HANNIBAL (Ridley Scott) / 2001: Anthony Hopkins, Julianne Moore, Gary Oldman, Ray Liotta, Frankie Faison, Giancarlo Giannini, Francesca Neri, Zeljko Ivanek, Hazelle Goodman, David Andrews, Francis Guinan, Enrico Lo Verso.

 

   Hannibal Lecter, tras huir del FBI y cambiar de identidad, se oculta en Florencia. Mientras tanto, Mason Verger (un Oldman irreconocible bajo toneladas de maquillaje, en un papel rechazado inicialmente por Christopher Reeves), un multimillonario convertido en la única víctima que logró salir con vida del encuentro con el caníbal (eso sí, pagando un alto precio, pues su cara es un amasijo grotesco de carne deforme), traza un maquiavélico plan para encontrar al asesino, sirviéndose de la agente Clarice Starling (una Moore notable, que sustituye a Jodie Foster, quien solicitó una cantidad desproporcionada por trabajar en la secuela, además de un porcentaje de la recaudación en taquilla) y de sus influencias y contactos.

 

   Scott sustituyó al inicialmente previsto David Fincher para rodar la secuela de uno de los mayores éxitos del género de terror de los noventa, la (en mi opinión) sobrevalorada El silencio de los corderos, Jonathan Demme, 1991, que arrasara en la entrega de los Oscar con cinco galardones incluyendo los de Mejor película, director, actor (Hopkins) y actriz (Foster). Siguiendo de nuevo las líneas generales trazadas por la novela homónima de Thomas Harris (aunque desmarcándose en dos aspectos puntuales pero fundamentales del argumento como son la muerte de Mason Verger, que en el libro es asesinado por su hermana, quien le introduce una anguila viva por la boca, y la conclusión, que en la novela muestra a Clarice huyendo junto a Lecter y convirtiéndose en su amante), Scott realiza una obra más madura que su predecesora, pero también más sangrienta (hay un par de escenas realmente gore y que resultan difícilmente soportables para estómagos sensibles), oscura y que ofrece un pesimista tratado sobre el ser humano, mostrando un repertorio de personajes a cual más desagradable y turbio, que dejan al espectador escasos referentes a los que aferrarse. Da igual que sean víctimas (Verger, el multimillonario que sobrevivió a Lecter, tiene como único objetivo la venganza. Poco que reprochar si no fuese porque él mismo es un sádico, depravado y pederasta, que disfruta con el sufrimiento ajeno y que trata a sus semejantes como material de desecho), agentes de la ley (por un lado tenemos al arribista y ruin Paul Krendler -un Liotta capaz de hacer que odiemos a su personaje-, el superior de Clarice Starling, que no duda en torpedear la carrera de ésta para medrar y conseguir un jugoso botín usándola de cebo con el fin de atraer a Hannibal y acercárselo a Verger. Por otro, nos encontramos al Inspector Rinaldo Pazzi -Giannini, en la línea del resto de actores-, quien en un primer momento se muestra como una persona aparentemente íntegra, pero que en cuanto descubre la recompensa que un particular ofrece por la captura de Lecter -particular que, a la postre, resultará ser el propio Verger-, muestra su lado ambicioso y egoísta, poniendo en riesgo su vida y la de la gente que le rodea, siendo capaz de engañar al mismísimo FBI para hacerse con la misma), o simples ciudadanos de a pie (Barney -Faison-, uno de los enfermeros del hospital psiquiátrico en el que Lecter estuvo recluido, se dedica a traficar con algunos de los objetos del asesino, vendiéndole alguno de ellos al mismo Verger, mientras que Allegra -Neri-, la esposa del inspector, es frívola e interesada, y no duda en flirtear con Hannibal cuando se encuentra con él al finalizar la ópera a la que asiste con su marido), nadie se libra del severo retrato que el director británico realiza sobre la condición humana, ofreciendo un punto de vista sumamente desesperanzado y mostrando un mensaje tan claro como contundente y devastador: El individuo se mueve por sus propios intereses y actúa sin importarle cuanto tenga que hacer para llegar a conseguirlos.

