DEEP BLUE SEA (Renny Harlin) / 1999: Thomas Jane, Saffron Burrows, LL Cool J., Michael Rapaport, Stellan Skarsgard, Samuel L. Jackson, Jacqueline McKenzie, Aida Turturro.

 

   Un grupo de científicos liderados por la Dra. Susan McCallister (Burrows) lleva a cabo una investigación para acabar con el Alzheimer. Para ello experimentan con el cerebro de los tiburones mako, aumentando su tamaño e introduciendo en él ciertas sustancias que permitirían la regeneración de los tejidos cerebrales. La falta de fondos y la pretensión de conseguir una cura lo antes posible hacen que los investigadores violen ciertos códigos éticos al introducir variaciones genéticas en el ADN de los escualos, lo que provoca que su inteligencia, agresividad y velocidad aumenten exponencialmente. Con lo que no cuentan los científicos es con el ansia de alcanzar la libertad de los tres especímenes con los que se lleva a cabo la investigación. Para lograr ese fin intentarán hundir el recinto en el que están recluidos, llevándose por delante a cualquier ser humano que trate de impedirlo.

 

   Renny Harlin no tiene término medio, siendo capaz de lo mejor (La jungla de cristal 2: Alerta roja, 1990; Máximo riesgo, 1993), y lo peor (El exorcista: El comienzo, 2004; La alianza del mal, 2006). La película que nos ocupa es, sin duda, lo último realmente destacable que ha hecho el realizador finlandés, introduciéndonos en un pasatiempo difícil de olvidar, una enorme montaña rusa que se pone en marcha en el momento en que Skarsgard es utilizado como ariete por los tiburones para abrir una vía de entrada en el complejo submarino en el que se refugian los protagonistas. Antes de eso se nos brinda un prólogo simpático, en el que dos parejas de típicos y tópicos teenagers que navegan en un catamarán son atacados por uno de los escualos, siendo salvados en última instancia por Carter Blake (Jane, visto en El cazador de sueños, Lawrence Kasdan, 2003, o en La niebla, Frank Darabont, 2007, sendas adaptaciones de obras de Stephen King), el encargado en el laboratorio submarino de realizar cualquier tipo de tarea arriesgada que suponga un contacto directo con los tiburones. En ese momento subyace cierto tono referencial e incluso sarcástico, al jugar con la mentalidad del espectador de la época, confundiéndolo al estar éste acostumbrado a todo tipo de slashers de diversa catadura, protagonizados por jovencitos más o menos descerebrados, surgidos a raíz del éxito de (¿Adivinan?) Scream, Wes Craven, 1996. Nada más lejos de la realidad, pues el filme, lejos de emparentarse con las características definitorias de ese subgénero, juega decididamente en otra liga, al contar con un plantel protagónico lo suficientemente adulto como para ser capaz de tomar decisiones que no se puedan calificar de discutibles o de decididamente ridículas. El otro elemento diferenciador con el grueso de las producciones fantásticas de la época lo constituye el lugar en el que se desarrolla la acción: Un vasto complejo marino, en medio del océano, en el que la mayoría de las instalaciones (laboratorios, habitaciones de empleados…) se encuentran sumergidas a grandes profundidades, mientras que tan solo la torre de control, por razones obvias, se encuentra por encima del nivel del mar. Si a eso le sumamos una enorme piscina de agua salada en la que nadan los tres especímenes objeto de los experimentos, rodeada por una verja en apariencia segura que separa a los tres animales del mar abierto, nos encontramos ante un decorado que ofrece multitud de posibilidades para crear momentos atmosféricos, plenos de tensión y de angustia. Afortunadamente, Harlin sabe sacar partido de ese decorado, y nos brindará más de un instante inolvidable, algo en lo que seguramente tuvo su parte de mérito el recientemente fallecido David R. Ellis, director de segunda unidad del filme y de otros tan notables como Negociador, F. Gary Gray, 1998; Matrix reloaded, Andy & Lana Wachowski, 2003 (suyo fue el mérito de la impresionante persecución por la autopista, uno de los mejores momentos de la película); o Master and commander: Al otro lado del mundo, Peter Weir, 2003, y realizador de Destino final 2, 2003, en la que acontece uno de los accidentes en carretera más espeluznantes, espectaculares y mejor rodados que recuerdo haber visto en una pantalla.

