BRAINDEAD: TU MADRE SE HA COMIDO A MI PERRO (Peter Jackson) / 1992: Timothy Balme, Diana Peñalver, Elizabeth Moody, Ian Watkin, Brenda Kendall, Stuart Devenie, Jed Brophy, Stephen Papps, Murray Keane, Glenis Levestam, Lewis Rowe, Elizabeth Mulfaxe, Harry Sinclair, Davina Whitehouse.


   Nos encontramos ante la que para la inmensa mayoría de aficionados al género es la obra cumbre del gore (consideración a la que me adhiero). Parece increíble que a casi veinte años vista de su estreno, el filme aún no se haya visto superado en cuanto a cantidad de hemoglobina e higadillos mostrados en pantalla, y, pese a algunos intentos, la mayoría de ellos lamentables (me refiero a todo subproducto amateur que se pueda englobar en el nefasto ultragore alemán, o a las innumerables producciones caseras carentes de cualquier valor cinematográfico), cada vez resulta más complicado que nadie pueda llegar siquiera a igualar los niveles alcanzados por la película de Jackson.


   La historia no podría ser más simple (y simple, aquí, no es sinónimo de estúpida o necia): Chico y chica se enamoran (Balme y Peñalver dando vida a Lionel -o Lainol, como dice ella- y Paquita respectivamente) e intentan hacer que sus sentimientos perduren durante una epidemia zombi que tiene lugar en el pueblo en el que viven. Por el medio, monos que transmiten el virus mortal (algo que se retomará en la notable 28 días después, Danny Boyle, 2002, aunque en nuestro filme la criatura es un cruce de simio y rata -ojo a la surrealista y simpática historia sobre la gestación de la especie- procedente de Sumatra que es capturado en el delirante prólogo -atención al desenlace que sufre su cazador- para ser exhibido en el zoo de un pequeño pueblo de Nueva Zelanda -destacar la magnífica ambientación, que recrea con exactitud y brillantez hasta el más mínimo detalle de la época-); madres posesivas y celosas (genial Moody dando vida a Vera, a la que veríamos posteriormente en el papel de Lobelia Bolsón en la edición extendida de El señor de los anillos: La comunidad del anillo, 2001, primera parte de la trilogía basada en la obra de Tolkien y dirigida por Jackson) que podrían pasar perfectamente como la progenitora de Norman Bates en Psicosis, Alfred Hitchcock, 1960 (incluso la enorme mansión en la que vive nos trae ecos del hotel de la película citada); enfermeras que acabarán pagando con creces su celo en el trabajo (la señorita McTavish -Kendall-, que cuida de Vera, será uno de los muertos vivientes sedientos de sangre con los que tendrá que lidiar Lionel); delirantes peleas de karate protagonizadas por curas expertos en artes marciales y pandilleros revividos; bebés zombis nacidos de la lujuria y ardores que envuelven a sus corrompidos y descompuestos progenitores; y humor y gore en ingentes cantidades.


