DESCENT, THE (Neil Marshall) / 2005: Shauna Macdonald, Natalie Mendoza, Alex Reid, Saskia Mulder, MyAnna Buring, Nora-Jane Noone, Oliver Milburn, Molly Kayll, Craig Conway, Leslie Simpson.

 

   Sarah (Macdonald, que repetiría en la secuela The descent 2, Jon Harris, 2009, y a la que también hemos visto en Crónicas mutantes, Simon Hunter, 2008) pierde a su marido y su pequeña en un accidente de tráfico cuando regresa de hacer rafting con Juno (Mendoza) y Beth (Reid, la protagonista de la muy psicotrónica Arachnid, Jack Sholder, 2001, una de las producciones de la extinta Fantastic Factory) dos de sus mejores amigas. Un año después, cuando comienza a superar la muerte de sus seres queridos, accede a emprender una expedición de espeleología con otras cinco chicas, entre las que se encuentran las citadas Juno y Beth, así como Sam (Buring, que interpretó a la hija de Malcolm Mc Dowell en la divertidísima Doomsday: El día del Juicio, Neil Marshall, 2008) y Mulder (hermana de la top model Karen Mulder), dos hermanas que también pertenecen al grupo. La última de las exploradoras será Holly (Noone, otra actriz vista en la mencionada Doomsday: El día del Juicio, en el papel de Read, conductora de uno de los dos carros blindados que vemos al inicio del filme), una amiga de Juno. El desprendimiento que se produce en una galería las deja aisladas y sin camino de vuelta. A ello se une el hecho de que pronto comienzan a ser acosadas por unas voraces y felinas criaturas (conocidas como crawlers, aunque su nombre no se menciona a lo largo del metraje) de aspecto humano que habitan en las profundidades alimentándose de animales o de cualquier ser que se adentre en sus terrenos.

 

   Tras su debut tanto cinematográfico como en el género del terror con Dog soldiers, 2002, Marshall realizó la que es su mejor película hasta la fecha, lo que ni mucho menos quita méritos al resto de su filmografía, formada por películas que se incluyen en el citado género (la ya referida Dog soldiers, nominada en Sitges´02 en la categoría de Mejor Película, donde salió derrotada ante la pretenciosa y hoy olvidada Dracula: Pages from a virgin´s diary, Guy Maddin, 2002), en la ciencia ficción más gamberra (Doomsday: El día del Juicio), o en la aventura fantástica (Centurión, 2010).

 

   El director cumple con los estilemas del cine de horror, con un tramo inicial vibrante que nos muestra a tres de las protagonistas realizando un descenso en rafting de un caudaloso río, mientras que Paul (Milburn) y Jessica (Kayll), marido e hija de Sarah, una de las aventureras, observan y aguardan desde la orilla, al final del recorrido. Solo con este momento, Marshall logra mostrarnos que nos encontramos ante un grupo de mujeres hechas y derechas, valientes y a las que les gusta el riesgo y el peligro. Nada de floreros, pues al fin y al cabo estamos ante una película protagonizada única y exclusivamente por féminas (de hecho, Milburn es el único personaje masculino del filme con líneas de diálogo). Un momento de distensión, en el que advertimos que algo sucede entre Paul y Juno (esas miradas entre ambos; Beth suspicaz, observándolos; o él ayudándola a quitarse el equipo…) y en el que las chicas se despiden, antecede a la tragedia en la que Sarah se ve envuelta y que la marcará para siempre. Nos encontramos ante algo tan cotidiano como un viaje en coche (otra vez lo ordinario como origen y causa del horror, tal y como sucedía en la genial Amanecer de los muertos, Zack Snyder, 2004), con Paul al volante mientras que nuestra protagonista, en el asiento del copiloto, conversa y bromea con su hija, en la parte trasera. Un despiste del conductor, producido al hablar con su esposa, finaliza con un choque frontal con otro vehículo que carga varas metálicas en su techo. La colisión provoca que éstas salgan lanzadas, atravesando el parabrisas y acabando con el hombre y la pequeña.

