DEAD SET: MUERTE EN DIRECTO (Yann Demange) / 2008: Jaime Winstone, Raj Ghatak, Chizzy Akudolu, Kevin Eldon, Kathleen McDermott, Adam Deacon, Beth Cordingly, Andy Nyman, Warren Brown, Riz Ahmed, Liz May Brice, Davina McCall, Shelley Conn, Elyes Gabel.

 

   El fenómeno zombi que domina el actual panorama cinematográfico de género surgió, curiosamente, a raíz de una película en la que los muertos no se levantaban de sus tumbas, sino que el contagio provenía de un mono liberado en un laboratorio que transmitía un virus a través de la saliva o de la sangre, y que transformaba a los contagiados en seres sedientos de vísceras y hemoglobina. Vamos, que no era condición sine qua non pasar por el trance de la muerte para transformarse, con lo cual surgió una agria (y baldía, por absurda y necia) disputa acerca de la condición de dichos seres: ¿Muertos vivientes o infectados? Ya ven en qué tonterías perdemos el tiempo. La película en cuestión era 28 días después, Danny Boyle, 2002. Luego llegaría su magistral secuela, 28 semanas después, Juan Carlos Fresnadillo, 2007, o la excelente Amanecer de los muertos, Zack Snyder, 2004, remake de la también extraordinaria Zombi, George A. Romero, 1978, siendo el denominador común de todas ellas que el ser antropófago dejaba atrás los lentos y perezosos andares de películas pretéritas y se convertía en un simpar velocista que lo hacía mucho más peligroso que antes.

 

   La cuestión es: ¿Pueden mezclarse en una misma película muertos vivientes y Gran Hermano? Y, además, ¿Puede hacerse evitando caer en un ridículo espantoso? La respuesta a ambas preguntas es un rotundo sí, y la hallamos en este Dead set: Muerte en directo. Todo empieza cuando, en los momentos previos a la gala semanal del concurso, un vehículo que transporta a la madre de una de los concursantes se topa con otro coche en una cuneta. El chofer, al bajarse, se encuentra con un ser que devora con ahínco a uno de los ocupantes. Será inmediatamente mordido, subiéndose de nuevo al automóvil, que, ahora conducido por una colaboradora del concurso, se dirige hacia el hospital móvil anexo a la casa que ocupan los participantes. El conductor fallece, y al despertarse, convertido ya en zombi, ataca y contagia a sus acompañantes. La infección se transmitirá velozmente entre el gentío que se agolpa a las puertas de la casa para recibir al expulsado de la semana. Las noticias en la sala de producción hablan de ataques en todo el Reino Unido, con escenas de caos emitidas por los telediarios que observamos en los monitores, en las que los muertos vuelven a la vida para alimentarse de sus antiguos amigos, familiares, vecinos, o de simples desconocidos.

 

   Tendremos tres historias (la de los habitantes de la casa, que ignoran lo sucedido en el exterior, y que pronto recibirán la visita de Kelly –Winstone-, una de las supervivientes de la masacre, que logra entrar en la vivienda, un recinto fortificado en el que ponerse a salvo. Ella será la encargada de contarles lo sucedido, aunque en un principio la tomen por loca. La entrada de uno de los muertos en la casa -eliminado fulminantemente por la chica- hará que la empiecen a tomar en serio –atención al impresionante plano de la azotea, a la que ascienden los concursantes para observar, bajo un cielo teñido en sangre, las calles dominadas por el desconcierto y la anarquía, con coches destrozados, incendios y restos humanos por doquier, mientras que los muertos se afanan escrupulosamente en su alimento-; la de Riq –Ahmed-, el novio de Kelly, que se queda aislado en una estación de tren. La aparición providencial de Alex –May Brice-, otra superviviente que huye en su vehículo, le salvará de una muerte segura; finalmente tenemos a Patrick –Nyman-, el productor del programa y un ser despreciable –para salvarse, no duda en empujar a un joven en una silla de ruedas ante el zombi que le persigue-, encerrado en una sala junto a Pippa –McDermott-, la expulsada de la semana, y acosados por Davina McCall, la presentadora del concurso –la propia McCall, que se interpreta a sí misma. Vamos, una homónima de Mercedes Milá-, también contagiada), que confluirán en una sola, que se desarrollará hasta el desenlace en el interior de la casa. Patrick, con su avaricia intrínseca, provocará la entrada de los muertos en el recinto (su empeño en huir con el único vehículo disponible provocará la apertura de las puertas que impiden el asalto de las criaturas), que terminarán con los supervivientes. Uno de los últimos planos nos muestra a Kelly de espaldas a una de las cámaras. Al girarse, veremos que ya es una de ellos.

 

   Nos encontramos ante un producto novedoso, original, y, ante todo, terrorífico, con momentos realmente espeluznantes y llenos de tensión (la feroz entrada de los primeros contagiados en las habitaciones contiguas al set de grabación -al son de Mika y su Grace Kelly, en una escena fantástica- donde los expulsados –auténticos ex-concursantes de Gran Hermano- charlan y ríen despreocupados; todo el capítulo del ataque de Angel –Akudolu-, la primera concursante contagiada, a Grayson –Ghatak-, el posterior de éste a Joplin –Eldon- y Veronica –Cordingly-, y la expeditiva manera de acabar ambos con la vida de su agresor; el ataque en el centro comercial –Zombi de nuevo- cuando Kelly, Space y Marky acuden a buscar medicinas para Angel, previo encuentro con un par de policías un tanto ineptos, que serán víctimas de tres empleados convertidos; la huída de Riq y Alex después de estropearse el vehículo de ésta, y la llegada providencial a una mansión vallada, segura y repleta de alimentos; la muerte de Alex, después de abandonar el caserón con el fin de llegar a la casa del concurso, que se produce tras ser mordida por una zombi –de aspecto terrorífico-, viéndose Riq obligado a decapitarla para evitar su contagio; el desmembramiento de Grayson, llevado a cabo por Patrick, para disponer de carnada para distraer a los muertos mientras escapan –el productor destripa a su concursante para ofrecérselo a una audiencia hambrienta, en este caso de carne humana y formada por resucitados, sutil metáfora-; o toda la parte final, que se precipita desde el momento en el que Riq muere tras recibir un balazo de Patrick, abriendo Joplin la puerta de acceso y permitiendo la entrada de los zombis al recinto de la casa); con unas criaturas aterradoras (atención a sus espantosos chillidos); con unos FX de maquillaje inconmensurables, obra de Waldo Mason, Steve Painter, Peta Dunstall, Emma Scott y Matthew Smith; con unos logradísimos, sangrientos y repulsivos efectos especiales, realizados por Neal Champion y Neal T. Phillips; con homenajes por doquier (además de los mencionados, tenemos las poco sutiles críticas a la sociedad de consumo, superficial y vacía, típicas de las películas de Romero –los zombis mirando las pantallas de televisión en varios momentos del metraje: “Ellos somos nosotros”, que diría Patricia Tallman en La noche de los muertos vivientes, Tom Savini, 1990-; un juego de tiro al zombi similar al de Amanecer de los muertos; o una muerte –la de Patrick- que es referencia directa a la del capitán Rhodes –Joseph Pilato- en El día de los muertos, George A. Romero, 1985, desafiando a los revividos al igual que éste aún cuando está siendo devorado y desmembrado por ellos); y con un final no por predecible menos aterrador y pesimista, todo ello servido por el buen hacer de un director novel que nos lega una obra de culto desde ya mismo.

 

(8/9)

 

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