 

   Pero Scott y Harris no se detienen ahí. El único soporte moralmente aceptable de todo el filme es Clarice Starling. De hecho, su integridad está fuera de toda duda, siendo la única de los agentes de la ley que vemos en pantalla que considera su trabajo como un servicio a la sociedad y no como un medio con el que enriquecerse o ascender a costa de los demás, alejándose de la corrupción imperante. Incluso Hannibal Lecter se convierte en esta entrega en una especie de protector que ejerce justicia a su modo, esto es, asesinando a aquellas personas que hacen el mal (siempre bajo su peculiar y particular prisma ético) y, más concretamente, a quienes intentan hacer daño a su amada Clarice, lo que provoca un contrapunto moral cuanto menos curioso, osado y sugestivo, pues el público acaba viéndolo como una especie de justiciero capaz de llegar a donde los corruptos brazos de la ley no pueden (ni quieren) hacerlo. Lástima que Scott no se atreva a ir tan lejos como el autor de la novela, pues el final del filme traiciona el espíritu de la obra original. Aquí no tendremos a Clarice huyendo junto al caníbal y convirtiéndose en su amante, abrazando así el “mal”, claudicando y corrompiendo su en apariencia inquebrantable honradez y honestidad, harta de aquellos a los que siempre consideró compañeros y que, en el fondo (o no tanto), no son mejores que Lecter.

 

   Pese a encontrarnos ante un filme de terror a todos los efectos, Scott no se limita a proponer una sucesión de escenas cargadas de tensión o angustia (que haberlas haylas, y perfectamente rodadas, aunque se hallan hábilmente diseminadas a lo largo del metraje), sino que se esfuerza por ofrecer una serie de secuencias en las que deja probada muestra de su pericia con la cámara y que sirven, además, para apuntalar la historia dándole cierto empaque, trazando, a su vez, pinceladas de la personalidad de los personajes que componen el universo creado por Harris. Valgan como ejemplo esa conversación inicial entre Barney y Verger, en la que el primero le cuenta al segundo los detalles de la estrecha relación existente entre Lecter y Starling, dándole la idea al multimillonario de utilizar a la agente del FBI como señuelo para atrapar al criminal y vendiéndole posteriormente una máscara de éste; la notable secuencia que sirve para presentar a Clarice en acción y que deja en evidencia su determinación y su grado de compromiso con el FBI y sus colegas (la operación consiste en una redada que debería culminar con la detención de Evelda Drumgo -Goodman-, peligrosa traficante de drogas, seropositiva para más señas, y que finaliza de forma trágica cuando un agente infiltrado por Paul Krendler para dar al traste con la maniobra es descubierto, tras ignorar una orden de Starling, por uno de los sicarios de la mujer, iniciándose un tiroteo en el que varios civiles y un agente resultarán heridos de muerte, éste último al ser atropellado por el coche en el que Evelda y varios de sus hombres huyen a toda velocidad. Es llamativa la crueldad de la narcotraficante, parapetada tras su hija, un bebé a la que porta en una mochila en el pecho a modo de escudo, no dudando en abrir fuego contra Clarice cuando ésta logra detener el vehículo y acabar con el resto de matones. La agente consigue liquidarla de un certero disparo, cogiendo a continuación a la pequeña y lavándola con una manguera para eliminar la sangre contaminada de su madre); la visita de una Starling defenestrada a Verger, obligada por sus superiores, en la que éste demuestra lo desagradable que es, no solo por su aspecto físico, sino también por su carácter taimado, sibilino y perverso (esa historia en la que cuenta sus relaciones “especiales” con ciertos niños en el pasado); el flashback que muestra el encuentro entre Verger y Lecter y que acaba con el primero destrozando su propia cara con un trozo de cristal (el hombre se arranca la piel a tiras mientras el doctor recoge los restos y se los da al perro de su anfitrión) a instancias de su invitado, después de que éste le suministre una droga que le provoca un estado de euforia y que elimina el dolor, constituyendo una escena totalmente repulsiva; el primer cara a cara entre el Inspector Pazzi y Lecter en Florencia, donde éste cambia de identidad y aspira a convertirse en conservador del museo de la ciudad, que viene motivado por la misteriosa desaparición del predecesor en el cargo del doctor; el subsiguiente proceso mediante el cual el mismo Pazzi ata cabos hasta descubrir que la persona que interrogó días antes es Hannibal Lecter. Así, aquel visualiza en su jefatura un vídeo solicitado por el FBI en el que se observa al asesino comprando en una perfumería. Cuando se decide a seguirlo, lo ve en una cafetería utilizando un pañuelo para coger su copa de vino, limpiando el borde de la misma después de beber. Al llegar a su casa ojea la lista de los diez delincuentes más buscados en la web de los federales, encontrándose con una foto de Lecter y su ficha y, rebuscando un poco más, da con una recompensa ofrecida por un particular que supera ampliamente la del FBI y que refiere una única condición para su cobro: la entrega de una huella completa del doctor; o la búsqueda de esa huella, con Pazzi coaccionando a un vulgar carterista para conseguirla. Su plan consiste en que el ratero se ponga una pulsera y salga al encuentro de Lecter, intentando robarle el billetero para que el doctor deje su impronta en el brazalete cuando intente impedir el hurto. El plan funciona a medias, pues en el choque entre ambos Hannibal secciona la femoral del ladrón, que ni siquiera advierte la maniobra. Cuando Pazzi llega hasta el joven, éste se tiende en el suelo y muestra una herida mortal de necesidad, con la sangre manando como si de un surtidor se tratase. El agente deja al chico agonizante y recoge la pulsera, lavándose las manos ensangrentadas en una fuente cercana (ésta, en forma de jabalí, refiere, por cierto, la muerte aún por llegar de otro de los personajes), en una imagen simbólica que ejemplifica que ya no hay vuelta atrás para él, ya que su integridad se ha visto mancillada con la sangre de un “inocente”, igual que pasó con su antepasado Francesco de Pazzi y con Judas Iscariote, traidores cuya historia es referida por Lecter, y no casualmente en ambas ocasiones al inspector, a lo largo del metraje.

