DESDE EL INFIERNO (Albert & Allen Hugues) / 2001: Johnny Depp, Heather Graham, Ian Holm, Robbie Coltrane, Ian Richardson, Jason Flemyng, Katrin Cartlidge, Terence Harvey, Susan Lynch, Paul Rhys, Lesley Sharp, Estelle Skornik, Nicholas McGaughey, Annabelle Apsion, Joanna Page, Mark Dexter, Danny Midwinter, Samantha Spiro, David Schofield, Bryon Fear.

 

   Londres, 1888. En el barrio de Whitechapel se suceden una serie de horribles crímenes que se ceban con las prostitutas del lugar. El autor de los mismos: El mismísimo Jack El destripador, un hombre cuya identidad resulta un auténtico enigma para Scotland Yard. El Inspector Abberline (Depp) y el Sargento Godley (Coltrane, el Rubeus Hagrid de la saga Harry Potter) serán los encargados de iniciar una investigación para descubrir al hombre detrás del mito, en la que colaborará Sir William Gull (el inmenso -si no en estatura, sí como actor- Ian Holm, al que los fans del Fantástico recordarán como el androide Ash de esa obra maestra que es Alien: El octavo pasajero, Ridley Scott, 1979, o como el Bilbo Bolsón de la genial trilogía de El señor de los anillos), un antiguo cirujano que ahora trabaja como doctor para la Casa Real. Las primeras pistas harán sospechar de alguien cercano a la nobleza, como un médico, debido a que diversos órganos son extirpados de los cadáveres con precisión quirúrgica. La verdad que se revela finalmente será del todo inesperada, pues los asesinatos están destinados a eliminar a todas las prostitutas que asistieron a la boda de Ann Crook (Page), una de las meretrices, con Albert Sickert (Dexter), un pintor que se dedica a realizar retratos de las mujeres y que realmente es el hijo de la Reina Victoria. La existencia de un descendiente pone en peligro el linaje de la Casa Real, así que la decisión de Su Majestad es la de eliminar a todos los testigos que acudieron al evento, incluyendo a la esposa y a Alice, su bebé.

 

   Tomando como partida la novela gráfica (o cómic, término que parece molestar mucho a los puristas, pues consideran que no tiene ni la categoría ni la entidad suficientes para referirse a aquellas historietas formadas por viñetas pero editadas en formato libro, con un argumento extenso y complejo, destinadas mayoritariamente a un público adulto y con ciertas pretensiones literarias. Vamos, un cómic con ínfulas) homónima escrita por Alan Moore y dibujada por Eddie Campbell, los hermanos Hugues (autores de El libro de Eli, 2010) realizaron su versión de la misma incluyendo diversos cambios (los más significativos, respecto a Abberline, pues las capacidades videntes de las que goza son heredadas del personaje de Robert James Lees, un colaborador del inspector, al que ayuda con sus visiones premonitorias y que existe en el papel, pero que es eliminado en la traslación cinematográfica. Además se le da al detective el protagonismo total, algo que en el cómic recaía en Jack el Destripador. Por otro lado, su adicción a los opiáceos, que a la postre causará su fallecimiento, es otra licencia de los guionistas Terry Hayes y Rafael Yglesias. El final del personaje fílmico, convertido en un héroe que renuncia a sus sentimientos para salvar a la mujer que ama y que se entrega a la muerte cuando vislumbra que aquella se encuentra a salvo, difiere por completo del de su homólogo de las viñetas, que acaba sus días como un anciano extenuado y amargado tras verse obligado a claudicar ante el poder incontrolable de la realeza, causante última de la muerte de las seis mujeres. También es reseñable que el personaje de Godley adquiere protagonismo con respecto a la historieta, y que la identidad del asesino permanece oculta hasta casi el final del metraje, cuando en el papel se conoce quién es Jack desde el principio) que provocaron las iras tanto de los fans de la obra en papel (probablemente los mismos airados talibanes que arden de rabia e indignación cuando un profano en la materia llama cómic con ínfulas a sus novelas gráficas) como del propio Alan Moore, quien, indignadísimo tras ver las traslaciones a la pantalla tanto de La liga de los hombres extraordinarios, Stephen Norrington, 2003, como de Constantine, Francis Lawrence, 2005 (que tomó el personaje de John Constantine creado por el escritor), y de la película que nos ocupa, decidió que el dinero cobrado por futuras adaptaciones se derivase a sus colaboradores.