 

   La visualización del accidente es ejemplar, con un montaje que provoca la reacción del espectador, primero de sorpresa y luego de aprensión y lástima: Varios planos muestran como ambos automóviles se acercan, mientras que el de Paul comienza a invadir el carril contrario. El choque, no demasiado fuerte y mostrado fugazmente, provoca que las pértigas salgan volando. Entonces la cámara se centra en ellas, y las muestra atravesando el cristal delantero. Un nuevo cambio nos lleva al interior del vehículo, a una posición próxima a la que ocuparía la niña. La primera pértiga pasa rozando al padre y se dirige directamente a nuestro lado (o a Jessica). Vemos ahora la parte trasera del reposacabezas de Paul, que es atravesado por la segunda de las varas mientras un amasijo de sangre y restos craneales salen despedidos. El plano cenital final muestra el desolador panorama que deja el accidente, pudiendo observarse en el interior del vehículo de Sarah las manos del hombre moviéndose agitadamente en un último espasmo. El director golpea así directamente al estómago del espectador, eliminando súbitamente y de la manera más cruel e inesperada a dos personajes (uno de ellos una niña) que parecían importantes en el desarrollo de la trama.

 

   Pero eso no es todo, porque Marshall nos lleva un poco más allá en la siguiente secuencia. Una escena que se volverá recurrente con el paso del tiempo muestra a Jessica en una habitación a oscuras, iluminada únicamente por las velas de la tarta de su quinto cumpleaños. Cuando sopla la última, llega la negrura absoluta (la misma que arriba de golpe a la vida de nuestra protagonista, envolviéndola tanto a ella como a sus compañeras poco después en el interior de la caverna, y resultando ambas muy poco halagüeñas, pues esconden horrores reales e intangibles, que engullen -en el primer caso literalmente- a las personas a las que envuelven, desprotegiéndolas sin posibilidad de fuga o redención o directamente aniquilándolas) y vemos a Sarah en una fría habitación de hospital, sedada y con múltiples heridas. Entonces la mujer despierta sobresaltada, quitándose las vías y demás artilugios médicos para salir corriendo por el pasillo gritando el nombre de su hija, hasta chocar con Beth, que la toma por los hombros y le dice que la pequeña ha muerto. Ambas se funden en un abrazo entre gritos y sollozos, mientras los médicos, pacientes y visitantes pasan junto a ellas, ignorándolas, y la cámara gira a su alrededor, acrecentando, si cabe, la sensación de desorientación, de confusión. En diez minutos el director ha propinado dos terribles golpes a la audiencia, dejándola desvalida y sin asideros, pues a la muerte de Paul y Jessica se suma el estado de enajenación en el que se halla sumida Sarah. Marshall juega así con su público, haciéndole tocar fondo.

 

   Tras el arreón inicial, la acción avanza un año y descubrimos al grupo protagonista llegando a la cabaña en el bosque desde la que partirán a la aventura (es llamativo ese error de guión en el que las chicas dicen que tomarán chupitos de Brandy cuando les ofrecen bebida para a continuación aparecer todas con botellines de cerveza). Es hora de presentaciones para buscar la identificación con el espectador, trazando rasgos distintivos entre los personajes. Así descubriremos el carácter manipulador de Juno, que se verá acentuado más adelante; el excesivo atrevimiento, cercano a la temeridad, de Holly; o la madurez y honestidad de Beth. Quizá las dos hermanas, Sam y Rebecca, sean las más desdibujadas, aunque también tienen determinados rasgos que las definen (descubrimos, por ejemplo, que la primera ha conseguido recientemente su título de Medicina). De nuevo ha regresado la normalidad con la preparación del viaje, y el ambiente distendido reina en la cabaña, aunque pronto comienzan a aparecer notas disonantes que acrecientan de manera casi imperceptible la tensión y la impresión de que algo malévolo se cierne sobre las chicas. Aspectos como ese reno parcialmente devorado en el arroyo cercano a la entrada de la cueva; las huellas en la caverna, marcadas con sangre; o las agobiantes sensaciones de aislamiento y claustrofobia, que se acrecientan exponencialmente según se avanza por el laberinto de túneles (hay que reseñar que ninguna escena del filme fue rodada en grutas reales, sino que se construyeron decorados en los míticos Estudios Pinewood. El trabajo corrió a cargo del diseñador de producción Simon Bowles. De hecho, en determinadas escenas podemos observar como algunas estalactitas se mueven al paso de las chicas), contribuyen a asentar una sensación de mal rollo que ya no nos abandonará hasta el final. Ese “algo malévolo” tomará forma definida (al menos parcialmente) en una inquietante escena, en la que vemos a Sarah iluminada por la luz rojiza de una bengala en una zona amplia. Tras ella, en un risco lejano y a cierta altura, una figura camina desde la oscuridad y se pone en cuclillas, observando. La confirmación de la existencia de al menos un elemento que no pertenece al grupo y que las observa sin ser advertido hace que el desasosiego aumente considerablemente, a lo que contribuye la ausencia de sonido y esa luz artificial que añade un tono surrealista y fantasmal al conjunto.