 

   Pero si bien todo lo anterior sirve para darle solidez a la historia y a sus personajes, no es menos cierto que hay cuatro momentos que se quedan grabados en la mente debido a su sordidez y la repulsión que pueden causar incluso en los estómagos más curtidos. La automutilación de Verger ya ha sido mencionada con anterioridad, así que no volveré a incidir sobre ella. Luego le llega el turno a Rinaldo Pazzi. El inspector llega al museo en el que trabaja Lecter en el momento en que éste realiza una exposición mediante diapositivas sobre Judas, haciendo mención a su traición y a su muerte, y siendo ajusticiado mediante la horca, previa evisceración. El móvil del agente interrumpe la explicación, y el doctor le ruega que tome asiento. Al pasar a su lado coloca una mano sobre su hombro, haciendo coincidir la palabra final (“…colgado”) de la frase que está diciendo y que (supuestamente) se refiere a Iscariote con ese gesto. Cuando vuelve a alzarla, prosigue su diatriba (“La codicia. La horca. La autodestrucción. Hice de mi hogar mi propio patíbulo”), estableciendo ya de manera definitiva una clara analogía entre el hombre que vendió a Jesús por treinta monedas de plata y aquel que le traicionó a él, y asimilando el castigo que sufrió el primero con el que padecerá el segundo, fijando así el destino de Pazzi, que queda escrito de antemano. El inspector invita a Lecter a tomar una copa cuando éste acaba su conferencia, y el doctor aprovecha un momento de despiste para verter cloroformo en un pañuelo. Después, se acerca por la espalda del agente y le muestra una diapositiva en la que se ve a Francesco de Pazzi colgado y eviscerado cinco siglos atrás en el mismo escenario en el que se encuentran, el Palacio de la Señoría. Cuando se gira, Lecter le guiña un ojo y lo aturde con el cloroformo, y al despertar, Pazzi se encuentra atado a un elevador, con una soga al cuello en el balcón de la residencia. Su móvil vuelve a sonar, y esta vez es Lecter quien coge el aparato y descuelga, encontrándose a Clarice al otro lado de la línea, quien llama para advertir al agente del peligro que corre. Su interlocutor la saluda y la mujer, estupefacta al reconocer la voz de Hannibal, le ruega que no haga daño a su rehén. El caníbal cuelga y exclama: “Una vieja amiga”, abriendo el ventanal. “¿Qué prefiere, las tripas por dentro o por fuera?”, inquiere, y ante el silencio de Rinaldi, él mismo responde: “Está confuso, deje que yo decida por usted”. Sirviéndose de un estilete afilado, el doctor realiza una sección vertical en el torso de la víctima, empujándola al vacío. El cuerpo cae hasta que la cuerda hace tope, y vemos un plano del suelo, en el que se estrellan con estrépito las entrañas de Pazzi, al que ahora contemplamos balanceándose inerte ante los ojos atónitos de los turistas que pasean por la plaza.