 

   Posteriormente llegaría a renegar de la traslación de V de Vendetta, James Mc Teigue, 2005, calificando su libreto como “porquería” y exigiendo a los productores que retirasen su nombre de los títulos de crédito, algo que también hizo con la posterior Watchmen, Zack Snyder, 2009. Alguien debería explicarles tanto a Moore como a sus fans (o fanáticos) que una adaptación es, según la R.A.E., “la modificación de una obra científica, literaria o musical”, y evidentemente, modificación es sinónimo de cambio o alteración. Pretender llevar la complejidad de un cómic de 500 páginas a un filme de algo menos de dos horas es inútil y absurdo, además de imposible, pues el guionista de turno se ve obligado a sintetizar y a simplificar personajes y argumentos secundarios con el fin de ajustarse a una duración límite. Por otro lado, el mismísimo Moore también toma personajes históricos y cambia su destino. Tal es el caso de Mary Jane Kelly (una bellísima Graham), que en la vida real fue la última víctima de Jack, mientras que en el cómic se convierte en la única superviviente del grupo. De hecho, su asesinato se troca con el de Ada (Skornik), reflejándose en él las características del crimen de Kelly (éste fue el más sangriento de todos, produciéndose la extracción de todos los órganos a través de una enorme brecha en el abdomen. Los intestinos fueron colgados del techo y el corazón de la joven nunca fue encontrado). De igual manera, los personajes de Godley y Abberline nunca colaboraron en realidad, pudiéndose dar la circunstancia de que ni siquiera se conocieran. Es decir, el escritor altera pasajes y caracteres auténticos a su antojo para crear una ficción en forma de relato sin que nadie se ofenda por ello. Si además nos encontramos con traslaciones fílmicas tan notables como Desde el infierno, e incluso sobresalientes como V de Vendetta o Watchmen, la pataleta está aún más injustificada.

 