   Es precisamente esa mezcla de humor y gore (para la que incluso se ha acuñado el término splatstick, acrónimo de las palabras inglesas splatter -otra forma de referirse al citado gore-, y slapstick, que se refiere a aquel tipo de comedia basada en la violencia física exagerada, muy utilizada en los famosos cartoons de Tex Avery, creador de personajes tan conocidos como el Pato Lucas, Bugs Bunny o Porky) lo que hace que el filme perdure en la mente del aficionado, pues ambos géneros, en principio incompatibles, son fusionados con habilidad por Jackson, logrando una simbiosis que da como resultado un producto único e irrepetible que constituye una auténtica delicia repleta de detalles a descubrir en sucesivos visionados. Las situaciones desternillantes puntúan todo el relato y logran suavizar los momentos más sangrientos. Aún así, estos son tantos y tan salvajes que pueden causar deserciones entre los espectadores más sensibles. Asistiremos, tras el ya citado y sangriento prólogo, al ataque que sufre Vera en el zoo, donde es mordida por el mono-rata, que será eliminado de manera expeditiva por la mujer, pegándole un bolsazo (atención al sonido, típico del cartoon) y reventándole la cabeza de un pisotón ante los atónitos ojos de los visitantes del parque, que observan la escena con una mezcla de repulsión y de enfermiza curiosidad; al empeoramiento que padece la mujer, ya en su casa, con ese chorro de fluido viscoso y purulento que sale de su brazo y salpica la foto de su marido fallecido; a la cura de la herida, que presenta un aspecto repugnante y que parece tener vida propia; a la visita de la presidenta del Club de Damas Caritativas, que acude junto a su marido a casa de Vera para distinguir a ésta como miembro honorífico, y que acabará con una de las escenas más repugnantes (y geniales) de toda la película, en la que se verán involucradas unas natillas “ricas y cremosas”, el pus sanguinolento que supura del brazo de la contagiada, una oreja un tanto putrefacta que se cae de su cara, y la gula de alguno de los comensales, que se encontrarán ciertos tropezones en su postre. Previamente asistiremos a la sesión de maquillaje a la que Lionel somete a su madre para darle un aspecto presentable, arrancándole sin querer un trozo de piel de la cara, que, ni corto ni perezoso, vuelve a pegar con cola; a la escena que da parte del título a la película en España, en la que Fernando, el perro de Paquita, es devorado por Vera, que, a continuación, acaba con la enfermera McTavish, a la que arranca la cabeza (que queda colgando del cuello por un trozo de carne) después de introducir los dedos por la piel de su cara. Ésta revive de inmediato y ataca a Lionel, que consigue encerrar a los dos zombis en el sótano tras utilizar como arma arrojadiza… un pato de porcelana; a la divertida cita del protagonista con un presunto refugiado que le vende sedante para los zombis que se amontonan en el subsuelo de su casa. Un inoportuno enganchón en un estante dejará al descubierto una esvástica bajo la bata del proveedor; a la entrada de nuestro héroe en el sótano, pertrechado de armadura, casco, gafas y espinilleras para protegerse de los caníbales; a la cómica visita de aquel a la tienda de Paquita, interrumpida por el brusco aterrizaje de su madre zombificada, que llega volando tras ser arrollada por un tranvía, y a la frase del joven después de decir que la mujer estaba en el hospital: “Deben de haberle dado el alta”; al radical embalsamamiento al que se ven sometidos los restos de Vera, con un ayudante (descacharrante Jackson) que se olvida de apagar la máquina de embalsamar, provocando un estallido en el cadáver que hace que el fluido viscoso salga disparado por ojos y boca (atención al subalterno cogiendo el sándwich apoyado sobre el cuerpo empapado de líquidos y comiéndoselo, mientras es reprendido por su jefe, que recoloca los globos oculares de Vera en su lugar con un ágil movimiento); a la espectacular y desopilante pelea entre el padre McGruder (Devenie) y los cuatro pandilleros en el cementerio, totalmente granguiñolesca, en la que aquel desmiembra de manera brutal a uno de sus adversarios mientras grita: “¡Es cosa del diablo! Esto requiere una intervención divina. Yo trabajo para el señor”, y que acaba con el sacerdote mordido por una cabeza que sale volando y empalado en una de las vallas de la necrópolis; a la grotesca y desagradable comida en la casa, en la que Lionel les prepara la cena a sus peculiares invitados, y en la que asistimos a todo un muestrario de escenas desagradables (Vera comiendo la papilla de la cuchara que atraviesa el cráneo de Void; el protagonista alimentando a McTavish separándole la cabeza después de que la comida caiga por la raja de su cuello; ésta y McGruder mirándose de manera lasciva y comiéndose, literalmente, la boca…); al desternillante paseo con el bebé, con Lionel ofreciéndole un peluche al pequeño, que acaba despedazado, o persiguiéndolo cual Coyote tras el Correcaminos, intentando evitar que alcance al resto de niños que juegan en los columpios y el prado, y sometiéndose ambos a un recital de golpes de todo tipo; y a la fiesta que el despreciable y codicioso tío Les (Watkin, que interpreta al hermano de Nora, y que chantajea a Lionel para quedarse con la casa) monta en la mansión, y que supone la bacanal de splatter por la que es recordada la cinta (aunque como hemos visto, el gore se reparte a lo largo de todo el metraje), conformando un maremágnum hemoglobínico que inunda la pantalla de tripas, miembros amputados y salvajadas de todo tipo ejecutadas por los muertos vivientes (a uno de los invitados le extraen la caja torácica por el pecho; el cuero cabelludo de otro es arrancado desde el cuello -en Piraña, Alexandre Ajà, 2010, vimos algo parecido con una joven a la que se le enredaba el pelo en las hélices de un motor-; a una chica le extraen el corazón por el estómago; otro de los invitados se queda atrapado en una trampilla, y cuando es liberado, vemos que le han despellejado y arrancado la carne de cintura para abajo, dejando solo los huesos -casualmente, a Jerry O´Connell le pasaba algo similar en la señalada película de Ajà-; la cabeza de una joven es atravesada de un puñetazo, saliendo la mano por la boca; la de otra es atravesada por una bombilla, iluminándosele la cabeza; a los antropófagos comiendo restos humanos en multitud de escenas -en claro homenaje a Romero y su saga sobre los zombis-; a Lionel intentando huir de sus perseguidores en vano, pues resbala en la sangre acumulada bajo sus pies, logrando escapar en el último momento al apoyarse y saltar sobre los trozos de cuerpos diseminados por el suelo; a Les cortándole la cabeza a uno de los muertos con una tijera de podar que le introduce por la boca, y luego exterminando a un grupo de ellos a machetazos, formando una auténtica montaña de miembros amputados que aún palpitan cuando él se fuma un cigarrillo; o de nuevo a nuestro protagonista seccionando por la cintura a Void, el pandillero -Brophy-, y siendo hostigado por su torso y por los intestinos que se caen del mismo y que también cobran vida; a la pelea entre Paquita y el bebé Selwyn, un ejemplo más de cartoon puro y duro, con la primera atacando de todas las maneras al segundo -con una batidora, una silla, a patadas, o con un cazo con el que le golpea varias veces y en el que queda el molde de la cara del pequeño…-, que se defiende vomitando a su agresora; a Lionel reventando con su cabeza la de un zombi, y lanzando desde las escaleras a otro, que estalla en mil pedazos; y a la apoteosis final, con nuestro héroe pertrechándose de una segadora -ya vista al principio del filme en un plano que mostraba las cuchillas, anticipando lo que nos esperaba-, con la que elimina en varias pasadas a todo zombi, muerto viviente, gul, revivido o antropófago que se cruza en su camino -mientras Paquita coge los pedazos y los pasa por una picadora-, finalizando con el torso y los intestinos de Void, que se caen en la máquina, oportunidad que no pierde Jackson para someternos a otro baño de sangre -mientras, su amada acabará con Les, resucitado por obra y gracia de Vera, cogiéndolo por la columna y estrellándolo contra una mesa-).