 

   La muerte de Verger quizá no sea demasiado sangrienta si la comparamos con la del inspector o la de Krendler, pero sí que resulta especialmente desagradable. Después de que sus hombres capturen a Lecter y lo lleven a su mansión, el caníbal es encerrado en un corral en el que están a punto de ser liberados unos gigantescos jabalíes hambrientos. La llegada de Starling, que elimina a varios de los sicarios, provoca la liberación de Hannibal, que carga a hombros con la agente después de que ésta reciba un disparo. La piara consigue abrirse paso rompiendo la cerca, pero el hombre se mantiene completamente quieto, siendo ignorado por los animales, que comienzan a devorar a los esbirros de Verger, vivos o muertos. Éste llega a la grada del chiquero junto a Cordell (Ivanek), su médico y mayordomo, justo en el momento en el que Lecter huye junto a la aún inconsciente Clarice, aprovechando la confusión. Mason, a gritos (una vez más), insta a su sirviente a que baje a la arena para acabar con el asesino, pero en la cara del criado se dibuja una expresión de duda mientras exclama: “No voy a tomar parte en esto”. Ese momento de desconfianza es aprovechado por Hannibal, que no sin cierta sorna le grita: “¡Cordell! Empújalo. Siempre puedes decir que fui yo”. La incertidumbre se convierte en decisión, y el hombre quita los frenos de la silla de ruedas en la que se mueve su amo, que comienza a pedir clemencia en vano, pues su cuerpo inerte acaba dándose de bruces con el suelo polvoriento, mientras uno de los jabalíes se acerca y cierra una mandíbula en torno a su rostro, fundiendo la imagen a negro.

 

   De todas formas, y sin lugar a dudas, lo que acontece en casa de Paul Krendler supera a todo lo anterior, y probablemente sea una de las escenas más insoportables vista en una película de terror, más aún en un filme comercial dirigido por un autor de primer orden y con un reparto de campanillas, componiendo un final deliciosamente sádico, a la altura de un gourmet de la talla de Lecter, y no apto para todos los paladares. Clarice se despierta en una habitación del piso superior de la vivienda. La droga suministrada por Hannibal la hace tambalearse y no le permite pensar con claridad, aunque justo antes de bajar las escaleras es capaz de llamar por teléfono a la policía. Al colgar, escucha un ruido continuado y metálico, similar al de un torno de dentista, descubriendo al llegar a la cocina la causa de ese sonido: una sierra quirúrgica eléctrica ensangrentada. Su deambular errático la lleva al comedor, donde toma asiento y observa a Paul sentado a la mesa, con una gorra puesta y también bajo los efectos de algún narcótico, y a su lado a Lecter, cocinando hierbas y verduras en un pequeño fogón. Un plano aéreo de varias patrullas policiales circulando a toda velocidad por una carretera sirven para aliviar mínimamente la tensión y advertirnos de su inminente llegada a la casa. Allí, el doctor retira la gorra de Krendler, dejando a la vista una finísima línea roja horizontal que rodea la cabeza a la altura de la frente. Hannibal coge un bisturí y realiza una sección siguiendo ese diámetro, retirando a continuación la tapa de los sesos y dejando éstos al descubierto, todo ello en primer plano. Luego corta el tejido que envuelve el cerebro y lo aparta, dejando el órgano al descubierto y separando una pequeña parte del mismo con el bisturí, que es descargada con mimo en el sartén, donde comienza a cocinarse. Las arcadas dominan a una superada Starling (y a estas alturas, probablemente al espectador), mientras Paul exclama: “Eso huele muy bien”, y Lecter le da a probar un trozo, recibiendo la aprobación del comensal (“Está bueno”). Posteriormente, un niño que va a bordo del avión que lleva a un mutilado Hannibal (éste decide cortar su brazo y no el de Clarice cuando ésta le esposa para evitar su huída de la casa de Paul) a un destino seguro, se acerca y le pregunta qué come. El hombre le ofrece un trozo de seso al pequeño, que lo toma y lo engulle con gusto. “Siempre es importante probar cosas nuevas”, asevera Lecter finalmente.

 

(7,5/7)

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