bullet time, y la muchacha salta un metro y medio en vertical y sin coger carrerilla mientras dispara su escopeta. La bala sale a cámara lenta y se fracciona en balines más pequeños, que impactan en el enemigo, proyectándole hacia atrás tal y como si le hubiese impactado un cañonazo; Boll seguirá sacándole provecho a su recurso cinematográfico preferido mostrando los golpes de kung fu que Liberty le propina a uno de los zombis (“Liberty es asiática, luego sabe artes marciales”, debió ser el razonamiento lógico del director alemán) o en un combo que se marca Karma (ahora tiene dos pistolas, y ¡Oops!, un segundo después se han transformado en una escopeta), eliminando a tres enemigos de un solo disparo (solo falta la puntuación en la esquina superior izquierda de la pantalla); Rudy eliminará a varios zombis pacíficos que pasan a su lado sin ni siquiera mirarle, por la espalda y a traición; seremos testigos de cómo las balas se les terminan a todos los supervivientes a la vez, justo cuando llegan a la iglesia; y veremos caer a Casper de forma absurda cuanto intenta entrar por una de las ventanas de la fortificación, siendo sus piernas seccionadas a hachazos (atención a la sangre que supuestamente ha salido de los muñones, pintada en el suelo de madera). Por mucho que se escriba sobre el mismo, resulta imposible hacerle justicia al tiroteo, que merece ser visto para creérselo.

 

(1,5/3)

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