DEATHWATCH (Michael J. Basset) / 2002: Jamie Bell, Laurence Fox, Dean Lennox Kelly, Torben Liebrecht, Hugh O´Conor, Matthew Rhys, Andy Serkis, Hugo Speer, Rúaidhrí Conroy, Mike Downey, Kris Marshall, Hans Matheson.

 

   En el año 1917, durante la I Guerra Mundial, un pelotón de soldados británicos logra salir con vida de una refriega con los alemanes en el Frente Occidental. Los supervivientes, tras una noche caminando entre la niebla, consiguen llegar a una gigantesca trinchera enemiga donde deciden refugiarse a la espera de refuerzos. Pronto descubrirán que la lluvia, el hambre y los soldados alemanes no son sus mayores enemigos, pues una extraña fuerza sobrenatural parece desatarse en el lugar de manera incontrolable, acabando uno a uno con los miembros del grupo.

 

   La ópera prima de Basset (que luego dirigiría Wilderness, 2006; Solomon Kane, 2009; o Silent Hill 2: Revelación, 2012, todas ellas ligadas al fantástico) adolece de todos los males que suelen acompañar a los debuts de los directores noveles (utilización de lugares comunes del género; influencias de otras obras tomadas casi literalmente; personajes estereotipados; búsqueda de la sorpresa con giros precipitados a lo largo de la historia o con un final rebuscado que, en ocasiones, resultan carentes de sentido), pero aún así es capaz de dejarnos unos cuantos momentos para el recuerdo (el soldado que guía a la compañía entre la niebla y pisa un cadáver putrefacto; las paredes de tierra de la trinchera sangrando y rugiendo cuando se detonan los explosivos; el soldado alemán totalmente camuflado en el barro que intenta asesinar a uno de los ingleses; el estremecedor encuentro de Starinski -Marshall- con los cadáveres de tres alemanes enredados en alambre de espino que los sujeta en pie y les da la apariencia de estar vivos. La sorpresa llega cuando uno de los cuerpos cobra vida y acaba con la del oficial británico; o el momento en el que descubrimos que Chevasse -Conroy-, el joven soldado postrado en una cama después de quedarse paralítico tras recibir un disparo, ha sido devorado parcialmente por las ratas). Es una lástima que la magnífica ambientación lograda (Basset logra que sintamos lo que padecen los hombres dentro de la trinchera: la humedad, la suciedad, las ratas, el hedor de los cadáveres amontonados, la angustia, el miedo…) y la tensión acumulada durante la primera hora se vengan abajo en un último tercio plagado de incoherencias, en el que algunos de los personajes varían su comportamiento de súbito, sin que haya transiciones que nos ayuden a comprender su caída en la locura (la ridícula escena en la que Quinn -Serkis, en esa época inmerso en el rodaje de la trilogía de El señor de los anillos, en la que daba vida a Gollum- reprende a su superior, el capitán Jennings -Fox-, tal y como un padre regañaría a su hijo pequeño; o el momento en el que el mismo Jennings, en un instante de enajenación súbita, decide realizar una inspección a sus subordinados, la mayor parte de los cuales ya ha fallecido), que se produce con excesiva brusquedad. Parece como si de repente hubiese prisa por llegar al final, tan atropellado (las muertes se suceden en los últimos quince minutos de metraje) como predecible (tras la primera y única comunicación por radio, en la que Bradford -O´Conor- escucha que todos los miembros de la compañía Y están muertos, el desenlace parece demasiado obvio. La escena final, que nos muestra al alemán redentor presto a recibir a otro destacamento británico, nos anuncia que la historia se repite de forma cíclica) e irritante (¿Porqué el Sargento Tate no le dispara con su pistola a Quinn cuando éste tortura al militar alemán, corriendo hacia él e iniciando una pelea que finalmente le costará la vida? Igualmente sucede con Shakespeare -Bell, el niño bailarín de la entrañable Billy Elliot: Quiero bailar, Stephen Daldry, 2000-, que tampoco le dispara a Quinn cuando éste está a punto de descargar la cachiporra con clavos sobre Tate, con mayor delito si cabe, pues se detiene para recoger un rifle. El chico reincide en su incompetencia cuando un Bradford fuera de sí -otro cuyo cambio es fugaz- amenaza con detonar una bomba que acabará con él y con Doc -Rhys-. En esta ocasión sí que dispara errando el tiro, lo que causará la muerte de su compañero, al que Bradford vuela la cabeza con su arma), que remite a tantas y tantas películas de la misma época (el plano de Shakespeare saliendo de la trinchera y caminando entre la niebla como único superviviente tras alcanzar la redención dejando atrás a sus compañeros difuntos y condenados remite directamente a Cube, Vincenzo Natali, 1997, aunque lo de los muertos que siguen viviendo ignorando que han fallecido también lo hemos visto en El sexto sentido, M. Night Shyamalan, 1999, o Los otros, Alejandro Amenabar, 2001).

 

(5,5/4)

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