 

   La siguiente escena no sirve para aliviar la tensión, ni mucho menos, pues el único paso existente consiste en un angosto pasadizo que solo se puede atravesar arrastrándose (tal y como hiciera Lance Henriksen en uno de los innumerables momentos inolvidables de Aliens: El regreso, James Cameron, 1984), y que se estrecha cada vez más, lo que obliga a pasar de una en una. Sarah, la última en cruzarlo, se queda atascada, obligando a Beth a volver y tirar de ella. Para añadir más congoja, el pasadizo comienza a derrumbarse al paso de la mujer, que evita morir aplastada en el último momento, quedándose, eso sí, encerrada junto al resto de sus compañeras y sin posibilidad de deshacer el camino andado. El diálogo que sigue sirve para mostrar las primeras discrepancias en el grupo, pues Rebecca sonsaca a Juno ante las demás que ésta las ha guiado a un sistema de cuevas inexplorado para cruzarlo por primera vez y llevarse el reconocimiento correspondiente, y no a las Borham que iban a recorrer en un principio, cuevas estas de las que se entregó el itinerario de rescate al servicio de búsqueda. La situación se agrava así más aún, pues nadie del exterior conoce el paradero de las mujeres. Surge de esta manera la desconfianza con Juno, que se amplía en cuestión de minutos con varios detalles más (la chica intenta justificarse recurriendo a Holly y a su negativa a recorrer “cuevas para novatos”, pero ésta le dice que no la utilice para cubrirse las espaldas. Poco después, Beth la abronca por lo sucedido y por arrastrar a Sarah a algo así tras lo sucedido un año atrás. Ahora sí, la respuesta de Juno resulta esclarecedora: “¿Sabes qué, Beth? Todas perdimos algo en ese accidente”). La expedición prosigue por el único camino existente, pero pronto se encuentran con un nuevo obstáculo en forma de gigantesco abismo que interrumpe el paso. Es Rebecca la encargada de pasar colgada colocando anclajes y fijando una cuerda que permita cruzar la sima, pero cuando llega al final realiza un hallazgo sorprendente: un antiguo empotrador introducido en una grieta. Una vez tendido el “puente”, las chicas comienzan a cruzarlo, quedando Juno para el final, que decide recuperar el material para futuros contratiempos. El excesivo esfuerzo provoca su caída al vacío, causando una enorme herida en la mano de Rebecca, que sujeta la cuerda.

 

   El grupo, tras un breve recorrido que sirve para calmar los ánimos, llega entonces a un nuevo espacio abierto plagado de pinturas rupestres. Es a partir de aquí cuando la montaña rusa se pone de nuevo en funcionamiento, sumiendo a las chicas (y al espectador) en un maremágnum de acontecimientos que cortan la respiración y que no se detendrán hasta los títulos de crédito. La luz de una nueva bengala nos permite ver y oír, esta vez claramente, a un crawler acechando. Holly decide adelantarse en busca del siguiente paso, pero se precipita por un agujero cuando cree ver luz solar. El tremendo golpe tiene terribles consecuencias, pues observamos como la tibia de su pierna se ha quebrado, atravesando carne y piel hasta quedar al aire libre. El resto del grupo desciende y Sam corta el pantalón de su compañera, quedando al descubierto la horrible herida. La siguiente escena es difícil de soportar: la futura médica le da a Holly un palo para que lo muerda y les dice a sus compañeras que sujeten firmemente a la joven. Luego coge el hueso astillado y lo empuja con fuerza hasta colocarlo en su sitio.

 