   El filme, pese a que puede parecer que “solo” ofrece humor y gore (aunque en la cantidad y calidad con que lo hace, sería más que suficiente para sentirnos satisfechos), ofrece otros muchos detalles que merecen ser tenidos en cuenta. No son pocos los apuntes críticos que se establecen con respecto a la hipócrita y puritana sociedad neozelandesa, reflejados en pequeños detalles como el que observamos en el zoo, donde Vera pisotea a su agresor. La gente observa con repulsión, pero nadie se va o aparta la vista, y un hombre incluso fotografía lo sucedido. También es destacable el carácter de Vera, completamente autoritario y dictatorial, o la comida en casa de ésta, con la presidenta del Club de Damas Caritativas (la frase del marido de ésta -“Lo que hace falta es otra guerra”- no tiene desperdicio). A todos los personajes que desfilan por el filme, completamente despreciables, se oponen nuestros dos protagonistas (aunque también se podría citar al padre McGruder), interpretados de manera sobresaliente por Balme y Peñalver. El primero comienza como un remedo de Norman Bates (ojo a su parecido físico) para acabar siendo una especie de Ash, el personaje de Bruce Campbell en Posesión infernal, Sam Raimi, 1981, capaz de lidiar con cualquier cosa, persona, zombi, o madre castradora (atención a su reacción cuando descubre que ésta fue quien asesinó a su padre, y al enfrentamiento final con Vera, que se lo traga entero. Lionel ha de escapar del vientre materno luchando denodadamente para renacer de nuevo, rompiendo así las ataduras con su progenitora, a la que, de paso, elimina) que intente entrometerse en su camino, convirtiéndose en héroe a su pesar. La segunda, pese a su aparente fragilidad, se encarga de tirar del carro y mantener viva la llama del amor que nace entre ambos, incluso cuando se ve rechazada (destacar su reacción cuando Lionel la rechaza en el balcón. Ella le contesta: “Pero si tú y yo estamos enamorados”, y le da una rosa, obteniendo en respuesta, como no podía ser de otra manera ante semejante despliegue de inocencia, un beso apasionado). Resulta evidente, a mi parecer, pese a los litros de sangre y tripas gastados en la película, que ésta es, ante todo, una historia que muestra la pasión y el afecto que se profesan dos personas ingenuas y entrañables, en la que al final lo que perdura y sobrevive, sobreponiéndose a todo tipo de adversidades, es el amor puro que sienten el uno por el otro.


   En los apartados técnicos, mencionar la sensacional banda sonora de Peter Dasent (habitual de los inicios del director), con el piano como instrumento principal, y los impresionantes y magníficos FX, tanto visuales como de maquillaje, obra de Richard Taylor y su equipo, cuyos miembros (la mayoría) conformarían lo que hoy se conoce como Weta Workshop, referente a nivel mundial en cuanto a efectos especiales.


   Finalmente, citar alguno de los premios que logró durante su trayectoria comercial, ganando el Saturn a Mejor Estreno Videográfico concedido por la Academia de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror, el premio al Mejor Director en el Festival de Cine Fantástico de Amsterdam, el Gran Premio del Festival de Cine Fantástico de Avoriaz, el de Mejor Actor (Balme) y Mejores Efectos Especiales en el Fantafestival de Roma, categoría en la que también fue recompensado en el Fantasporto, junto a la de Mejor Película. También se alzó con varios de los galardones concedidos por la Televisión de Nueva Zelanda (cinco en total). Definitivamente, los FX también resultaron ganadores en Sitges, siendo nominada en la categoría de Mejor Película.


(8,5/10)

 

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