HALLOWEEN 4: EL REGRESO DE MICHAEL MYERS (Dwight H. Little) / 1988: Donald Pleasance, Ellie Cornell, Danielle Harris, George P. Wilbur, Michael Pataki, Beau Starr, Kathleen Kinmont, Sasha Jenson, Gene Ross, Carmen Filpi, Raymond O´Connor, Jeff Olson, Karen Alston, Nancy Borgenicht, David Jensen.

 

   Michael Myers (interpretado por el stuntman George P. Wilbur) aprovecha un traslado de un centro de internamiento a otro de mayor seguridad para escapar y regresar a Haddonfield, el pueblo donde perpetró dos sangrientas masacres diez años antes. Su objetivo ahora es Jamie (Harris), la hija de la fallecida (¿?) Laurie Strode (Jamie Lee Curtis, que aquí solo aparece en alguna fotografía. Evidentemente, el nombre de su hija en la ficción es un homenaje a una de las consideradas reinas del grito), y por tanto su sobrina, a la que perseguirá incansablemente al ser su única familiar con vida (algún tema de herencias habrá pendiente, porque si no es inentendible ese ímprobo afán en acabar con la pequeña), eliminando, como no podía ser de otra forma, a todo aquel que se cruza en su camino.

 

   Nos encontramos ante la continuación directa de Halloween 2: Sanguinario, Rick Rosenthal, 1981 (recordemos que la tercera entrega de la saga nada tiene que ver con las andanzas criminales de Myers), en la que se recoge el testigo de ésta y descubrimos que ni el asesino ni el Dr. Loomis (Pleasance otra vez) fallecieron en la explosión del final, algo del todo ridículo, al menos en el caso del segundo si aceptamos el origen sobrenatural de Michael, pues el anciano es quien enciende el mechero que inflama el gas que hace volar por los aires la habitación en la que se encuentran tanto él como Myers (sus únicas secuelas visibles son una cojera y una quemadura en la parte derecha del rostro). El todo vale parece ser el método aplicado por el director H. Little y los autores del libreto, pues ni explican cómo se ha producido la muerte de Laurie Strode (hecho que será ignorado tanto por la séptima entrega, Halloween H20, Steve Miner, 1998, como por la octava, Halloween: Resurrección, Rick Rosenthal, 2002, que obviaron las partes que van de la cuarta a la sexta y continuaron la línea argumental a partir de la segunda); ni dan razones creíbles para el regreso de Loomis; ni para el hecho de que Michael persiga con ahínco a su sobrina, a la que, como ya hemos dicho, da vida Harris, y con la que se produce una curiosa anécdota: La actriz volvió en el reinicio de la saga que Rob Zombie elaboró en forma de remake con Halloween: El origen, 2007, y en su secuela, Halloween 2, 2009, también dirigida por él. Lo hizo en el rol de Annie Bracket, la hija del sheriff Brackett que en la película original dirigida por John Carpenter en 1978 fue interpretada por Nancy Kyes.

 

   Pese a su condición de slasher del montón sumamente descafeinado (los crímenes no son en absoluto sangrientos -si acaso, y mínimamente, el de Earl, interpretado por Ross, cuya garganta es desgarrada por Myers, y el de Kelly, a quien da vida Kinmont, recordada por su papel en La novia de Re-Animator, Brian Yuzna, 1989, y que aquí es empalada por una escopeta de caza- e incluso se convocó a John Carl Buechler una vez finalizado el rodaje para que añadiese un poco de gore al asunto), hay una serie de momentos que sí que merecen la pena ser destacados al sobresalir por encima de la mediocridad imperante. Así, los títulos de crédito resultan ser casi lo mejor del filme, ofreciendo una serie de estampas de lo más inquietantes (aquí acompañadas de un score turbador), como la de ese pueblo aparentemente abandonado y azotado por el polvo que barre el viento; el muñeco colgado del árbol; esa calabaza que muestra una sonrisa grotesca y sobre la que se apoya un hacha; la herramienta de arado en posición amenazante, como si sus dientes fueran unas garras; o el extraño espantapájaros de seis brazos. También es efectivo todo lo referente al traslado de Myers a su nuevo hogar (la llegada del furgón médico que efectuará el mismo en una noche tormentosa; los preparativos que se hacen con el asesino; el trasvase de éste desde el edificio hasta el vehículo en camilla y bajo la lluvia mientras oímos la banda sonora que John Carpenter creara para la obra original; o el eficaz y mortal ataque efectuado por Michael una vez la comitiva se ha puesto en marcha); la visualización de la pesadilla que sufre Jamie en su habitación mientras reza en la cama; o el ataque que sufre Loomis en la gasolinera y que concluye con varias explosiones que destruyen el recinto.

 

   Por desgracia, las incoherencias son multitud, y algunas excesivamente claras. Además de la inexplicable resurrección de Loomis, hay que apuntar lo absurdo que parece el hecho de trasladar a un asesino en serie que ha aniquilado a dieciséis personas con la única compañía de dos enfermeros. También es llamativa la habilidad de Myers para descender de un tejado de una vivienda de dos plantas en cuestión de segundos; o la de su sobrina para bajar del mismo atada a un cable que desaparece por arte de magia; por no hablar de esa capacidad del asesino de hacerse invisible, metiéndose debajo de la furgoneta de los lugareños estando éstos delante (por cierto, en los planos del vehículo por la carretera tampoco nosotros vemos a Myers en los bajos) y luego saliendo y asesinándolos uno por uno sin que los otros lo adviertan; o de la inexplicable razón por la cual los coches de la policía estatal vuelven sobre sus pasos y encuentran la furgoneta en que viaja Jamie si ésta se ha salido de la carretera y no está a la vista.

 

(4,5/2)

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