 

   Una vez presentados los personajes, llegamos a ese momento cumbre al que ya se aludió al principio del párrafo anterior, y que supone el pistoletazo de salida para una última hora de película en la que el espectador ya no recibirá tregua alguna. La acción acontece en el laboratorio en el que tiene lugar la prueba definitiva para determinar la validez de la proteína desarrollada en el cerebro de los tiburones con el fin de acabar con el Alzheimer. Antes, Carter se sumergirá en la piscina en la que los animales nadan en libertad para capturar a uno de ellos, siendo presa de un ataque sincronizado por parte de los escualos, que intentan romper el pasillo metálico por el que se desplaza el hombre. Al reconocer el fusil se alejan de su alcance y de inmediato arrancan las cámaras que graban lo que acontece en el recinto. Finalmente Blake recurrirá a su astucia para capturar a uno de los especímenes, que es izado en una plataforma hasta una pequeña piscina del laboratorio donde se hallan los científicos junto a Franklin (Jackson), el mecenas del proyecto. La doctora McCallister sitúa un artefacto en la cabeza del tiburón (aquí tendremos el primer sobresalto, pues el pez, al sentir el roce del artilugio, se moverá brusca y repentinamente), en estado de letargo y rociado con agua por Blake, que servirá como guía para la enorme aguja con la que se procede a la extracción de la sustancia. Ésta es vertida sobre el tejido cerebral de un enfermo de Alzheimer, provocando la reacción de las neuronas a los escasos segundos. El logro es festejado con alborozo por los asistentes al ensayo (la escena está perfectamente planificada, rodada y montada, resultando realmente emocionante), y el Dr. Jim Whitlock enciende un cigarrillo mientras se acerca, triunfante, al animal. Éste vuelve a moverse repentinamente, despertando de su sueño y provocando la caída del hombre, cuyo brazo queda atrapado entre las mandíbulas del escualo, que arranca la extremidad de cuajo. Los acontecimientos se precipitan, y la acción pasa a mostrarse a cámara lenta: el científico se aleja a rastras del alcance del tiburón, dejando un reguero de sangre a su paso. Janice Higgins (McKenzie), la otra científica y pareja del herido, se abalanza sobre él e intenta taponar la enorme herida. Mientras, Carter corre hacia la escopeta situada en una vitrina de cristal, y Susan se dirige hacia el interruptor que abre la compuerta de la piscina. Es ésta última la que llega en primer lugar a su objetivo, consiguiendo liberar al escualo y evitando que sea sacrificado por Blake. Tras la oportuna reprimenda por parte de éste, solicitan un helicóptero para evacuar a Whitlock, ya agonizante.

 

   Un plano del exterior muestra que la tormenta que se venía preludiando desde hace horas se ha desatado con violencia, con un aguacero torrencial y vientos que provocan enormes olas que barren la superficie del complejo. Mientras, Carter y sus compañeros suben al herido por el ascensor, y al abrir la puerta que comunica con la superficie se encuentran con el desolador panorama que ofrece el vendaval, mientras la aeronave lucha por mantenerse en el aire y acercarse al punto de traslado. A duras penas, los protagonistas logran sujetar la camilla que lleva a Whitlock al cable lanzado por los pilotos, para regresar a continuación a la supuesta seguridad que brindan las instalaciones submarinas. Durante el izado, el cabrestante se traba y comienza a salir humo del motor debido al esfuerzo, quemándose y causando la caída del herido al agua de la piscina exterior. La cuerda, en principio laxa, se tensa de golpe y es arrastrada como si de un sedal se tratase, llevándose consigo el helicóptero al que está sujeta, que se dirige directo a la torre de control, con la que colisiona provocando una enorme explosión que destruye el aparato y el edificio, volando ambos en pedazos. Las deflagraciones se suceden en la superficie, provocadas por la combustión de los tanques de combustible del recinto, y toda la estructura parece verse afectada por el accidente.

 