   Ciñéndonos al filme de los Hugues, decir que nos encontramos ante una obra estimable y entretenida en grado sumo y que se mantiene por sí sola pese a tratarse de una adaptación (su original me resultó en exceso farragoso y denso, resultando mis esfuerzos por completar su lectura del todo baldíos). Los directores nos conceden varios momentos notables, que merecen ser retenidos en la memoria: Esa cita que abre la película y que supuestamente rubricaba una carta que Jack El Destripador envió a Scotland Yard, “Un día los hombres mirarán atrás y dirán que conmigo nació el siglo XX”, dando paso a la imagen de los tejados de Londres de finales del XIX recortados sobre un cielo teñido de rojo sangre que parece anticipar los crímenes del asesino. La cámara comienza un descenso por la pared de uno de los edificios, mostrando en su trayecto, a través de varios ventanales, distintos retazos de las vidas de la gente de la época, situándonos así a su vez en ésta. El plano se detiene en una transitada calle del barrio de Whitechapel, y la cámara se introduce entre el gentío como parte integrante del mismo, hasta llegar a Mary Kelly, a la que sigue en su trayecto; la visualización de las lamentables condiciones en las que viven las seis prostitutas, algo que se refleja, por ejemplo, en la escena en la que las vemos dormir hacinadas en un sótano, atadas y apretujadas en un banco junto a más mujeres; la escena en la morgue, en la que el forense sufre varias nauseas después de descubrir la parte inferior del cuerpo de Polly, la segunda de las víctimas, para mostrársela a Abberline y a Godley. Su ayudante no le irá a la zaga, pues vomita y cae desmayado. Así, sin necesidad de mostrar lo que ven los personajes, los directores transmiten la repugnancia y desagrado de lo observado, causando cierta incomodidad; esa imagen que nos vuelve a mostrar el cielo de Londres del mismo color rojizo intenso que antes, esta vez con el Big Ben en primer plano; la caída del ataúd que guarda el cuerpo de Polly durante su entierro, rompiéndose al golpear el suelo de la sepultura y dejando al descubierto su rostro macilento y el cuello completamente desgarrado y cosido de forma indolente, con el consiguiente sobresalto para sus amigas, que asisten al sepelio; la conversación entre Netley (Flemyng, visto en La liga de los hombres extraordinarios, donde daba vida al Dr. Jekyll y Mr. Hyde, o en el rol de Azazel en X-Men: Primera generación, Matthew Vaughn, 2011), el cochero del carruaje que transporta a Jack a los lugares en los que éste comente los crímenes, y el asesino, cuando el primero, sin fuerzas para seguir con su labor, pregunta: “¿Dónde estamos?”, y el segundo responde: “En el infierno, Netley. Estamos en el infierno”; la visita de Abberline al reformatorio de Marylebone, al que acude con Mary Kelly para visitar a Ann Crook, en un estado deplorable y completamente ida después de ser sometida a una lobotomía que anula por completo sus recuerdos. Aún así, es capaz de rememorar a su bebé y al hombre al que amaba ante su amiga y el inspector; la escena subsiguiente, en la que Abberline le promete a una afligida Kelly que recuperará a la pequeña Alice, contándole a continuación que él perdió a su esposa y a su hijo cuando aquella se disponía a dar a luz. La entrada en la galería de arte de ambos, con una Graham radiante que recupera la sonrisa al adentrarse en un lugar hasta ese momento acotado para las de su ralea, y la partitura de Trevor Jones, aportan un punto de vitalidad que se desmorona casi al instante cuando el inspector le muestra sendos retratos, uno de la Reina Victoria y otro de Albert, que se descubre como el vástago de aquella. La placa bajo el cuadro revela su verdadera identidad: “Príncipe Eduardo Alberto”, mientras que la joven muda su rostro ante el hallazgo; la visita de Abberline a Gull, su colaborador, para comunicarle a éste sus sospechas de que es Albert el asesino. El doctor descarta al príncipe debido a que sufre sífilis y no tiene conocimientos de anatomía; la llegada de una cajita a comisaría, que le es entregada al inspector y que contiene medio riñón junto a una nota que reza: “Desde el infierno”. La réplica de Godley (“Al menos pone la dirección”) no tiene desperdicio y supone uno de los escasísimos momentos humorísticos de la película; el inesperado y apasionado beso que Abberline le da a Mary después de que aquel le entregue dinero para que se oculte en el hostal y ella malinterprete su rechazo a un primer contacto, echándole en cara que no lo hace por el préstamo; o la tercera imagen del cielo de Londres, que observamos nada más cometerse el último de los crímenes, y que muestra un firmamento límpido y azul de amanecer, que parece anunciar el fin de las andanzas del asesino.

 

   También son destacables un par de escenas en las que se intenta dar a la figura de Jack un halo fantasmal y legendario, transmitiendo la idea de que nos encontramos ante un ser invisible capaz de cometer los crímenes más horribles sin ser descubierto (algo que se solapa con la realidad, pues nada se sabe acerca de su verdadera identidad), ocultándose en la oscuridad de los callejones y desvaneciéndose como un espectro entre la habitual niebla de Londres. En la primera, tras cometer uno de los asesinatos, el homicida se levanta y se aleja del cuerpo mientras que su imagen se va difuminando hasta desaparecer por completo. La segunda resulta aún más espectacular, pues el carruaje fantasmal que lo transporta, cubierto por el manto de la noche, atraviesa un túnel a cámara lenta. El trote de los caballos, que resuena como un eco reiterado y que parece provenir de una dimensión lejana, termina de otorgar ese halo fantasmagórico.