   Tras sacar a la herida del pozo y escalar penosamente una escarpada pared, encuentran un enorme osario de animales. Sarah ilumina el paisaje con los infrarrojos de la cámara digital de Holly (a estas alturas las bengalas escasean), pero cuando enfoca a Beth observamos a una horrible criatura con las fauces abiertas tras ésta (uno de los sobresaltos más logrados del filme). El ser pasa entre el grupo y escapa velozmente tras subirse al techo. Somos testigos ahora de uno de los planos más bellos de la película, con la camarilla reunida espalda contra espalda en el centro de la estancia, iluminada por uno de las últimas bengalas. La cámara gira lentamente entre las estalagmitas alrededor de las mujeres, mientras a su alrededor oímos los gritos de los crawlers, creando una logradísima sensación de vulnerabilidad, de indefensión. El grupo se disgrega y Beth coge a Holly, pero una de las criaturas aparece ante ellas, rugiendo, y la chica herida cae al suelo mientras que Beth prosigue su huída hasta que resbala en una pequeña charca. El monstruo regresa de nuevo a por su presa, saltando sobre Holly y apoyándose en ella para caer al otro lado. Finalmente vuelve a lanzarse encima, arrancándole el cuello de un mordisco. Juno, también en el suelo, intenta proteger a su amiga ahuyentando al crawler, pero éste regresa felinamente, abalanzándose y empujándola lejos del botín, el cual empieza a arrastrar mientras gruñe. Ésta consigue apuñalar al ser que, herido, deja por fin a su presa. Inmediatamente aparece otro y comienza una brutal pelea entre la mujer y la criatura. La primera consigue ponerse sobre el crawler, al que clava repetidas veces el piolet. Entonces se levanta y siente una presencia tras ella. Presa de un estado mezcla de excitación y nerviosismo, se gira rápidamente y descarga con fuerza el arma, pero quien se encuentra ante ella no es una de las criaturas, si no Beth, cuyo cuello ha sido atravesado de lado a lado con el pico. La mujer cae herida de muerte, no sin antes coger un colgante del cuello de Juno, y ésta escapa dando a su amiga por muerta.

 

   La acción no se detiene, desplazándose al lugar donde se encuentra Sarah: un nuevo osario, esta vez humano y más grande que el anterior. La protagonista sigue con la cámara, observando lo que ocurre ante ella y rodeada por la oscuridad absoluta. De repente, el cadáver de Holly (o lo que queda de él) es arrojado cerca de su posición, viéndose obligada a observar sin ser vista a través de la cámara como su compañera es devorada, en un momento que nos hace recordar la notable REC, Jaume Balagueró & Paco Plaza, 2007, o cualquiera de sus secuelas.

 

   También observamos que Sam y Rebecca han huido juntas, perseguidas por otra criatura. Quietas en una especie de nicho, descubren que el crawler no percibe su presencia sino se mueven, pues es ciego. Cuando el monstruo pasa de largo, emprenden la huída, pero el ser vuelve sobre sus pasos y las ataca, siendo eliminado por Juno, que le lanza un piolet a la espalda y le rompe el cuello. Por su parte, Sarah encuentra a Beth, en sus últimos estertores, yaciendo en un lugar apartado del osario. Ésta le dice a su amiga que no se fíe de Juno y le entrega el colgante que le quitó y que posee una inscripción que reza: “Ama cada día”, frase que Paul solía decirle a Sarah (algo que ésta rememora durante la estancia en la cabaña del lago). Luego le pide que acabe con su sufrimiento, encontrándose con la negativa de su amiga, que finalmente cede al comprobar que ya no hay esperanza para Beth. Una enorme piedra lanzada sobre su cabeza terminará con ella. Llega entonces uno de los dos momentos menos creíbles y más incoherentes del filme, consistente en que nuestra protagonista acaba de manera consecutiva con la vida de tres crawlers prácticamente sin despeinarse. La que parece más frágil de las mujeres finiquita no solo a una, sino a varias criaturas que hasta ese momento se habían mostrado letales (de hecho, solo Juno ha conseguido acabar hasta ahora con dos de ellas, manteniendo una ferocísima lucha con una y cogiendo a la otra desprevenida por la espalda).

  

   En otro lugar, las otras tres supervivientes se topan con un montón de crawlers, que las persiguen. La huída hacia atrás las lleva de nuevo a la sima que habían cruzado poco antes en sentido contrario. Sam, guiada por la desesperación, decide pasar tendiendo una cordada, pero a mitad de trayecto se encuentra con otro monstruo con el que comienza a forcejear hasta que éste le rasga la garganta con sus uñas, consiguiendo la mujer apuñalarle justo antes de morir, y quedando suspendida de la cuerda sobre el despeñadero. Rebecca y Juno contemplan horrorizadas la escena desde el borde, segundos antes de que otra criatura aparezca tras la primera, llevándosela y comenzando a devorarla. Juno salta al abismo, cayendo a una corriente de agua donde es atacada por el crawler que acabara con Sam, malherido y con el puñal clavado. La mujer se deshace de él y poco después de salir del agua se produce el reencuentro con Sarah. Llegamos así al otro momento en el que la película necesita cierta suspensión de la credibilidad por parte del espectador, pues se entabla una sangrienta lucha entre las dos supervivientes, convertidas en auténticas máquinas de masacrar monstruos, y un número incontable de éstos, exterminados sin demasiado esfuerzo de las formas más variadas y gore (si en ningún momento del metraje Marshall nos ha ahorrado momentos de auténtico splatter, tampoco ahora escatima aplastamientos, empalamientos, extracciones oculares, golpes brutales y cualquier tipo de ejecución que se pueda realizar con un piolet o con las propias manos).