   La tranquilidad parece regresar cuando se detienen las explosiones y las instalaciones dejan de estremecerse, pero tan solo se trata de la calma que precede a una nueva tempestad. La ruleta sigue girando para el grupo de supervivientes, de nuevo en el laboratorio submarino, y situados ante el inmenso cristal que permite la visión de las profundidades de la piscina. Ajenos a lo ocurrido con el helicóptero, esperan noticias del exterior, pero Franklin observa algo en el agua, en un principio alejado del lugar en el que se encuentran, pero que parece acercarse a toda velocidad. Cuando consigue llamar la atención de sus compañeros, el objeto ya está tan próximo que permite distinguir de qué se trata: la camilla que transportaba a Whitlock, con éste aún con vida y sujeto a la misma, es trasladada velozmente por uno de los tiburones en sus fauces. Cuando se halla a escasos metros del grupo, que observa atónito la escena, la suelta, y el impulso provoca que golpee la superficie de cristal. Un plano desde atrás de los supervivientes, de espaldas a nosotros y ante el gran ventanal, muestra como éste comienza a resquebrajarse (el plano de Franklin observando cómo se rompe la lámina de vidrio recuerda a otro muy similar, visto en Tiburón 3: El gran tiburón, Joe Alves, 1983, con Louis Gosett Jr como protagonista), como una fina y frágil capa de hielo se agrietaría al ser pisada. Un trozo de cristal sale lanzado, debido a la presión, y golpea el suelo ante los miembros del grupo, paralizados de terror. Franklin toma la iniciativa e invita al resto a abandonar el recinto, mientras toma a Janice por los hombros e intenta llevársela. Ésta, con los ojos arrasados por las lágrimas mientras observa por última vez al moribundo que fuera su pareja, se deja arrastrar finalmente, justo en el momento en el que un plano lateral, espectacular, nos muestra la ruptura definitiva de la pared y la entrada en tromba de miles de litros de agua que anegan la estancia en cuestión de segundos, tiempo que aprovechan los supervivientes para salir y cerrar la compuerta.

 

   Suceden tantas cosas en estos diez minutos y están tan bien estructuradas, que en ningún momento el espectador se plantea la incoherencia (más que probable) de alguna de ellas. Nos hallamos ante un momento pleno de dramatismo, de tensión, pero que también resulta trágico y, por qué no, épico.

 

   Ese primer ataque, inesperado y sangriento, nos sumerge en una fascinante película de acción y terror que supone un auténtico tour de force en el que se suceden, una tras otra, emocionantes set pieces que suelen culminar con la muerte de uno de los protagonistas. Lo mejor es que cada una de esas muertes constituye una auténtica conmoción, pues nunca se sabe quién será el siguiente (especialmente sorprendente, por inesperada, es la de Franklin, que es devorado en tierra firme mientras da un discurso para enardecer a sus alicaídos compañeros, mientras que Burrows se sacrifica buscando la redención en un gesto final generoso de un personaje que cae antipático desde el principio), acercando el desarrollo del filme (ese goteo incesante de víctimas inesperadas) al de la injustamente infravalorada Alien: Resurrección, Jean-Pierre Jeunet, 1997, a la que también recuerda por la similitud de las localizaciones y porque el filme de Jeunet tenía varias escenas acuáticas; que los actores están bastante bien (incluso LL Cool J. es tolerable en el papel de gracioso de turno, aunque en ocasiones el humor utilizado no sea del todo afortunado, como en la escena de la cámara de vídeo, donde graba una despedida solemne para luego explicar la manera de hacer la tortilla perfecta, eliminando cualquier resquicio de emotividad lograda hasta ese momento) pese a que los personajes que interpretan son meros estereotipos (la científica sin escrúpulos que se acabará redimiendo, aún a costa de su vida; el héroe con un pasado oscuro pero de buen corazón, dispuesto a arriesgar su vida por salvar la de sus compañeros; el negro supuestamente simpático; el líder que parece dominar la situación y que acabará siendo la primera víctima de los tiburones…), y que todos los ataques son crueles, brutales y sangrientos (ver, por ejemplo, el que sufre McKenzie en el hueco de las escaleras, sin que un esforzado Carter pueda hacer nada por evitar su muerte).

 

   Como punto negativo, los penosos FX por ordenador utilizados para recrear a los escualos (no así los animatrónicos, notablemente logrados) y cada uno de los ataques que éstos llevan a cabo, en los que se nota demasiado la inclusión de modelos infográficos de los actores, recreados de manera lamentable, algo que es del todo palpable en las muertes de Jackson y Rapaport. También se ha de anotar en el debe esa moralina exacerbada, en la que los científicos que juegan a ser Dios son los malvados (Whitlock es ateo -“De Dios nada. Nuestra”, responderá con suficiencia cuando Franklin le pregunte “¿Qué criatura de Dios es ésta?”- y fuma -el brazo que sujeta el cigarro será amputado-) y mueren por sus pecados, consistentes en investigar la cura de una enfermedad mortal (¡Malditos!) violando alguno de los preceptos de la iglesia, mientras que el predicador y el hombre que abraza el crucifijo son los únicos supervivientes. Es más, dicho objeto será la salvación del primero, pues lo utilizará como arma contra uno de los escualos que lo captura.

 

(7/5)

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