 

   En cuanto a la puesta en escena de los crímenes (todos ellos cometidos al amparo nocturno), también resulta brillante. Los excesos gore quedan difuminados en las ejecuciones (salvo en una, que analizaremos posteriormente), y se opta por la elipsis, por el adorno estético y por mostrar las reacciones de aquellos que perpetran los asesinatos o de los ocasionales testigos, así como de la gente que posteriormente realiza el hallazgo del cadáver o de los empleados de la morgue. Eso sí, donde no se escatima sangre es en mostrar los cuerpos una vez han sido ejecutados. Así, Martha Tabram (Spiro) será la primera de las prostitutas en morir. La mujer camina sola después de dejar atrás a Mary Kelly y, cuando pasa ante un callejón oscuro, una figura la coge con fuerza y la arrastra a la negrura. Tan solo veremos el centellear de una enorme daga cuyo brillo metálico se va tiñendo de un rojo que se vuelve más oscuro con cada nueva puñalada asestada. Entonces la cámara asciende hasta detenerse en una figura de piedra que representa a una criatura de gesto burlón.

 

   La siguiente de la lista será Polly Nichols (Apsion), quien se va sola y disgustada después de discutir con una de sus amigas. El siguiente plano nos la muestra comiendo uvas (ésta fruta era un manjar de la época, solo al alcance de los más pudientes) mientras las lágrimas recorren sus mejillas y habla con su cliente, oculto tras ella en las sombras. De súbito, el hombre rodea el cuello de su víctima con ambas manos y comienza a estrangularla. La elipsis nos lleva hasta un plano trasero de Jack reclinado sobre el cuerpo inerte de la prostituta, que se mueve como un muñeco roto con las sacudidas del asesino procediendo a la evisceración. La imagen del maletín con el instrumental quirúrgico utilizado es más que suficiente para ponernos los pelos de punta, pues el equipo que contemplamos evoca en nuestra mente la salvaje profanación de la que está siendo objeto la difunta sin necesidad de mostrar ningún plano directo. El descubrimiento del fiambre por parte de un policía da paso a un recurso poco habitual pero eficaz en este caso, consistente en mostrar a cámara rápida el tránsito de la muchedumbre en torno a la escena del crimen hasta la llegada de Abberline.

 

   El turno ahora es para Annie Chapman (Cartlidge), aunque antes veremos una escena tan curiosa como inquietante: Un plano de un gramófono en una lujosa habitación nos lleva hasta unas manos enguantadas troceando un filete prácticamente crudo en una mesa adyacente. De inmediato sabemos de quién se trata (la identificación entre la carne poco hecha siendo cortada por un cuchillo y un cadáver reciente seccionado por un bisturí es simple y poco sutil, pero efectiva), aunque un inserto de Netley esperando en el exterior a bordo del carruaje nos lo confirma. Mientras el asesino comienza a ponerse su atuendo con parsimonia, vemos cuadros que muestran aberraciones genéticas u operaciones en las que un paciente consciente es destripado por varios médicos, añadiendo mayor turbación si cabe. Un nuevo plano del cochero ofreciéndole uvas a Annie, que se sube al vehículo confiada, precede al crimen. El hombre le ordena que baje y se adentre en el callejón cercano, pues allí le aguarda su cliente. Un plano frontal nos muestra ese callejón con Netley apoyado en la pared de entrada al mismo, mientras al fondo, en segundo término, oímos gritos y un sonido metálico que ya nos resulta familiar. Finalmente, el cuerpo hallado por la policía nos es mostrado en un plano cenital que escatima pocos detalles, dejando escaso lugar a la imaginación.