 

   Se produce entonces el cara a cara entre las dos antiguas amigas y ahora rivales. Sarah descuelga el colgante de su mano mientras arma su brazo, que sujeta el pico presto para ser descargado sobre su adversaria, quien comprende, al ver el collar, que su aventura con Paul ha sido descubierta. El piolet atraviesa la rodilla de Juno, que queda así a merced de las criaturas supervivientes. Mientras, Sarah huye con una antorcha, y observa una luz que se filtra a través del techo a lo lejos. Ascendiendo por una montaña de huesos, consigue salir a la superficie, llegando al claro en el que las chicas aparcaron sus vehículos. Tras montarse en uno de ellos, conduce aún presa del terror, intentando alejarse lo más posible de la cueva, hasta detenerse en el arcén un rato después, momento en el que comienza a llorar presa de la desesperación y de la angustia. Pero Marshall aún nos tiene reservada una última (y desagradable) sorpresa: el fantasma de Juno aparece en el asiento del acompañante, momento en el que Sarah despierta de su sueño dentro de la cueva, donde tiene una visión de su hija. A continuación la cámara se aleja y nos la muestra en el interior de un recoveco que forma parte de la maraña de túneles. Mientras, los desapacibles gritos de los crawlers inundan el ambiente y nos indican que no hay escapatoria posible tras realizar el descenso del título, comprendiendo finalmente que éste no solo se refiere al descenso físico, sino a la inmersión en la locura sin billete de regreso. Y es que, parafraseando a Nietzsche, “cuando miras largo tiempo al abismo, también éste mira dentro de ti”.

 

   Como suele ser habitual en el director, el metraje está plagado de referencias cinematográficas y culturales. Así, el inicio en el que las tres chicas practican rafting remite a Defensa, John Boorman, 1972, uno de los filmes preferidos del director. También podemos observar un banjo colgado en una de las paredes de la cabaña del bosque; la escena en la que la protagonista corre por el pasillo del hospital casi al principio es idéntica a otra vista en Darkness, Jaume Balagueró, 2002 (otro filme en el que la oscuridad es letal). Marshall vio la película cuando se estrenó en el Festival de Sitges, y le gustó tanto esa escena en particular que se empeñó en homenajearla en una de sus obras; justo antes de entrar en la cueva, y cuando contempla la dificultad del descenso, Beth exclama: “Soy una profesora de inglés, no la jodida Tomb raider”, refiriéndose a Lara Croft, la arqueóloga y espeleóloga más famosa del mundo de los videojuegos (con permiso de Nathan Drake); la frase “Un murciélago. Dos murciélagos. Cincuenta murciélagos… ¡Jajaja!”, dicha por Holly cuando Sarah es asustada por la bandada de quirópteros nada más entrar en la cueva, es una de las habituales del Conde Drácula de Barrio Sésamo; cuando una de las chicas mira hacia arriba bajo un pequeño arroyo de agua, salpicándole éste el rostro, rememoramos una escena similar vista en Alien: El octavo pasajero, Ridley Scott, 1979; el momento en el que Sarah se sumerge en el pozo de agua y sangre, asomando la cabeza y saliendo lentamente con el pelo aplastado por el fluido viscoso homenajea a Apocalipsis Now, Francis Ford Coppola, 1979; poco después, la protagonista se queda completamente quieta en una piedra, camuflada por la sangre que la cubre mientras un crawler se detiene a su lado y se apoya en su cabeza, en un momento que nos retrotrae a otro muy similar vivido por Arnold Schwarzenegger en Depredador, John McTiernan, 1987; la huida de Sarah a través del bosque y luego corriendo por una carretera en estado de shock remite directamente a la que protagonizase Marilyn Burns al final de la imprescindible y seminal La matanza de Texas, Tobe Hooper, 1974. Incluso hay un camión que está a punto de atropellar a la protagonista, tal y como sucediese en la película citada; finalmente, la imagen del poster promocional en USA que se asemeja a un cráneo, y que realmente está formada por los cuerpos de las chicas, está basada en la obra surrealista “In voluptate mors” de Dalí, fotografiada por Philippe Halsman. La citada obra inspiró anteriormente el poster de El silencio de los corderos, Jonathan Demme, 1991.

 

(8/6)

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