2019: TRAS LA CAÍDA DE NUEVA YORK (Sergio Martino) / 1983: Michael Sopkiw, Valentine Monnier, Anna Kanakis, Romano Puppo, Paolo Maria Scalondro, Louis Ecclesia, Edmund Purdom, Serge Feuillard, Hal Yamanouchi.

 

   Después de que una guerra nuclear destruya el mundo tal y como lo conocemos, la sociedad pasa a estar dominada por dos grupos: Por un lado, los tiránicos y malvados Euraks, y por el otro, la Confederación Panamericana. Parsifal (Sopkiw, que cuenta con una escasa filmografía, en la que destacan participaciones en otras italianadas de la talla de El devorador del océano, Lamberto Bava, 1984 -exploitaiton típica de Tiburón, Steven Spielberg, 1985-; o Cannibal ferox 2, Michele Massimo Tarantini, 1985 -uno  más de los múltiples mondos que abundaron en el país transalpino a finales de los setenta e inicios de los ochenta-) es un mercenario contratado por la segunda de las comunidades para adentrarse en la ciudad de Nueva York, sometida por los Euraks, en la que se cree que se encuentra la última mujer fértil del planeta (queda así claro que el nombre de nuestro héroe no es casual, pues Parsifal -o Perceval en España- es uno de los Caballeros de la Mesa Redonda del Rey Arturo, habiendo participado en la búsqueda del Santo Grial. En nuestro caso el Santo Grial sería esa mujer fecunda).

 

   Un experto del género como Sergio Martino (autor de giallos tan legendarios como La perversa señora Ward, 1971; La cola del escorpión, 1971; Todos los colores de la oscuridad, 1972; Vicios prohibidos, 1972; o Torso: Violencia carnal, 1973) no podía dejar pasar la oportunidad de aportar su particular granito de arena al conjunto de exploitations italianas de tipo post apocalíptico surgidas al calor del éxito de Mad Max: Salvajes de la autopista, George Miller, 1979, y su primera secuela, Mad Max 2: El guerrero de la carretera, ídem, 1982 (la tercera y última entrega de la trilogía, Mad Max: Más allá de la cúpula del trueno, también de George Miller, no llegaría hasta 1985). Así, y con un esquema muy similar (un mercenario se adentra en un terreno hostil y desconocido para rescatar a alguien sumamente importante para el devenir de la raza humana, o de lo que queda de ella) al de 1997: Rescate en Nueva York, John Carpenter, 1981 (de hecho, fue vendida como una secuela de la misma), el director italiano ofrece un batiburrillo de elementos que incluye hasta naves espaciales y que dan lugar a una obra delirante en grado sumo: Basta con ver esos decorados iniciales que intentan colarnos como un Nueva York devastado, pero que a la legua se advierte que son miniaturas (atención a la Estatua de la Libertad, o a esa supuesta planta nuclear que no es más que una central lechera, y lo dice alguien que ha trabajado en una: se pueden observar las envasadoras de yogur, los intercambiadores de calor de placas o varias empaquetadoras. Incluso hay un par de salas, como la de las cortinas de plástico, que son iguales a la planta que CAPSA tenía en Villaviciosa, Asturias), al igual que sucede en la base espacial de la Confederación Panamericana (algunos de los elementos de los decorados incluso tiemblan); los efectos gore en forma de ojos ensartados o cabezas aplastadas, además de todo tipo de purulencias,  pústulas y supuraciones típicas de las películas de zombis italianas, en este caso visibles en los contaminados que malviven en la ciudad, entre los que se encuentra Hal Yamanouchi (La espada salvaje de Krotar, Michele Massimo Tarantini, 1982; Roma año 2072 D.C.: Los gladiadores, Lucio Fulci, 1982; o 2020: Los rangers de Texas, Joe D´Amato & George Eastman, 1984), que da vida al Rey de los Comedores de ratas (de asquerosa se puede calificar esa secuencia en la que él y sus hombres avanzan por las calles ensartando roedores, al igual que la posterior, en la que los asan y se los comen), y cuya cabeza es machacada grotescamente por una maza de guerra; la pléyade de actores típica de este tipo de subproductos (a los mencionados Sopkiw y Yamanouchi se suma Romano Puppo, que aquí hace de Ratchet y que participó en otra “obra cumbre” del subgénero de la talla de Fuga del Bronx, Enzo G. Castellari, 1983, en la que hacía el papel del padre de Trash -Mark Gregory-, el protagonista de ésta y de su primera parte, 1990: Los guerreros del Bronx, ídem, 1982. Tampoco podemos olvidarnos de George Eastman, el asesino caníbal de la mítica Gomia: Terror en el Mar Egeo, Joe D´Amato, 1980, y su secuela, Terror sin límite, ídem, 1981, que aquí adopta el papel de Big Ape; o de Edmund Purdom, otra leyenda del cine de terror más trash -la ya citada Terror sin límite; Mil gritos tiene la noche, Juan Piquer Simón, 1982; Ator el poderoso, Joe D´Amato, 1982; o No abrir hasta Navidad, dirigida por él mismo, también en 1982-), como el Presidente de la Confederación Panamericana; o el vestuario utilizado para dar vida a las distintas sociedades y clases existentes, que refleja claramente el exiguo presupuesto, aproximando a los personajes y su estética a alguno de esos videoclips característicos de la década de los ochenta.

 

   En fin, uno de esos productos típicos de las sesiones dobles que tanto abundaban hace tres décadas y que en su momento podían engañar a algún incauto, solo apto para aquellos desprejuiciados que decidan pasar un rato divertido con sus múltiples defectos y errores sin tomársela para nada en serio. Aún así, su visionado requiere esfuerzo.

 

(3/5)

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