 

   Los dos siguientes homicidios tienen lugar en la misma noche, durante un breve lapso de tiempo. Primero es Liz Stride (Lynch) quien, engatusada por su ejecutor, resulta asesinada. La mujer, borracha, camina ante el homicida, cayendo sobre un charco. El reflejo de éste le devuelve la imagen de Jack con un enorme cuchillo en la mano, momento en el que se pone en pie y logra huir, siendo placada por Netley, que la sujeta firmemente ante su amo. Un tajo enérgico y mortal con el arma blanca abre el cuello de lado a lado, provocando la salida de un inmenso chorro de sangre de la herida en la que es, probablemente, la escena más dura de todo el filme. La llegada de un testigo pone en fuga a los asesinos, que no pueden terminar su trabajo. A continuación será Kate Eddowes (Sharp) la que muera. La prostituta camina cuando una sombra pasa ante ella (y nosotros) diciendo: “Disculpe, señorita”. Cuando volvemos a ver a la mujer su cuello ya ha sido cortado de lado a lado, mientras al fondo observamos el carruaje.

 

   La última de la lista será Ada, confundida tanto por Netley como por el asesino con Mary Kelly. Si bien la elipsis vuelve a presidir el crimen, todo lo que vemos alrededor resulta sumamente escalofriante: William (a estas alturas vemos su rostro, pues ya sabemos que él es Jack, tras ser descubierto por Abberline, quien deduce en su investigación que Gull es el médico al que acudió la Casa Real tanto para tratar la enfermedad del Príncipe Albert como para eliminar a las prostitutas que acudieron a la boda. El rostro del cirujano cambia por completo en la escena en que descubrimos que es Jack, girándose y mostrando unos ojos negros sin pupila, diabólicos y carentes de vida, y mutando su gesto, que pasa de amable a aterrador e intimidatorio en décimas de segundo) se adentra en la habitación y se sienta en la cama donde duerme la joven. Lo siguiente que contemplamos (elipsis de nuevo) es el mismo cuarto una vez la muchacha ha sido asesinada. Las paredes están llenas de sangre y de restos, al igual que los muebles y demás enseres, mientras que el despojo informe que antes era Ada yace en el lecho, convertido en una tabla de carnicero. El doctor, con los ojos idos y completamente cubierto de  hemoglobina, recoge el corazón de la chica y lo deposita en una tetera que coloca al fuego de la chimenea. La llegada de Abberline, que contempla horrorizado la escena para a continuación, haciendo gala de sus enormes dotes deductivas, comprobar que el pelo de la víctima es de un color distinto al de Mary Kelly (algo sobre lo que guarda silencio y que solo contará a su amigo Godley, con la intención de proteger a su amada), da paso a la conclusión.

 

   Una carta de Mary en la taberna a nombre del inspector anuncia que ha logrado huir con la pequeña Alice al pueblo donde nació y pasó su infancia, diciéndole que le espera allí. Mientras, Su Majestad reprueba la conducta de William después de pedirle que acabara con la amenaza, con lo que el asesino es ajusticiado en la logia de los Francmasones de la que formara parte, siendo sometido a una lobotomía y acabando sus días en una celda solitaria. Una conversación en la que Godley intenta convencer a Abberline para que viaje hasta el lugar donde se encuentra Mary Kelly, sin conseguirlo (el protagonista se escuda en su intención de salvaguardar a la joven, evitando que se sepa que sigue viva. Con ese fin rompe la carta y la quema, mientras el gesto de su amigo expresa una profunda pena. El fuego acaba por consumir la última frase de la misiva, que podemos leer y que reza “Te quiere, Mary”), da paso a la escena final, donde el sargento halla a su amigo muerto en el fumadero de opio. Sendas monedas en la mano de Abberline son colocadas en sus ojos, siguiendo la costumbre que él practicara y que consistía en pagar a Caronte, el barquero del Hades que, según la mitología griega, transportaba los espíritus errantes de los recién fallecidos de un lado a otro del río Aqueronte (según otras fuentes, el Estigia), evitando así que quedaran vagando entre dos mundos. La cariñosa frase de Godley (“Buenas noches, dulce príncipe”), dicha entre lágrimas, rubrica la conclusión del filme.

 

(7,5/6)

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